jueves, 5 de mayo de 2011

Cuento: Mucho más


¿Te has dado cuenta lo ridículas que se ven las flores en una mesa para dos? – dije intentando llevar por otro rumbo la conversación, luego de prolongados segundos de silencio...
- Sí, lo he notado… pero no intentes confundirme. Habla. – Se peina el cerquillo cada vez que me acerca su rostro, casi como un tic nervioso o algo semejante, no hay vez en que se me acerque confidente sin darse una inconsciente peinada, que si bien en principio me resultaba hasta sexy, terminó por hostigarme.
Puedo llegar a decir que aborrezco… odio ese incesante ademán. Es más, la odio cuando se me acerca demasiado. Sí, eso debe ser, por eso no consigo verla con tranquilidad. Me entran ganas de escupirle, de empezar a gritar en medio del café ¡No le duele por el culo! Decir sus verdades, demostrarla como lo que es: una perra.
            - ¿Sabes que cuando te conocí llegaba a parecerme bastante sexy eso que haces con tu cabello, el peinártelo cada vez que te acercas y me dejas sentir tu…
En su rostro se dibuja una sonrisa, algo pícara, algo inocente, completamente seductora. Sabe lo que hace, esta demás negarlo, es una perra en todo el sentido de la palabra. Sabe alterarme, ponerme de cabeza de una coctelera y agitarme hasta que me vomito encima. Me hace soñar con ella, esperar siempre su ausente presencia.
Juega conmigo como podría hacerlo una manipuladora natural, porque eso es, una simple manipuladora, y lo lleva en los genes como su madre. Qué hombre con algo de dignidad se quedaría en la misma casa por más de tres años... Un hombre de verdad embaraza y se larga, el problema es de la cojuda que desee proseguir con un desfogue.
Sabe lo que hace, es bastante buena haciendo que la desee.
- Lo puedo imaginar.
Perra.
De pronto suelta una estruendosa carcajada que más me parece fingida, es demasiado fuerte como para ser una risa normal. Quiere hacerme pensar que lo ha dicho en broma.
- Es una broma – dice apagando la carcajada casi en un santiamén. Un par de veces vuelve a reír, como para aparentar que realmente había estallado en risa de forma natural e inesperada -. Pero volvamos al tema. Cuando en el cuento, los terrícolas se presentan ante el psicólogo (sin saber que era psicólogo), e inmediatamente éste los considera marcianos con serios problemas mentales, para luego convencerse que el único real en el grupo era el capitán. ¿Por qué deja de lado a los demás? Yo pienso que podría ser por una visión jerárquica que quiere implementarle Bradbury a su cuento. Pero no termina de convencerme esa hipótesis.
Acá vamos de nuevo, hablando de literatura con una mujer, culta, pero mujer al fin y al cabo, y por lo mismo la tendencia a complicar los asuntos sencillos de la vida, o de la literatura en este caso, hacen realmente tedioso mantener una conversación inteligente.
Los libros, las películas, la música, y cualquier tipo de arte o ciencia que pudiera existir, se encuentran al otro lado de un enorme abismo para las mujeres. Es decir, pueden observar, aprender, memorizar, pero nunca ser parte de ese otro lado, por su propia naturaleza.
- Simplemente no pueden haber cinco locos con el mismo problema. Se nota que eres mujer.
- Eso sonó hasta de cierta manera despectivo. Pero sí. Tienes razón. No me pasó por la cabeza. – Luego de mucho volvió a notar su cigarrillo y tras darle un ligero golpecito contra el cenicero, se lo llevó a la boca para darle una larga y profunda bocanada.
- Cierto, también tengo cigarros – pienso en voz alta. Busco en el bolsillo de mi pantalón. ¡Bingo! Hay cosas que en la vida no deben faltar. Y una sonrisa se me dibuja casi de manera inconsciente.
Ella lo nota.
- Adicto – esta vez su risa es natural, desaparece en cuestión de segundos y no hace más que susurros sobre el fondo de un desconocido Jazz.
- A muy pocas cosas para serte franco.
- ¿A muy pocas cosas? – nuevamente con una sonrisa.
Se burla de mí.
- ¿Te estas burlando de mí? – mi voz llega a mis oídos casi sin querer. No quería decirlo. Pero ya está hecho. Cambio el semblante, entrecruzo las cejas, levanto los pómulos buscando que los ojos se vean más hundidos, abiertos y profundos.
No es la única que sabe algo sobre fingir emociones.
- No seas absurdo – vuelve a darle una calada a su cigarrillo -. Era solo un comentario sarcástico que no tenías porque tomar a mal. A veces exageras.
Cuando vuelve a posar el cigarrillo sobre el cenicero, me detengo a ver sus facciones. Se le ve tan natural, tan viva, como si el cigarrillo fuese una extensión de su cuerpo. Su frescura no tiene igual, y llego a sentirla sincera. Tal vez nunca me mintió. Tal vez no intentaba seducirme. Tal vez sólo quería ser una amiga.
Pero no. Qué amiga te abraza, te llama, te invita a tomar un café. Por lo menos a los días de ser presentada. Su excusa de que le caíste bien suena a chiste. En verdad manda un mensaje bastante directo: quiero que me caches. Y sí, te la cachas, y luego ella te dice que eso no debió suceder, que ella no te quiere de esa manera. Y tu piensas <<no me quieres así pero que bien me pusiste el culo>>. Pero le terminas diciendo: Bueno, tal vez sea lo mejor…
- ¿Sabes que me excitas? – nunca está demás intentar.
- Tú sabes que es una conversación que no me gusta. Pero sí, lo sé. Me lo dijiste ese día.
- Pero es un tema del que debemos hablar.
- Mira, es bastante simple, el alcohol a veces nos hace actuar como idiotas – la severidad deja notarse en su rostro.
No esperaba verla tan seria. Debe estar diciendo la verdad. Pero al mismo tiempo conoce al cien por ciento los artes de la manipulación. Y fingir un rostro severo no es para nada difícil.
- Échale la culpa al alcohol si quieres. Tú sabes muy bien que eso no es más que una triste excusa. - Me deseas, pero no quieres demostrarlo. Prefieres tenerme atrás como tu perro, por que eso eres: una perra, nada más que una perra… Espero no haber mostrado nada en mi gesticulación. A veces me pasa que me descontrolo y puedo ponerme en una situación vulnerable. Espero no haberlo hecho.
- En cualquier otro caso tendrías razón. Pero la verdad sólo fue el alcohol, y recuerda que acababa de terminar con Ismael, el tío ese de quien te hable mientras cogíamos ¿recuerdas?
Toda mentira debe guardar una estructura lógica razonable. Y sí, por supuesto que recordaba su tremenda falta de respeto. Hablarme de su ex mientras la follaba. Definitivamente fue planeado. Ella lo pensó así, necesitaría una excusa para poder mantenerme atrás, intentando volver a tenerla por el sentimiento de llegar a pensarla imposible.
Usa el psicoanálisis, es obvio. 
- Sí, lo recuerdo – contesto mientras siento como mis labios se tuercen contra mi voluntad, no se que forma adquieren, no los puedo controlar. Y no se debe al consumo de cocaína, no. Pero sí, es una reacción inevitable ante ese recuerdo.
Luego de un tenue silencio entre nosotros, exactamente entre el cambio del Jazz desconocido y Plenty more de The Squirrel Nut Zippers. Decido retomar la conversación.
- ¿Cuando unos tragos?
Ella se sonríe y mueve la cabeza hacia un lado de manera ligera. Con un fuerte suspiro asemeja un ja para volver su vista a mis ojos.
- No pienso volver a beber contigo. Me gusta charlar. Nada más.
Eso no decía tu culo perra inmunda.
- ¿Nada más?
- Nada – otra calada al cigarrillo antes de precipitarlo contra el cenicero de cristal relleno de arena que adornaba el centro de la mesa.
Recuerdo que debo prender el mío. Me lo llevo a la boca y recién al tercer intento con el encendedor puedo dar mi primera calada. Es absorbente, recorre todo mi cuerpo. Me siento mejor, más tranquilo. Ya no me incomoda tanto que sea una perra. Ya no siento tanto asco por ella.
Vuelvo a desearla. Tenerla en cuatro y penetrarla con violencia esperando ver una línea de sangre salir de su ano. Quiero qué grite, qué pida que pare, que me ruegue que lo haga más despacio. Pero yo sé que le gusta así. Yo sé que quiere que la desgarre; aunque ya no se pueda: Ya no le duele por el culo.
Me sonríe al verme con el cigarrillo.
Es como si le gustase que fume. Como si quisiera ver como me daño. Me considera miserable, un perro al que trata a su antojo por saber muy bien que no la morderá nunca.
Me cabe considerar que practicó la zoofilia alguna vez. Probablemente en su adolescencia. La imagino echada en su cama con los pantalones y las bragas tiradas en el suelo. Con algo parecido a salsa de carne esparcido sobre su sexo, mientras su perro se acerca hambriento, jadeante. Con cada lenguetazo del animal ella sonríe, manda un ligero gemido que llega a mis oídos y me despierta asqueado con ella mirándome aún sonriente. Como si no hubiesen pasado los largos segundos en su habitación.
Doy un par de caladas al cigarrillo.
- Me das asco – le digo luego de golpear con el pulgar la colilla -. Eres como... un insecto; repugnante, bizarra.
Su mirada quiere demostrar confusión.
- ¿Por qué me hablas así? ¿Sólo por que no quiero tener sexo contigo? ¿Por eso eres el monstruo que eres?  
- Sí. Probablemente – nuevamente una respuesta inesperada de mi parte, pero es cierto, no me importa realmente que otros perros le hayan hecho sexo oral, ni que la hayan penetrado caballos, ni que le haya practicado felaciones a cuanto animal enorme viera. Yo sólo quiero tener la oportunidad de destruirla por dentro. Hacerla sangrar. Volver a penetrar ese profundo y ancho agujero que es su ano.
Pero esta vez no tendré misericordia. Haré lo impensable para dañarla; a ella le gusta así, y ya empecé a disfrutarlo.
- ¿Eso es lo que quieres?
- Sí, eso es lo que quiero. Quiero reventarte el culo.
Una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. No puedo asegurar la procedencia. No se si es de verdad, si es de mentira, si es una sonrisa de mofa o si una reacción natural ante el acosos sexual.
- Está bien, pero sólo una vez más....



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