jueves, 5 de mayo de 2011

Caliente

Ella está acurrucada en su camita, aparenta dormir, pero puede verme. Sus ojitos entrecerrados se notan bajo la luz del fluorescente. Y se estira, como si despertara de un sueño reparador. Mira fijamente a mis ojos, me mira exigiéndome algo de comer. Acaricio su cabecita. Ella levanta el lomo y empieza a acariciarse con mi mano.
-                      Caliente ¿Cómo dormiste?
No responde. Sólo mira como siempre mira mis ojos cuando acaba de despertar con hambre. Empiezo a rascar su mentón. Y ella cierra un poquito sus ojos amarillos.
-                      Vamos, dime que tal tu noche.
Ella empieza a ronronear.
-                      Caliente, sé tú secreto. Es inútil que intentes ocultármelo. Tú crees que no te conozco pero te equivocas. Así que rompamos con esas barreras animal-dueño y hablemos. Yo sé que quieres hacerlo hace mucho, lo he notado en tus ojos. Vamos, no tengas miedo.
Parece no escucharme, empieza a limpiar su pelaje intentando ocultar lo evidente. Me ha entendido. Y ahora quiere disimularlo limpiándose.
La acaricio tiernamente.
-                      Preciosa ¿no entiendes que conozco tu secreto? – acaricio su cráneo como intentando transmitirle confianza. Sus ojos se estiran más de lo usual, y ella sacude la cabeza. – vamos, soy tu dueño. Te doy de comer todos los días, limpio tus porquerías, a veces te dejo dormir en mi cama, ¿por qué no confías en mí?
Sale de su cama sin mirarme. Como si no me entendiera. O como si me retase, como si le importase un bledo cada cosa que hago por ella. Se burla limpiándose mientras le hablo, dejándome con la palabra en la boca cuando se ve acorralada… ni siquiera puede argumentar que no me entiende. Lleva años viviendo conmigo, escuchando el español en la radio, en la tele, de mí. No tiene excusa para hacerse la desentendida.
Pero no importa, no debo presionarla. Si pierde su confianza en mí nunca querrá dirigirme la palabra. Sirvo su comida y el agua en un plato doble para gatos. Enciendo el televisor esperando que pasen las horas para volver a intentarlo. Es cosa de confianza; luego soltara la lengua como cualquier hembra. Esperaré que vuelva a su cama.
No tarda demasiado. Me acerco con unas croquetas hacia ella. Mira atenta mi mano, pero no se levanta, sigue tirada sin demostrar demasiada emoción. Empieza a comerlas con tranquilidad, como si fuese mi labor solemne alimentarla en su cama. Se le ve tan natural que me cuesta trabajo creer que es mi mascota.
-                      Vamos gatita, no sigas ocultándomelo. Sé que puedes hablar, así que hazlo, hablemos, tangamos una charla, una pequeña tertulia por lo menos. Si quieres podemos tocar temas como el clima o quien te parece el gato más interesante de la cuadra. O hablar de aquella vez que golpeaste a la gata de la bodega, o si no cuando casi mueres en patas de un perro desconocido. Tantas cosas tenemos para hablar preciosa, y tú ahí, callada, tirada en tu cama como un animal irracional. – las croquetas se terminan y empiezo a acariciarla. Su pelaje se siente rasposo a mi mano húmeda de su baba. – Caliente, no quiero tener que ponerme drástico contigo. Ya te lo he dicho, no quiero dejarte sin comida, o tener que forzarte a hablar. Mira que yo te quiero bastante, y no me gustaría romper ese lazo que nos une por algo tan ridículo como no querer hablar conmigo.
Caliente me mira perpleja pero sin miedo. Cree que no soy capaz de lastimarla. La acaricio un poco más fuerte para que sienta que la protejo, que mi cariño hacia ella es protector. Ella mueve su cabeza para morderme el brazo. La perra me muerde. La abofeteo, quiere escapar pero la detengo de las orejas, y luego comienzo a asfixiarla. Miro fijamente sus ojos, y presiono, poco a poco.
-                      Caliente… ¿no entiendes que soy tu amigo?
Ella se mueve, mira mis ojos y esquiva la mirada, intenta escapar arañándome, pero no importa, que me corte todo lo que quiera, si no confía en mí por las buenas, la obligaré.
Cuando pierde fuerzas la suelto. Ahora sí me mira asustada. Le falta aire para moverse, así que permanece ahí, mirándome fijamente, sin saber que esperar. Empiezo a acariciarla más suave que antes. Ella cierra los ojos, se deja llevar por mis caricias, parece ya no tener miedo, pero apenas recupera algo de fuerza intenta escapar. Vuelvo a abofetearla. Y sigo la acariciando.
-                      Gatita, te lo he dicho muchas veces, sólo tienes que hablar y nunca más tendré que golpearte. No me gusta hacerlo, pero detesto que no confíes en mí. Vives bajo techo, comes comida, cagas casa, necesito confiar en ti ¿Por qué no lo entiendes?
Sigue sin mencionar palabra, callada como una mujer dolida. Debí conseguir un gato. Pero llevo tiempo ganándome su confianza; volver a empezar sería problemático. Y en algún momento tendrá que hacerlo: es inevitable.
-                      Caliente, puedo recurrir a otros métodos. No quiero hacerlo, pero si no me dejas opción…
No dice nada. Gata de mierda ¡¿acaso no me teme?! ¿Tan insignificante soy? Es entendible que no confíe en mí: el amor es más difícil de ganar que el odio ¿Pero no temerme? ¡Qué falta de respeto!
Pellizco su oreja, se nota que le duele pero no dice nada, tal vez si me teme. Una actitud sumisa es normalmente parte de la aceptación. Hablará. Así que vuelvo a acariciarla.
-                      Gatita, mira que puedo ser muy bueno contigo, eso lo sabes. Siempre he sido bueno contigo, pero me pones en una situación difícil que sé que comprendes. Descansa.

La mañana llega temprano. Despierto a las seis no sé por qué. Pero ya no tengo sueño, me es imposible conciliarlo; desordeno mi cama con patadas y demás movimientos bruscos. Me canso de eso y decido levantarme a desayunar. Caliente sigue durmiendo. Prefiero no molestarla. Un yogurt con hojuelas basta por ahora, y lo tomo viendo el noticiero del dos.
La gata despierta durante la sección espectáculos, y me alegro de no tener que ver tanta estupidez. Preparo su comida y se la llevo a la cama. La acaricio un rato, dejo que coma. Ella está tranquila, come como cualquier mañana, toma un poco de agua y me ronronea.
Poso mi mano sobre su lomo y empiezo a acariciar su pelaje. Ella levanta el lomo y empieza a acariciarse con mi mano. La misma escena de todas las mañanas.
-                      Vamos caliente. Hoy es el día. Hablemos. Ambos sabemos perfectamente que puedes hacerlo, y no lo haces sólo porque no quieres.
-                      Estuve pensando en lo que dijiste – por fin – pero no es exactamente como te lo imaginas.
-                      ¡Yo no imagino nada! Tú no querías hablar.
-                      No es que no quisiera, no sabía que podía.
           

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