martes, 17 de mayo de 2011

Historia para niños de un fantasma



Para mis sobrinos Alonso y Darío,
Que andarán contemporáneos.


-          ¿Cuántos muertos conoces? – pregunta Alberto con una sonrisa como puerta a otra de sus historias.
-          Solo unos cuantos… - contesta Rubén algo emocionado por la siempre llamativa forma que tiene Alberto de empezar sus historias.
Rubén tiene solo 8 años, y no es que conozca muertos, solo que está acostumbrado a las extrañas preguntas de su tío, siempre excéntrico y aficionado cuenta cuentos. No para de emocionarse cuando Alberto rompe la tranquilidad hogareña con una de sus historias de lo que fuese. El otro día le contó sobre los delincuentes que aparecieron como una plaga de langostas en la estación espacial Omega H, que solo pudo salvar a unos cientos de sus habitantes gracias a una antigua nave espacial que gracias a la habilidad de los mejores técnicos de la estación pudo despegar dejando al resto de su población sometida por piratas interestelares.
En definitiva Alberto no se basa en las noticias, ni en sus propias experiencias para contarle historias a su sobrino, le divierte ver como su imaginación aún virgen aflora con las imágenes de grandes batallas, tragedias y romances épicos en distintos tiempos, distintos lugares. Había veces que acompañaba sus historias con música, de preferencia clásica, pero este no era el caso. Esta vez le contaría una historia verídica, algo que alguna vez supo y le parce una buena historia para romper con el cliché de los muertos malvados.
-          Yo también he conocido algunos, pero muy pocos que siguieran jodiendo luego de muertos. Esta historia es de tu abuela. Ella… tuvo una amiga, una gran amiga que murió trágicamente, el cómo no es el detalle, además estás mocoso, así que obviaré eso. La cuestión es que tu abuela acompañó a su amiga hasta el último momento, no dejó de estar presente, y eso tal vez le trajo más complicaciones que las esperadas por cualquier amigo real, dispuesto a gastar su tiempo y parte de su vida acompañando a un amigo convaleciente, que ya casi ni existe… tu abuela sufrió mucho su ausencia, y podría decirse que siempre le quedaron las ganas de vengar a su amiga, algo que por lástima nunca se llegó a realizar, y ya te darás cuenta, es difícil realizar venganzas en la vida, odiarás a muchos, eso te lo aseguro, pero para que te vengues se requiere demasiado, no solo ganas, y bueno, en este caso fue así, el tiempo pasó y solo la vida juzgó al infeliz que ocasionó esa injusta muerte. Durante un tiempo, 9 meses exactamente, tu abuela fue… visitada por esta presencia que yo siempre consideré nada más que simples energías de un ser fenecido que se mantenía por propia influencia de mi madre, pero que ella siempre consideró su gran amiga de tantos años.
-          ¿Qué es fenecido?
-          Muerto, ¿entiendes?
-          Sí. ¿No la asustaba?
-          Claro, a eso iba, ella tuvo muchos sobresaltos debido a esta entrañable amiga que se le presentaba sin dejar ningún mensaje claro como para interpretar el qué hacer para que dejase de molestar. Le ocultaba las cosas, alguna vez hasta desapareció llaves de su bolsillo para luego devolvérselas de la forma más descarada; tu abuela fue a la iglesia, era de esa época, y antes de salir echó llave a la puerta, para luego meter las llaves en su bolsillo, cuando la misa hubo terminado, ella volvió a casa, pero al buscar las llaves no las encontró, entonces empezó a pensar que pudieron caérsele en la iglesia, dirigiéndose a ella mientras no paraba de rebuscar en sus bolsillos completamente incrédula, buscó por donde estuvo sentada sin resultado y terminó por pensar que dejó la llave colgada en la chapa de la puerta y algún facineroso la robó para luego intentar un asalto a su vivienda, así que se dirigió precipitada a esta, nuestra casa, para tocar el timbre esperando que alguien estuviese con las suficientes ganas para abrirle la puerta, si es que el malhechor ya no nos había hecho picadillo, pese a todo se detuvo antes de tocar el timbre y casi como una reacción natural volvió a meter las manos en sus bolsillos… topándose con la llave, sí, la llave, escuchas bien, lo que estuvo buscando por minutos prolongados, lo que debía estar en sus bolsillos pero no, se aseguró de ello, los hizo vomitar todo y no había nada, solo unas cuantas pelusas que salieron volando cuando los bolsillos se voltearon.
-          ¿No había nada y luego sí?
-          ¿No escuchas? Eso es lo que digo exactamente, desaparición y retorno espontáneos. Ella lo asumió como un hecho sobrenatural. Hubieron más cosas, muchas más, pero tomaré importancia a la que la afectó, por usar un término, un poco más que cualquier otra. Y fue el día que debían llevar a enterrar el cuerpo. Tu abuela conducía un auto que recién había adquirido y que se comportaba bastante bien, debía ser la marca, cuando compres un auto que sea BMW o Mercedes, pero bueno, la cosa es que ella acompañó la caravana, no fue adelante, más bien, fue atrás, pues algo raro empezó a suceder, el claxon empezó a acompañar el ritmo de las luces intermitentes que activan los participantes de las caravanas, tu abuela no entendía que pasaba, la bocina no paraba de sonar como si una mano invisible la presionara, lo que hizo fue estacionarse y ver que sucedía, al apagar las luces intermitentes dejó de suceder, esperó un rato para asegurarse y luego reemprendió la marcha, activó nuevamente las luces intermitentes y se dispuso alcanzar la carava, así paso un buen rato, sin mayores inconvenientes, sin que nada sucediese, hasta que se topó con la caravana, una vez estuvo lo suficientemente cerca y hubo bajado la velocidad para acompañarlos, el claxon volvió a adquirir vida propia y cantar al compás de las luces que también emitían un ligero sonido como un “tac” “tac”, cada vez que se prendían las luces para luego apagarse, nuevamente vio donde aparcar y apagar el auto, algo debía andar mal, esas cosas no son normales, y ya empezaba a preocuparse, ya empezaba a pensar en esa, su amiga prácticamente asesinada por un desgraciado, un maldito, al cual en el fondo, muy en el fondo, pese a sus ganas, sabía imposible cobrarle la venganza que tenía como saldo, el claxon se detuvo, nuevamente al compas de las luces, al parecer todo debe guardar armonía ¿no?, tu abuela tomó un poco de aire, y se dispuso a seguir la marcha, volvió a encender las luces y esperó, un aproximado de 2 minutos y se enrumbó nuevamente al cementerio, hasta llegar no sucedió nada raro, la sepultura fue muy normal, con los llantos de siempre, los pésames que realmente no significan nada, el típico cura que se da la prepotencia de mandar a alguien al más allá, lo normal, lo corriente, luego, volver también fue fácil, no pasó nada raro, nada hasta que estuvo cerca de casa, en ese momento el claxon cantó, pero no cantó al ritmo de nada, no siguió más melodía que la propia en un chillido espantoso que casi ensordeció de locura a nuestra matriarca, la hizo frenar, aparcarse nuevamente, pero el llanto no se detenía, apagó el carro pero no se detenía, no sabía qué hacer, la gente la miraba extrañada, creyéndola una loca con problemas de atención, mientras ella presionaba desesperada todo lo que encontraba intentando callar a la bocina que se mantenía constante en su quejido, presionaba el claxon desesperaba intentando que parase pero no servía, probaba lo demás, hasta que se topó nuevamente con el botón que encendía las intermitentes, las que daban compás al chillido, las que como cualquier ritmo calmaba a la bestia metálica que tu abuela conducía, sí, se guió por el ritmo, por la melodía, y ya no era una bocina sonando desenfrenada si no siguiendo el compás de aquel “tac” “tac” tan penetrante y enfermizo, ese “tac” “tac” que marcaba el tiempo, como los latidos de un corazón, ese corazón que había dejado de latir en carne y ahora latía con 6 cilindros, entonces tu abuela se dio cuenta, lo entendió, o eso creyó, pensó haberlo entendido, pensó que su lógica podría explicar los acontecimientos y le echó la culpa a su amiga, creyó que le mandaba un mensaje, que le pedía venganza, que ese era el motivo por el cual se… materializaba no es la palabra, si no… jodía, si jodía, pensó que ella jodía para que la vengasen, quería la cabeza del infeliz, arruinarle la corta vida que ya de por si le quedaba, y lo tomó como una misión, algo a lo que dedicar gran parte de su tiempo, pensó en lograrlo, en superar cualquier obstáculo con tal que su amiga descansase en paz, yo siempre le dije que sería mejor echar al espíritu con algún chaman u obispo que estuviese dispuesto a poner sus habilidades a prueba contra una personificación de todo lo no cristiano, pero ella insistía en que su misión debía ser cumplida, así paso el tiempo, unos meses le tomó importancia, mientras aún la recordaba, mientras su recuerdo mantenía parte de la energía de su amiga muerta en este mundo, y a los 6 meses ya casi no la sentía, ya casi no jodía, ya no ocultaba documentos todos los días, ni encendía las luces de su corazón intermitente más de una vez por semana, al noveno mes ya era realmente etérea, se le dejó de mencionar, nuevas preocupaciones invadieron la familia, tu abuela, mi madre, tuvo que preocuparse por otras cosas, la venganza quedó en su fantasía, en sus ganas, en un mundo donde las ganas son derrotadas por el mismo mundo, donde tuvo que olvidar el favor que le debía a su amiga para preocuparse por sí misma, por mi, por tu tía, tu aún ni existías, lo que pasa es que no se puede vivir recordando a los muertos, no puedes pretender dedicarle tu tiempo a algo que ya no existe más, la vida misma se encargará, todo se guía por un orden que está fuera de nuestro alcance y el de cualquier dios, digan lo que te digan, y eso quedó demostrado, el infeliz tuvo una muerte miserable, bochornosa, lenta… si algo es cierto sobrino es que todo fluye, no importa cuánto estés dispuesto a dar, las cosas al fin de cuentas se mueven por si solas, y lo que debe ser simplemente debe ser, punto.
-         
-          ¿Y?... ¿te gustó?
-          No es la típica historia de fantasmas, no me ha dado miedo.
-          ¿Ni lo de las luces?
-          Freddy Krueger sí me asusta, él aparece en tus sueños…
-          ¡Va! Ya, ya mocoso, enséñame de cine.

jueves, 5 de mayo de 2011

Sentir, escribir, y voyeur


Son las 11 y 40 de la mañana del miércoles 3 de mayo de 2011, hace solo dos días, el 1 de este mes, las fuerzas estadounidenses mataron a Osama Bin Laden. Hace dos días también, fue el día del trabajador, el no concierto de Manu Chao, y estuve a un paso de confundirlo con el día de la madre. Tal vez porque se acerca el cumpleaños de mi madre… mayo es un mes curioso, llenos de fechas celebres y al parecer importante para la historia contemporánea y el terror de los ciudadanos estadounidenses.
Hoy desperté a las 10 y 30 de la mañana. No, no es cierto, desperté a las 8 y 30, pero estuve cabeceando, pensando en las mujeres que no tengo, en imágenes que me venían de un accidente que vi hace unos días, imaginando la secuencia de choques de los autos, así como las reacciones de los pasajeros y el estilo de vida parcial o totalmente frustrado gracias al accidente – nunca lo sabré, pasaba en el bus cuando me topé a los dos autos siniestrados en mitad de la Av. Brasil.
La cosa es que desperté pensando en muchas cosas, claro, también estaba lo de Osama en mis pensamientos, además de lo de mi madre y todo eso, las ideas vienen por montones que no se esperan. Fue a las 10 y 30 que decidí sentarme a escribir lo que me viniese a la mente, tenía ya demasiadas ideas en la cabeza como para no expresarlas de alguna manera… Me gustaría ser músico, no creo que sea más simple, pero si más directo al expresar sensaciones. Y a eso me pienso dedicar hoy, 3 de mayo de 2011, a expresar sensaciones.
Realmente me apena que sucediese lo de Osama, es cierto que fue un terrorista genocida e inmisericorde… casi como cualquier musulmán fundamentalista, pero EEUU no se queda atrás, hizo bien Bobby Fisher en tildar a su propio país de lo mismo. Es la verdad a quien le duela, EEUU siempre ha sido eso, siempre ha sido del zapato que aplasta al débil, pero también entiendo que así es el mundo, que todo gira porque unos pisan a otros y sin querer activan mecanismos automatizados de producción histórica.
La cosa es que me sentía cansado desde que desperté, pero hay que levantarse no? hay que desayunar no importa lo tarde que fuese, hay que estar dispuesto a hacer algo más que quedarse tirado pensando y sintiendo, aunque hay momentos en que solo quiero eso; hay momentos en que me encantaría pasar mi vida así, tirado, perdido en mis ideas, en las imágenes de lo que ya he visto y vivido, y darle vueltas, torcerlo, retorcerlo, convertirlo en cosas distintas, estudiar mis perspectivas, mis deseos, placeres y perversiones.
Toda sensación es pervertida, toda sensación involucra un grado de intimidad, y a veces de complicidad. Las sensaciones no se comparten porque sí, hace falta entender al otro, poder estar en su pellejo, y por eso hay una cierta perversión en sentir, y en el daño que se produce necesariamente con ello: bien lo dijo buda, ¿o no?
Pero que sería la vida sin sensaciones, si no disfrutásemos cada momento con locura, si no pudiésemos pasar horas tirados sin hacer nada más que perdernos en lo que sentimos, si no nos dejamos guiar por nosotros mismos para perdernos en nuestro laberinto, uno que tiene forma de uno mismo, que oculta cuadros con ojos bajo cuadros de Picazzo o Toulousse-Lautrec, en los que ni reparas, pues estas absorto por su arquitectura, su complejidad, su sinfín de ramificaciones que llevan al mismo sitio.
Sí, eso me gustaría, poder pasar más tiempo con jazz sonando de fondo mientras me pierdo en mis ideas. Y voila, acá estoy, haciendo justamente eso, perdiéndome en mis ideas y sensaciones. Tal vez por eso escribo, para perderme en ellas, tal vez es lo que me da cierta tranquilidad, lo que me permite saber que soy distinto, que soy perverso pues estoy dispuesto a soñar, a llegar a lo más profundo de mí y entenderme como un ser humano, como una plaga.
Pero sensaciones, sí, sensaciones es lo que quiero, quiero poder expresarlas en el papel como no se logra, como es imposible; se puede transmitir algo pero nada más que palabras a fin de cuentas, cada lector entenderá y verá las cosas a su manera, cada crítico andará por ahí diciendo barbaridades que muchos aceptaran confiados, pensando que hago esto como una forma de criticar al mundo y enfrentar mis demonios sociales a sí mismos… tantas estupideces de críticos que no terminan de comprender que todo es cosa de sensaciones, hasta lo más estructurado… pero para qué perder el tiempo hablando de críticos, cuando hace solo unos días mataron a Osama Bin Laden, de un tiro en la cabeza, con una excelente crónica desde el frente, sin bajas, y solo una máquina destruida por los enemigos, una operación realmente genial, pero ahora, como siempre ha hecho el tío Sam, se encargará de inculcarle el terror a sus ciudadanos, los harán sentirse perseguidos, y sin decirlo fomentará los crímenes de odio, la división que no es más que nuevos aperheid y la diferencia entre ser Americano y de cualquier otro sitio. No es culpa de Obama – que dicho sea de paso ya tiene la elección ganada – es solo… el espíritu Americano, simple y llanamente ser gringo significa ser gringo.
Pero nuevamente me voy del tema, tantas cosas han pasado, tantas cosas recién empezando este mes, tantas que realmente ni me atañen, tantas otras se vienen que deberían importarme, pero realmente no lo hacen, realmente nada me importa; dentro de todo, puede que los críticos tengan razón, tal vez hago esto como una especie de crítica, un deslinde con una realidad que desprecio, un refugio, para ellos sería como una droga, sí, la droga, la dulce y deliciosa droga que nos acompaña desde hace tanto, quien sabe realmente cuanto. Pero sería pecar de idiota, sería no pensar claramente y hablar como si no consumiera ningún tipo de droga. Aunque puede que tenga un simil, pero solo lo puede entender quien consume alguna, sea licor, o tabaco, o marihuana, o cuantas otras cosas haya, solo un adicto comprende lo que es una droga, y las razones que se tienen no son más que la simple tendencia al vicio, nada de lastima, nada de familias destrozadas ni mucho menos, eso puede hacer a las personas idiotas o problemáticas, pero la tendencia al vicio es algo mucho más profundo, más personal, y ningún maldito critico ni psicólogo de 3 años que trabaje en la mayoría de instituciones contra la adicción podría ser capaz de entenderlo. Tal vez el sistema les haya atrofiado la mente… hay que rescatar sin embargo los avances de salud en países como el Canadá, que ya enfocan la adicción como una enfermedad patológica y no solo una secuencia de eventos desafortunados en la vida del adicto.
Diablos, siempre yéndome del tema, siempre por las ramas, siempre perdiéndome en mi propio laberinto, del que tal vez, no deseo salir. Sí, tal vez no deseo salir de este laberinto, tal vez preferiría permanecer aquí mucho tiempo, soñando, solo soñando, alejándome de todo, de la realidad que tanto asquea, porque asquea, a mi por lo menos, me da nauseas, todos se matan, todos se comen, todos se engañan, preferiría pasar aquí un tiempo, perdido en mis sensaciones, en mis ideas, alejado de todo, de Osama y Obama, del accidente que vi hace unos días, de las fechas, esté mes, las clases, la novia, pero con todo al mismo tiempo, todo mutado, transformado a mi gusto, deconstruido y vuelto a armar. La belleza del sueño radica en la posibilidad de ser dios, sí, dios, acá me siento dios, lo sé, hace ya mucho tiempo me di cuenta que no somos más que consecuencia de un sueño perfecto del perfecto perverso, del inmisericorde, ansioso y exagerado “dios” que ha pensado un mundo donde todos pueden serlo, donde realmente no importa él pues como todos, se encuentra perdido en sus propias ideas y sensaciones, recorre laberintos que ha creado y no sabe salir, no quiere dejar de soñar este mundo tan natural, tan imperfecto y depravado, que lo hace sentir, sí sentir, eso es lo que sucede, siente tanto que no desea dejarlo, siente que siente por los otros y es por eso que los deja sufrir y ser felices, se pone en sus pellejos, y por momentos muy diminutos los representa, se disfraza de cada uno y los hace actuar en el mundo. Si dios existe, es tan humano como cualquiera, tan adicto a sentir como cualquiera, y tan voyerista como un fantasma.

Cuento: Sexo

Como la noche más oscura, sus ojos se dibujan perfectamente bajo sus pupilas cerradas por el sueño. Está tendida como muerta entre las sabanas blancas que le regalaron el día de la boda, con uno de sus pechos desnudos que es observado por mí. Una diosa desnuda en la cama, y yo sin volver a succionar sus pezones sólo por la pesadez matinal de cualquier sábado.
Se le ve tan frágil y tierna que casi temo romperla si me acerco. Su respiración pausada y monótona me acurruca a su lado, me doblo en mí para verla sin ocupar demasiado espacio, para darle libertad sobre la cama. Y la huelo, abro todo lo que puedo mis fosas nasales para sentirla. Quiero su aroma, su imagen, su tierna cavidad que deseo con desesperación al encontrarme tan lejos.
Siento que sólo puedo verla, que existe una barrera que nos diferencia del todo, y no me permite acercarme: ella duerme mientras yo mantengo la vigilia. Yo estoy donde ella no, y no tengo porqué traerla, ella llegará cuando sea apropiado, pero ahora no soy más que un espectador de un cuerpo lejano que me fuerza a relamerme los labios y acariciar mí pene.
Quiero estirar la mano y tocar uno de sus pechos pero podría despertar, prefiero simplemente verla; observar detenidamente el sube y baja de su busto, escuchar el aire salir por su boca, intentar olfatearla.
Recuerdo que dejó su trusa a un lado, la busco por debajo de las almohadas. Sigue húmeda como cuando se la quité. La huelo, la lamo por inercia, me es inevitable, me excita, su sabor no es dulce ni agrio, sabe a ella, me hace necesitarla aún más.
Siento la necesidad de traerla conmigo, invadir su espacio para satisfacerme. Y saco las sabanas de la cubren, me acerco a su vulva; su aroma me emociona, me recuerda la fuente en shangrilá; permanezco un rato con la nariz casi pegada a sus vellitos, luego me inundo en el cálido de su interior, lo exploro con la cara, siento goce, siento un placer que se experimenta pocas veces. Ella aún no despierta pero empieza a moverse. Siente mi lengua jugar con sus labios, mover de un lado para otro su clítoris.
Antes que pueda notarlo ya estoy sobre y dentro de ella, me muevo pausadamente mientras despierta. Se mueve conmigo, suelta susurros irreconocibles sazonados con una pizca de placer. Clava sus uñas en mi espalda, muerde mi pecho, me abraza con sus piernas, y me aprieta hacia ella, me obliga a ser más tosco, inmisericorde.
Y la penetro con fuerza, y más que con fuerza con furia, la contenida desde que no despertaba, desde que permanecía ahí tirada sin aprovechar los momentos que me tiene a su lado. Y la miro a los ojos mientras nos movemos casi al mismo compás. Ella empieza a gemir, lo hace por placer, sus ojos, sus gemidos e intentos de palabra lo dicen: está gozando. Y aunque no dejo de hacerlo, es ella la más entusiasta; dejó de ser mi victima para convertirse en mi cómplice.
Eyaculo al compás de sus caderas que me indican cómo y cuándo. La beso con esperanza que la próxima vez no despierte, que me deje llegar sin ella. Qué por un momento se inviertan los papeles, y sea mi juguete. Pero ya es tarde: su marido no debe tardar.

Cuento: Henry Glup


Henry Glup, blanco, 40 años, metro 75 de estatura, ojos café, cazado, corrector de estilo en una editorial dedicada a textos religiosos, básicamente católicos. Era un hombre que se conformaba con poco, nunca le intereso realmente algo “material” – sabía que tenía que comer, pero además de ciertas comodidades necesarias de las épocas, nunca ansió fortuna – que pudiese envenenar su alma. Envenenarla como podría hacerlo una araña. Las arañas… como las detestaba, siempre decía – sin que le creyesen – que los seres de 8 patas son diabólicos, que adoran al diablo y que cuando capturan una polilla o una mosca, cantan alabanzas a su señor oscuro antes de entregárselo en un ritual entomogófago, un sádico y diabólico ritual entomogófago. Henry siempre habló mal de las arañas, pero a pesar de comentar éstas costumbres arácnidas como algo completamente verídico, nunca se atrevió a explicar cómo obtuvo esa información. Nunca es ir demasiado lejos, diré mejor que muy pocas veces.
Desde pequeño Henry desarrolló un miedo terrible a las arañas. Ya desde la cuna, si una araña estaba en la habitación, el niño no paraba de llorar y casi ahogarse; señalaba con un dedo inmóvil – un dedo regordete de bebe – hacia donde se encontraba el arácnido. Sus padres no tardaron en comprender las razones de su llanto, y así cada vez que lloraba éstos iban a matar al bicho de 8 patas que se escondía tras el ropero, o en una esquina de la habitación, entre sus juguetes. Donde fuese las arañas eran sorprendidas, y pash, un periódico enrollado encima, que las destripaba causando tal alegría en el niño, que no volvía a molestar en toda la noche. Sus padres, a veces, para evitar tener que levantarse a una hora demasiado incómoda, llevaban arañas al cuarto de su hijo para matarlas ahí.
Mientras creció, Henry se dio cuenta que no debía temerle a las arañas, en parte por notar que realmente era más grande, y – algo que también tuvo mucho que ver – por el criadero de arañas que terminó convirtiéndolas en mascotas de la familia. A Henry nunca le gustó la idea, desde pequeño esos minúsculos bichos le parecieron malignos.
Henry nunca supo explicarles a sus padres que podía leer la mente de los arácnidos, y menos aún que hablaban de sacrificios en nombres de un señor oscuro y demás salvajadas que asustan a cualquier niño. Solo supo demostrar su repulsión hacia ellos, y su gran capacidad para encontrarlos y matarlos le hizo ganarse fama de exterminador entre su familia, ‹‹Mi pequeño exterminador›› decía su padre, algo parecido repetía la madre; pero ninguno se preocupó por comprender exactamente qué sucedía, solo era y ya; mientras no se metiera con la granja de arañas todo iba en paz.
Así que aproximadamente a los 6 años de vida, Henry Gump se da cuenta que las arañas no solo eran seres malignos, si no que eran sirvientes de Satanás. Lo notó luego de ir a la iglesia: el cura hablaba del infierno, y de los rituales paganos ofrecidos por lo que vendrían a ser bestias. Él vio a las arañas como esas bestias: los incondicionales del diablo. Así que su cacería cambio de rostro, ya no solo las mataba porque le caían mal, o porque le daban miedo, ahora era una búsqueda de la luz, una guerra santa, una eliminación progresiva del mal. Y Henry por una etapa de su vida que tal vez abarcó toda su infancia, fue para sus adentros un soldado del Señor, de la luz; no le dijo a nadie, se dedico a cazar arañas como un santo, las mataba donde estuviesen: tras el refrigerador, en el closet, en la vieja máquina de lavar que se oxidaba por la humedad del ambiente… no se metió nunca con la granja de sus padres, no estaba de acuerdo, le parecía riesgoso y hasta soberbio, pero siempre miró con recelo a las arañas que le juraban la muerte desde el vidrio que las protegía de sus manos.
El colegio le fue complicado, era una completa distracción saber que una mosca sería sacrificada en nombre de Satanás, y no poder moverse por miedo a cualquier tipo de represión solo frustraba a Henry – que se había jurado así mismo seguir adelante con su guerra santa –. No habló con nadie de sus poderes: sus padres le advirtieron que se quedase callado con respecto a eso, generando así un vacio en la vida de Henry, un vacio que se llama miedo, vergüenza de lo que era.
Así pasaron los años, con el secreto oculto, con bocas familiares que lo llamaban loco, y que exhalaban impresión, como un profundo ohhh, cuando éste se dirigía como robot a eliminar alguna araña escondida entre los muebles.
Henry Glup nunca se consideró loco, su constante asistir a la iglesia los fines de semana llenó su cabeza de ideas, cantidades de ideas sobre su poder y las arañas, sobre sus rituales; y cada día que escuchaba misa se sentía más comprometido con la obra de Dios, sabía que su misión en el mundo era detener a Satanás, y solo podría mediante las arañas: Dios no hace las cosas porque sí, sus poderes debían marcar su destino.
Poco a poco, la idea de una guerra santa fue desapareciendo. Las pasiones de la infancia se perdieron con los primeros amores, que ni siquiera se entienden pero ya dan dolor de cabeza. Los estudios, las tareas, en primaria y posteriormente en secundaria, lo fueron apartando del mundo religioso, poco a poco fue convirtiéndose en un agnóstico muy confundido.
Cuando salió del colegio postuló a la carrera de psicología. Aquí no paró de impresionar a sus compañeros con su gran capacidad para matar bichos, en especial arañas. Mientras más y más estudió, fue notando que lo que sucedía con los arácnidos no era simplemente un ritual religioso para evocar al diablo, si no todo lo contrario, solo una forma de hacer sentir fuertes a las insignificantes criaturas de 8 patas, que no solo se enfrentaban contra seres de sus proporciones, sino también contra los gigantes que los aplastaban con papel.
Durante los 5 años de carrera, maquinó su tesis, hablaría de lo que más sabía, psicología arácnida. Pero a su vez tomaba en cuenta que nadie sabía, ni sabría sobre sus poderes. Si la vida le había enseñado algo a Henry Glup, era que hay cosas que es mejor callarse, hay detalles de uno mismo que el mundo no debe conocer, y no por ser perniciosos para alguien ni nada de eso, simplemente no lo entenderían, y cuando el hombre no entiende algo, puede convertirse en el imprudente más grande del universo.
Fue durante sus estudios que conoció a Diana, una chica trigueña, un poco menor que él, de facciones estilizadas, cabello negro azabache, unos increíbles ojos café que lo golpearon, lo hicieron olvidar a todos sus antiguos amoríos, que nunca llegaron a nada. Pero esta vez sería distinto, esta vez tendría más cuidado con sus palabras, no se delataría con tanta facilidad.
Y fue así como consiguió un matrimonio, fue así como su vida fue tornándose cada día más infeliz, y fue sintiéndose más y más frustrado, con gusanos en forma de secreto que carcomían su estómago. Nunca se entendió con su mujer, la paranoia lo ganaba, sentía que ella también ocultaba algo. Ella por su parte no entendía como Henry era capaz de encontrar arañas en los rincones más extraños, y la preocupaba, casi la aterrorizaba el placer que empleaba para matarlas. Prácticamente todas las discusiones fueron por ese lado, desde que se mudaron juntos no pararon de discutir; pero eso en un principio no pareció relevante, la carrera de Henry, que tuvo que terminar por curso y no por tesis – por obvias razones – lo llevo a trabajar para una empresa en la sección de recursos humanos, y por su parte Diana encontró trabajo en una clínica cerca de casa, logrando así la ansiada estabilidad económica de cualquier pareja joven.
Esas discusiones no eran nada, no al principio; pero luego de años sospechando un secreto, se termina por confirmar su existencia. Así, Diana, con el pasar del tiempo nota que realmente su marido le oculta algo; no es solo su carácter, ni sus momentos de más introspección; él oculta algo. Y sus intentonas por descubrirlo terminan debilitando peligrosamente la relación, al grado que ambos visitaron a distintos abogados. A pesar de todo se mantuvieron juntos, estaban acostumbrados, y realmente sabían que no podrían encontrar a nadie más, no siendo como eran.
Diana se caracterizo siempre por un carácter fuerte y posesivo, que encajaba perfecto con el tímido Henry. Ambos, fuera de su relación no eran más que animales vagando por una tundra helada, abandonados, solos. Porque solo seres parecidos se encuentran, por eso sabían que no podrían alejarse.
Henry, luego de vivir una vida llena de frustración y aracnisidio, luego de haber renunciado a dios en su adolescencia y convertirse en positivista durante la universidad, vuelve a la religión buscando cobijo, buscando sentirse acompañado nuevamente, no solo por un cuerpo del que sabe que no se puede alejar.
No puede abandonar su vida, pero sí ciertas cosas. Se dirige a su puesto en recursos humanos y renuncia diciéndole imbesil al superior inmediato.
Su mujer lo requinta pero sin ira, es algo que él podría hacer, aunque nunca lo había hecho ni mencionado con anterioridad. Esto molesta a Henry; él esperaba verla furiosa, esperaba que le gritase y así empezar una verdadera discusión. Luego de pocas palabras de su mujer, Henry sale de casa diciendo:
-          Hay una atrás del refrigerador, está mirando tu cuello.
El golpe de la madera llega hasta los oídos de Diana quien permanece inmóvil, intentando interpretar sus últimas palabras ‹‹está mirando tu cuello››…
Henry caminó ese día, caminó buscando un mensaje, caminó leyendo la mente a las arañas que se le topaban por el camino ‹‹sangre, sangre›› por aquí, ‹‹¡te destriparé insecto, te destripare!›› por allá, y demás frases sueltas que se perdían por la velocidad a la que caminaba Henry, que se tapaba los oídos intentando no escucharlas, necesitaba tiempo para pensar.
Cuando levantó la vista – luego de un pequeño ataque de nervios – se topo con la razón de todo; era un mensaje divino, no había otra  explicación. Un cartel tenía impreso lo siguiente: ‹‹Se busca corrector de estilo para textos religiosos››. Un mensaje…
Apuntó la dirección, y se dirigió con bastante prisa, preocupado porque alguien le ganase el puesto. No estaba lejos, pero tomo un taxi para evitar escuchar de nuevo a los arácnidos.
Llegó en cuestión de minutos, era una casa común, de color blanco, con ventanas como ojos, y una puerta-boca que lo recibió sin una sonrisa.
‹‹…oh, señor oscuro, yo tu fiel devoto, te entrego esta polilla, empezaré abriéndole el estomago para que poseas mi cuerpo y comamos juntos sus vísceras, luego…››
-          ¿Cómo está? – Henry se distrae. – ¿busca algo en especifico?
-          Trabajo, de corrector de estilo para textos religiosos.
-          Mmm, ¿ha leído la biblia?
‹‹…has que su dolor se prologue, has que yo lo disfrute, llévate solo parte de su alma y déjame un poco, para luego poder ser digno de avanzar a tu lado…››
-          Fue mi libro favorito señor, casi lo sé de memoria, pase toda mi infancia bañándome en la palabra del Señor.
-          Que bueno hermano. ¿Tiene carrera universitaria?
-          Sí, soy psicólogo.
‹‹… llévate solo la mitad de su alma…››
-          Entonces perfecto, lo probaremos y si se desenvuelve bien, dentro de una semana estará contratado.
Henry se da la mano con el entrevistador, es un apretón fuerte, ambos se miran mientras sonríen, parece que los verdaderos devotos se reconocen de inmediato, como un adicto reconoce a otro, hay algo en los ojos, en su brillo, en los pómulos salientes que se los comen, que le cambian la mirada. Se establece tal vínculo, que Henry considera prudente matar a la criatura infernal que se oculta tras uno de los escritorios. La mata de un solo golpe con la palma abierta, llevándose también a la polilla. El entrevistador se atreve a preguntarle como supo que estaba ahí, y Henry, como en casi todos los días de su vida, miente diciendo que vio al entrar y esperó el mejor momento para matarla.
Consiguió el trabajo, no era difícil, solo debía preocuparse por leer bien. Durante la semana y aún luego, siguió aprendiendo sobre edición y corrección de estilo, se metió a talleres, también a clases como alumno libre en distintas escuelas de literatura.
Si bien su vida empezaba a agradarle más, su mujer seguía siendo un problema, siempre posesiva e histérica, una verdadera pesadilla: si algo no le parecía, por más que ella estuviese en un error notorio, llamativo, extravagante, mantenía su posición, la cual debía ser acatada para poder dormir en la cama.
Mientras más tiempo pasaba peor se sentía, incluso peor que antes, donde todo estaba “mal”, donde Dios aún no le mandaba el mensaje, y él simplemente divagaba cazando a los enemigos del mundo. Ahora sí se sentía perdido, como quien tiene un mapa del tesoro incompleto en una isla totalmente abandonada por Dios, era encontrar el camino para volver a perderse, sentirse triunfante para morir con la última explosión de sus propios cañones. ¡Que frustración!
Y así pasó el tiempo, pasaron más años, en donde Henry aguantaba, toleraba toda clase de maltratos, y seguía persiguiendo a las arañas. Aguantó y aguantó, no dijo nada, nunca se quejó con nadie; sabía que las arañas eran peores que su mujer y eso lo tranquilizaba. Eso y no tener hijos, estaba feliz de no tenerlos, no con esa mujer que significaba su frustración. Sí, eso podía agradecerle a Dios; pero todo lo demás fue en vano, todo se fue por el drenaje, desde su bendita guerra santa, hasta sus estudios de psicología arácnida, todo quedo en nada, todo fue una broma de Dios.
Pero Él compensa, jode pero compensa, y Henry lo sabía. Sabía que Dios escupe con una boca y toca jazz con la otra; así que era cuestión de que le diesen oportunidad para poder actuar, para hacer lo que debía sin pensar en sus deseos de hombre, si no en los deseos de orden que le impone Él.
Y la oportunidad llega, siempre disfrazando casualidades con destino. Henry lo entiende.
Permanece echado junto a su mujer, dándole la espalda, aparentando estar dormido. Ella exhala aire como quien duerme, no se mueve mucho pero no deja de hacerlo. Él ya no la quiere, ya está cansado de ella, pero sabe que no puede irse, sabe que todo es inútil, absolutamente todo lo que intente, sabe que volvería con ella, que no podría tolerar al mundo sin ese apoyo que se le hizo costumbre, y que a pesar de sus defectos, neurosis y rarezas, siempre estuvo a su lado.
De repente, como un regalo, escucha a una araña, que por encima de ellos baja desde la estantería de libros – no se pregunta cómo apareció ahí, pues como todos, Henry sabía que las arañas simplemente aparecen y ya –  para dirigirse hacia Diana. La escucha con claridad: ‹‹..voy por tu cuello perra, por tu cuello, te envenenaré, te atrofiaré el rostro y quedarás paralizada, te atrofiaré perra…››. Cuando está por levantarse a matarla como lo haría cualquier noche, vuelve a pensarlo y no se mueve, permanece quieto, callado, como si no hubiese notado la presencia de la araña, aún tiene tiempo para tenderle una trampa. Lo piensa, sí lo piensa, pero decide permanecer ahí, sin hacer nada, sin aplastar a una de sus enemigas de vida, solo por el afán de cobrárselas con la ayuda de Dios, de cobrárselas sin ganarse más enemigos. Luego que Diana fuese mordía, mataría a la araña, desaparecería el pequeño cuerpecito para que demoren más en encontrar el antídoto, y luego de un corto sufrimiento, Diana se pondría bien, todo volvería a la normalidad y él esperaría otra oportunidad parecida. Tal vez valdría la pena visitar a sus padres, tal vez podrían dejarlo ver a sus mascotas, y quién sabe, tal vez hasta le regalasen algunas.


Cuento: Mucho más


¿Te has dado cuenta lo ridículas que se ven las flores en una mesa para dos? – dije intentando llevar por otro rumbo la conversación, luego de prolongados segundos de silencio...
- Sí, lo he notado… pero no intentes confundirme. Habla. – Se peina el cerquillo cada vez que me acerca su rostro, casi como un tic nervioso o algo semejante, no hay vez en que se me acerque confidente sin darse una inconsciente peinada, que si bien en principio me resultaba hasta sexy, terminó por hostigarme.
Puedo llegar a decir que aborrezco… odio ese incesante ademán. Es más, la odio cuando se me acerca demasiado. Sí, eso debe ser, por eso no consigo verla con tranquilidad. Me entran ganas de escupirle, de empezar a gritar en medio del café ¡No le duele por el culo! Decir sus verdades, demostrarla como lo que es: una perra.
            - ¿Sabes que cuando te conocí llegaba a parecerme bastante sexy eso que haces con tu cabello, el peinártelo cada vez que te acercas y me dejas sentir tu…
En su rostro se dibuja una sonrisa, algo pícara, algo inocente, completamente seductora. Sabe lo que hace, esta demás negarlo, es una perra en todo el sentido de la palabra. Sabe alterarme, ponerme de cabeza de una coctelera y agitarme hasta que me vomito encima. Me hace soñar con ella, esperar siempre su ausente presencia.
Juega conmigo como podría hacerlo una manipuladora natural, porque eso es, una simple manipuladora, y lo lleva en los genes como su madre. Qué hombre con algo de dignidad se quedaría en la misma casa por más de tres años... Un hombre de verdad embaraza y se larga, el problema es de la cojuda que desee proseguir con un desfogue.
Sabe lo que hace, es bastante buena haciendo que la desee.
- Lo puedo imaginar.
Perra.
De pronto suelta una estruendosa carcajada que más me parece fingida, es demasiado fuerte como para ser una risa normal. Quiere hacerme pensar que lo ha dicho en broma.
- Es una broma – dice apagando la carcajada casi en un santiamén. Un par de veces vuelve a reír, como para aparentar que realmente había estallado en risa de forma natural e inesperada -. Pero volvamos al tema. Cuando en el cuento, los terrícolas se presentan ante el psicólogo (sin saber que era psicólogo), e inmediatamente éste los considera marcianos con serios problemas mentales, para luego convencerse que el único real en el grupo era el capitán. ¿Por qué deja de lado a los demás? Yo pienso que podría ser por una visión jerárquica que quiere implementarle Bradbury a su cuento. Pero no termina de convencerme esa hipótesis.
Acá vamos de nuevo, hablando de literatura con una mujer, culta, pero mujer al fin y al cabo, y por lo mismo la tendencia a complicar los asuntos sencillos de la vida, o de la literatura en este caso, hacen realmente tedioso mantener una conversación inteligente.
Los libros, las películas, la música, y cualquier tipo de arte o ciencia que pudiera existir, se encuentran al otro lado de un enorme abismo para las mujeres. Es decir, pueden observar, aprender, memorizar, pero nunca ser parte de ese otro lado, por su propia naturaleza.
- Simplemente no pueden haber cinco locos con el mismo problema. Se nota que eres mujer.
- Eso sonó hasta de cierta manera despectivo. Pero sí. Tienes razón. No me pasó por la cabeza. – Luego de mucho volvió a notar su cigarrillo y tras darle un ligero golpecito contra el cenicero, se lo llevó a la boca para darle una larga y profunda bocanada.
- Cierto, también tengo cigarros – pienso en voz alta. Busco en el bolsillo de mi pantalón. ¡Bingo! Hay cosas que en la vida no deben faltar. Y una sonrisa se me dibuja casi de manera inconsciente.
Ella lo nota.
- Adicto – esta vez su risa es natural, desaparece en cuestión de segundos y no hace más que susurros sobre el fondo de un desconocido Jazz.
- A muy pocas cosas para serte franco.
- ¿A muy pocas cosas? – nuevamente con una sonrisa.
Se burla de mí.
- ¿Te estas burlando de mí? – mi voz llega a mis oídos casi sin querer. No quería decirlo. Pero ya está hecho. Cambio el semblante, entrecruzo las cejas, levanto los pómulos buscando que los ojos se vean más hundidos, abiertos y profundos.
No es la única que sabe algo sobre fingir emociones.
- No seas absurdo – vuelve a darle una calada a su cigarrillo -. Era solo un comentario sarcástico que no tenías porque tomar a mal. A veces exageras.
Cuando vuelve a posar el cigarrillo sobre el cenicero, me detengo a ver sus facciones. Se le ve tan natural, tan viva, como si el cigarrillo fuese una extensión de su cuerpo. Su frescura no tiene igual, y llego a sentirla sincera. Tal vez nunca me mintió. Tal vez no intentaba seducirme. Tal vez sólo quería ser una amiga.
Pero no. Qué amiga te abraza, te llama, te invita a tomar un café. Por lo menos a los días de ser presentada. Su excusa de que le caíste bien suena a chiste. En verdad manda un mensaje bastante directo: quiero que me caches. Y sí, te la cachas, y luego ella te dice que eso no debió suceder, que ella no te quiere de esa manera. Y tu piensas <<no me quieres así pero que bien me pusiste el culo>>. Pero le terminas diciendo: Bueno, tal vez sea lo mejor…
- ¿Sabes que me excitas? – nunca está demás intentar.
- Tú sabes que es una conversación que no me gusta. Pero sí, lo sé. Me lo dijiste ese día.
- Pero es un tema del que debemos hablar.
- Mira, es bastante simple, el alcohol a veces nos hace actuar como idiotas – la severidad deja notarse en su rostro.
No esperaba verla tan seria. Debe estar diciendo la verdad. Pero al mismo tiempo conoce al cien por ciento los artes de la manipulación. Y fingir un rostro severo no es para nada difícil.
- Échale la culpa al alcohol si quieres. Tú sabes muy bien que eso no es más que una triste excusa. - Me deseas, pero no quieres demostrarlo. Prefieres tenerme atrás como tu perro, por que eso eres: una perra, nada más que una perra… Espero no haber mostrado nada en mi gesticulación. A veces me pasa que me descontrolo y puedo ponerme en una situación vulnerable. Espero no haberlo hecho.
- En cualquier otro caso tendrías razón. Pero la verdad sólo fue el alcohol, y recuerda que acababa de terminar con Ismael, el tío ese de quien te hable mientras cogíamos ¿recuerdas?
Toda mentira debe guardar una estructura lógica razonable. Y sí, por supuesto que recordaba su tremenda falta de respeto. Hablarme de su ex mientras la follaba. Definitivamente fue planeado. Ella lo pensó así, necesitaría una excusa para poder mantenerme atrás, intentando volver a tenerla por el sentimiento de llegar a pensarla imposible.
Usa el psicoanálisis, es obvio. 
- Sí, lo recuerdo – contesto mientras siento como mis labios se tuercen contra mi voluntad, no se que forma adquieren, no los puedo controlar. Y no se debe al consumo de cocaína, no. Pero sí, es una reacción inevitable ante ese recuerdo.
Luego de un tenue silencio entre nosotros, exactamente entre el cambio del Jazz desconocido y Plenty more de The Squirrel Nut Zippers. Decido retomar la conversación.
- ¿Cuando unos tragos?
Ella se sonríe y mueve la cabeza hacia un lado de manera ligera. Con un fuerte suspiro asemeja un ja para volver su vista a mis ojos.
- No pienso volver a beber contigo. Me gusta charlar. Nada más.
Eso no decía tu culo perra inmunda.
- ¿Nada más?
- Nada – otra calada al cigarrillo antes de precipitarlo contra el cenicero de cristal relleno de arena que adornaba el centro de la mesa.
Recuerdo que debo prender el mío. Me lo llevo a la boca y recién al tercer intento con el encendedor puedo dar mi primera calada. Es absorbente, recorre todo mi cuerpo. Me siento mejor, más tranquilo. Ya no me incomoda tanto que sea una perra. Ya no siento tanto asco por ella.
Vuelvo a desearla. Tenerla en cuatro y penetrarla con violencia esperando ver una línea de sangre salir de su ano. Quiero qué grite, qué pida que pare, que me ruegue que lo haga más despacio. Pero yo sé que le gusta así. Yo sé que quiere que la desgarre; aunque ya no se pueda: Ya no le duele por el culo.
Me sonríe al verme con el cigarrillo.
Es como si le gustase que fume. Como si quisiera ver como me daño. Me considera miserable, un perro al que trata a su antojo por saber muy bien que no la morderá nunca.
Me cabe considerar que practicó la zoofilia alguna vez. Probablemente en su adolescencia. La imagino echada en su cama con los pantalones y las bragas tiradas en el suelo. Con algo parecido a salsa de carne esparcido sobre su sexo, mientras su perro se acerca hambriento, jadeante. Con cada lenguetazo del animal ella sonríe, manda un ligero gemido que llega a mis oídos y me despierta asqueado con ella mirándome aún sonriente. Como si no hubiesen pasado los largos segundos en su habitación.
Doy un par de caladas al cigarrillo.
- Me das asco – le digo luego de golpear con el pulgar la colilla -. Eres como... un insecto; repugnante, bizarra.
Su mirada quiere demostrar confusión.
- ¿Por qué me hablas así? ¿Sólo por que no quiero tener sexo contigo? ¿Por eso eres el monstruo que eres?  
- Sí. Probablemente – nuevamente una respuesta inesperada de mi parte, pero es cierto, no me importa realmente que otros perros le hayan hecho sexo oral, ni que la hayan penetrado caballos, ni que le haya practicado felaciones a cuanto animal enorme viera. Yo sólo quiero tener la oportunidad de destruirla por dentro. Hacerla sangrar. Volver a penetrar ese profundo y ancho agujero que es su ano.
Pero esta vez no tendré misericordia. Haré lo impensable para dañarla; a ella le gusta así, y ya empecé a disfrutarlo.
- ¿Eso es lo que quieres?
- Sí, eso es lo que quiero. Quiero reventarte el culo.
Una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. No puedo asegurar la procedencia. No se si es de verdad, si es de mentira, si es una sonrisa de mofa o si una reacción natural ante el acosos sexual.
- Está bien, pero sólo una vez más....



Negra…


Qué decirte en momentos así… estoy cansado, me siento cansado, me veo cansado. Pero no importa. Todo tiene el sentido que debe tener y por eso es aguantable. Simplemente se sigue un camino que sólo puedo observar. Ahora soy inútil en tu vida, y lo sé. Ahora sólo sirvo para darte consuelo y lo sé. Y es esa impotencia la que me mata, el no poder hacer nada, el no poder decir nada, por encontrarme en otro plano, fuera de tus oídos, fuera de ti.
Lo peor tal vez es que comprendo, y por eso tengo que aguantar, por que entiendo tu punto de vista, aunque no me encuentro de acuerdo, pero eso ya lo sabes. Ya sabes que hay muchas cosas en las que no concuerdo contigo, otras tantas que no perdonaré jamás, y no por sentirme traicionado, sino por notarte enferma. Pero eso tampoco importa, no me importa que estés enferma, a veces desearía contagiarme, y aceptar tantas cosas que comprendo; pero no puedo, yo soy otra clase de enfermo, soy inmune a tus bacterias así como tu lo eres a las mías.
Preciosa, el mundo es tan enorme… y tú ahogándote en las playas de lima, en esas aguas grises consecuencia de drenajes, que no te permiten flotar por su espesura, pero aún así debes salir. Debes notar que toda esa mierda no es tu culpa, debes nadar para salir, embarrarte y estar dispuesta a salir de la mierda, para que puedas algún día bañarte en el caribe, o siquiera en Piura.
Sólo me queda observar, eso lo sé, porque aunque intento, no puedo cerrar los ojos, necesito ver como sales poco a poco, intento darte ánimos inútiles, no me escuchas, tienes mierda en los oídos, pero de nada sirve desesperarse. De nada sirve empezar a gritar a todo pulmón, o acercarme nadando, la mierda es demasiado espesa si se combina, y no me deja acercar, una barrera viscosa me impide llegar más cerca.
Y te extraño, extraño tenerte cerca, escuchar algunas de tus palabras, que puedas escucharme. Extraño ayudarte a nadar. La mierda es ahora más espesa que nunca, ya se hará más tenue, y luego nuevamente todo volverá a llenarse de una mierda espesa y viscosa, pero para entonces tendrás que haber aprendido a nadar mejor.
Y saldrás hacia aguas más calmas, en menos tiempo, con menos esfuerzo. Pero ahora sólo puedo observar, rogar que no te ahogues, gritarte que no tienes que preocuparte por mí, hace mucho aprendí a nadar sobre mierda, no importa cuanta me caiga encima.

Caliente

Ella está acurrucada en su camita, aparenta dormir, pero puede verme. Sus ojitos entrecerrados se notan bajo la luz del fluorescente. Y se estira, como si despertara de un sueño reparador. Mira fijamente a mis ojos, me mira exigiéndome algo de comer. Acaricio su cabecita. Ella levanta el lomo y empieza a acariciarse con mi mano.
-                      Caliente ¿Cómo dormiste?
No responde. Sólo mira como siempre mira mis ojos cuando acaba de despertar con hambre. Empiezo a rascar su mentón. Y ella cierra un poquito sus ojos amarillos.
-                      Vamos, dime que tal tu noche.
Ella empieza a ronronear.
-                      Caliente, sé tú secreto. Es inútil que intentes ocultármelo. Tú crees que no te conozco pero te equivocas. Así que rompamos con esas barreras animal-dueño y hablemos. Yo sé que quieres hacerlo hace mucho, lo he notado en tus ojos. Vamos, no tengas miedo.
Parece no escucharme, empieza a limpiar su pelaje intentando ocultar lo evidente. Me ha entendido. Y ahora quiere disimularlo limpiándose.
La acaricio tiernamente.
-                      Preciosa ¿no entiendes que conozco tu secreto? – acaricio su cráneo como intentando transmitirle confianza. Sus ojos se estiran más de lo usual, y ella sacude la cabeza. – vamos, soy tu dueño. Te doy de comer todos los días, limpio tus porquerías, a veces te dejo dormir en mi cama, ¿por qué no confías en mí?
Sale de su cama sin mirarme. Como si no me entendiera. O como si me retase, como si le importase un bledo cada cosa que hago por ella. Se burla limpiándose mientras le hablo, dejándome con la palabra en la boca cuando se ve acorralada… ni siquiera puede argumentar que no me entiende. Lleva años viviendo conmigo, escuchando el español en la radio, en la tele, de mí. No tiene excusa para hacerse la desentendida.
Pero no importa, no debo presionarla. Si pierde su confianza en mí nunca querrá dirigirme la palabra. Sirvo su comida y el agua en un plato doble para gatos. Enciendo el televisor esperando que pasen las horas para volver a intentarlo. Es cosa de confianza; luego soltara la lengua como cualquier hembra. Esperaré que vuelva a su cama.
No tarda demasiado. Me acerco con unas croquetas hacia ella. Mira atenta mi mano, pero no se levanta, sigue tirada sin demostrar demasiada emoción. Empieza a comerlas con tranquilidad, como si fuese mi labor solemne alimentarla en su cama. Se le ve tan natural que me cuesta trabajo creer que es mi mascota.
-                      Vamos gatita, no sigas ocultándomelo. Sé que puedes hablar, así que hazlo, hablemos, tangamos una charla, una pequeña tertulia por lo menos. Si quieres podemos tocar temas como el clima o quien te parece el gato más interesante de la cuadra. O hablar de aquella vez que golpeaste a la gata de la bodega, o si no cuando casi mueres en patas de un perro desconocido. Tantas cosas tenemos para hablar preciosa, y tú ahí, callada, tirada en tu cama como un animal irracional. – las croquetas se terminan y empiezo a acariciarla. Su pelaje se siente rasposo a mi mano húmeda de su baba. – Caliente, no quiero tener que ponerme drástico contigo. Ya te lo he dicho, no quiero dejarte sin comida, o tener que forzarte a hablar. Mira que yo te quiero bastante, y no me gustaría romper ese lazo que nos une por algo tan ridículo como no querer hablar conmigo.
Caliente me mira perpleja pero sin miedo. Cree que no soy capaz de lastimarla. La acaricio un poco más fuerte para que sienta que la protejo, que mi cariño hacia ella es protector. Ella mueve su cabeza para morderme el brazo. La perra me muerde. La abofeteo, quiere escapar pero la detengo de las orejas, y luego comienzo a asfixiarla. Miro fijamente sus ojos, y presiono, poco a poco.
-                      Caliente… ¿no entiendes que soy tu amigo?
Ella se mueve, mira mis ojos y esquiva la mirada, intenta escapar arañándome, pero no importa, que me corte todo lo que quiera, si no confía en mí por las buenas, la obligaré.
Cuando pierde fuerzas la suelto. Ahora sí me mira asustada. Le falta aire para moverse, así que permanece ahí, mirándome fijamente, sin saber que esperar. Empiezo a acariciarla más suave que antes. Ella cierra los ojos, se deja llevar por mis caricias, parece ya no tener miedo, pero apenas recupera algo de fuerza intenta escapar. Vuelvo a abofetearla. Y sigo la acariciando.
-                      Gatita, te lo he dicho muchas veces, sólo tienes que hablar y nunca más tendré que golpearte. No me gusta hacerlo, pero detesto que no confíes en mí. Vives bajo techo, comes comida, cagas casa, necesito confiar en ti ¿Por qué no lo entiendes?
Sigue sin mencionar palabra, callada como una mujer dolida. Debí conseguir un gato. Pero llevo tiempo ganándome su confianza; volver a empezar sería problemático. Y en algún momento tendrá que hacerlo: es inevitable.
-                      Caliente, puedo recurrir a otros métodos. No quiero hacerlo, pero si no me dejas opción…
No dice nada. Gata de mierda ¡¿acaso no me teme?! ¿Tan insignificante soy? Es entendible que no confíe en mí: el amor es más difícil de ganar que el odio ¿Pero no temerme? ¡Qué falta de respeto!
Pellizco su oreja, se nota que le duele pero no dice nada, tal vez si me teme. Una actitud sumisa es normalmente parte de la aceptación. Hablará. Así que vuelvo a acariciarla.
-                      Gatita, mira que puedo ser muy bueno contigo, eso lo sabes. Siempre he sido bueno contigo, pero me pones en una situación difícil que sé que comprendes. Descansa.

La mañana llega temprano. Despierto a las seis no sé por qué. Pero ya no tengo sueño, me es imposible conciliarlo; desordeno mi cama con patadas y demás movimientos bruscos. Me canso de eso y decido levantarme a desayunar. Caliente sigue durmiendo. Prefiero no molestarla. Un yogurt con hojuelas basta por ahora, y lo tomo viendo el noticiero del dos.
La gata despierta durante la sección espectáculos, y me alegro de no tener que ver tanta estupidez. Preparo su comida y se la llevo a la cama. La acaricio un rato, dejo que coma. Ella está tranquila, come como cualquier mañana, toma un poco de agua y me ronronea.
Poso mi mano sobre su lomo y empiezo a acariciar su pelaje. Ella levanta el lomo y empieza a acariciarse con mi mano. La misma escena de todas las mañanas.
-                      Vamos caliente. Hoy es el día. Hablemos. Ambos sabemos perfectamente que puedes hacerlo, y no lo haces sólo porque no quieres.
-                      Estuve pensando en lo que dijiste – por fin – pero no es exactamente como te lo imaginas.
-                      ¡Yo no imagino nada! Tú no querías hablar.
-                      No es que no quisiera, no sabía que podía.