jueves, 5 de mayo de 2011

Cuento: Henry Glup


Henry Glup, blanco, 40 años, metro 75 de estatura, ojos café, cazado, corrector de estilo en una editorial dedicada a textos religiosos, básicamente católicos. Era un hombre que se conformaba con poco, nunca le intereso realmente algo “material” – sabía que tenía que comer, pero además de ciertas comodidades necesarias de las épocas, nunca ansió fortuna – que pudiese envenenar su alma. Envenenarla como podría hacerlo una araña. Las arañas… como las detestaba, siempre decía – sin que le creyesen – que los seres de 8 patas son diabólicos, que adoran al diablo y que cuando capturan una polilla o una mosca, cantan alabanzas a su señor oscuro antes de entregárselo en un ritual entomogófago, un sádico y diabólico ritual entomogófago. Henry siempre habló mal de las arañas, pero a pesar de comentar éstas costumbres arácnidas como algo completamente verídico, nunca se atrevió a explicar cómo obtuvo esa información. Nunca es ir demasiado lejos, diré mejor que muy pocas veces.
Desde pequeño Henry desarrolló un miedo terrible a las arañas. Ya desde la cuna, si una araña estaba en la habitación, el niño no paraba de llorar y casi ahogarse; señalaba con un dedo inmóvil – un dedo regordete de bebe – hacia donde se encontraba el arácnido. Sus padres no tardaron en comprender las razones de su llanto, y así cada vez que lloraba éstos iban a matar al bicho de 8 patas que se escondía tras el ropero, o en una esquina de la habitación, entre sus juguetes. Donde fuese las arañas eran sorprendidas, y pash, un periódico enrollado encima, que las destripaba causando tal alegría en el niño, que no volvía a molestar en toda la noche. Sus padres, a veces, para evitar tener que levantarse a una hora demasiado incómoda, llevaban arañas al cuarto de su hijo para matarlas ahí.
Mientras creció, Henry se dio cuenta que no debía temerle a las arañas, en parte por notar que realmente era más grande, y – algo que también tuvo mucho que ver – por el criadero de arañas que terminó convirtiéndolas en mascotas de la familia. A Henry nunca le gustó la idea, desde pequeño esos minúsculos bichos le parecieron malignos.
Henry nunca supo explicarles a sus padres que podía leer la mente de los arácnidos, y menos aún que hablaban de sacrificios en nombres de un señor oscuro y demás salvajadas que asustan a cualquier niño. Solo supo demostrar su repulsión hacia ellos, y su gran capacidad para encontrarlos y matarlos le hizo ganarse fama de exterminador entre su familia, ‹‹Mi pequeño exterminador›› decía su padre, algo parecido repetía la madre; pero ninguno se preocupó por comprender exactamente qué sucedía, solo era y ya; mientras no se metiera con la granja de arañas todo iba en paz.
Así que aproximadamente a los 6 años de vida, Henry Gump se da cuenta que las arañas no solo eran seres malignos, si no que eran sirvientes de Satanás. Lo notó luego de ir a la iglesia: el cura hablaba del infierno, y de los rituales paganos ofrecidos por lo que vendrían a ser bestias. Él vio a las arañas como esas bestias: los incondicionales del diablo. Así que su cacería cambio de rostro, ya no solo las mataba porque le caían mal, o porque le daban miedo, ahora era una búsqueda de la luz, una guerra santa, una eliminación progresiva del mal. Y Henry por una etapa de su vida que tal vez abarcó toda su infancia, fue para sus adentros un soldado del Señor, de la luz; no le dijo a nadie, se dedico a cazar arañas como un santo, las mataba donde estuviesen: tras el refrigerador, en el closet, en la vieja máquina de lavar que se oxidaba por la humedad del ambiente… no se metió nunca con la granja de sus padres, no estaba de acuerdo, le parecía riesgoso y hasta soberbio, pero siempre miró con recelo a las arañas que le juraban la muerte desde el vidrio que las protegía de sus manos.
El colegio le fue complicado, era una completa distracción saber que una mosca sería sacrificada en nombre de Satanás, y no poder moverse por miedo a cualquier tipo de represión solo frustraba a Henry – que se había jurado así mismo seguir adelante con su guerra santa –. No habló con nadie de sus poderes: sus padres le advirtieron que se quedase callado con respecto a eso, generando así un vacio en la vida de Henry, un vacio que se llama miedo, vergüenza de lo que era.
Así pasaron los años, con el secreto oculto, con bocas familiares que lo llamaban loco, y que exhalaban impresión, como un profundo ohhh, cuando éste se dirigía como robot a eliminar alguna araña escondida entre los muebles.
Henry Glup nunca se consideró loco, su constante asistir a la iglesia los fines de semana llenó su cabeza de ideas, cantidades de ideas sobre su poder y las arañas, sobre sus rituales; y cada día que escuchaba misa se sentía más comprometido con la obra de Dios, sabía que su misión en el mundo era detener a Satanás, y solo podría mediante las arañas: Dios no hace las cosas porque sí, sus poderes debían marcar su destino.
Poco a poco, la idea de una guerra santa fue desapareciendo. Las pasiones de la infancia se perdieron con los primeros amores, que ni siquiera se entienden pero ya dan dolor de cabeza. Los estudios, las tareas, en primaria y posteriormente en secundaria, lo fueron apartando del mundo religioso, poco a poco fue convirtiéndose en un agnóstico muy confundido.
Cuando salió del colegio postuló a la carrera de psicología. Aquí no paró de impresionar a sus compañeros con su gran capacidad para matar bichos, en especial arañas. Mientras más y más estudió, fue notando que lo que sucedía con los arácnidos no era simplemente un ritual religioso para evocar al diablo, si no todo lo contrario, solo una forma de hacer sentir fuertes a las insignificantes criaturas de 8 patas, que no solo se enfrentaban contra seres de sus proporciones, sino también contra los gigantes que los aplastaban con papel.
Durante los 5 años de carrera, maquinó su tesis, hablaría de lo que más sabía, psicología arácnida. Pero a su vez tomaba en cuenta que nadie sabía, ni sabría sobre sus poderes. Si la vida le había enseñado algo a Henry Glup, era que hay cosas que es mejor callarse, hay detalles de uno mismo que el mundo no debe conocer, y no por ser perniciosos para alguien ni nada de eso, simplemente no lo entenderían, y cuando el hombre no entiende algo, puede convertirse en el imprudente más grande del universo.
Fue durante sus estudios que conoció a Diana, una chica trigueña, un poco menor que él, de facciones estilizadas, cabello negro azabache, unos increíbles ojos café que lo golpearon, lo hicieron olvidar a todos sus antiguos amoríos, que nunca llegaron a nada. Pero esta vez sería distinto, esta vez tendría más cuidado con sus palabras, no se delataría con tanta facilidad.
Y fue así como consiguió un matrimonio, fue así como su vida fue tornándose cada día más infeliz, y fue sintiéndose más y más frustrado, con gusanos en forma de secreto que carcomían su estómago. Nunca se entendió con su mujer, la paranoia lo ganaba, sentía que ella también ocultaba algo. Ella por su parte no entendía como Henry era capaz de encontrar arañas en los rincones más extraños, y la preocupaba, casi la aterrorizaba el placer que empleaba para matarlas. Prácticamente todas las discusiones fueron por ese lado, desde que se mudaron juntos no pararon de discutir; pero eso en un principio no pareció relevante, la carrera de Henry, que tuvo que terminar por curso y no por tesis – por obvias razones – lo llevo a trabajar para una empresa en la sección de recursos humanos, y por su parte Diana encontró trabajo en una clínica cerca de casa, logrando así la ansiada estabilidad económica de cualquier pareja joven.
Esas discusiones no eran nada, no al principio; pero luego de años sospechando un secreto, se termina por confirmar su existencia. Así, Diana, con el pasar del tiempo nota que realmente su marido le oculta algo; no es solo su carácter, ni sus momentos de más introspección; él oculta algo. Y sus intentonas por descubrirlo terminan debilitando peligrosamente la relación, al grado que ambos visitaron a distintos abogados. A pesar de todo se mantuvieron juntos, estaban acostumbrados, y realmente sabían que no podrían encontrar a nadie más, no siendo como eran.
Diana se caracterizo siempre por un carácter fuerte y posesivo, que encajaba perfecto con el tímido Henry. Ambos, fuera de su relación no eran más que animales vagando por una tundra helada, abandonados, solos. Porque solo seres parecidos se encuentran, por eso sabían que no podrían alejarse.
Henry, luego de vivir una vida llena de frustración y aracnisidio, luego de haber renunciado a dios en su adolescencia y convertirse en positivista durante la universidad, vuelve a la religión buscando cobijo, buscando sentirse acompañado nuevamente, no solo por un cuerpo del que sabe que no se puede alejar.
No puede abandonar su vida, pero sí ciertas cosas. Se dirige a su puesto en recursos humanos y renuncia diciéndole imbesil al superior inmediato.
Su mujer lo requinta pero sin ira, es algo que él podría hacer, aunque nunca lo había hecho ni mencionado con anterioridad. Esto molesta a Henry; él esperaba verla furiosa, esperaba que le gritase y así empezar una verdadera discusión. Luego de pocas palabras de su mujer, Henry sale de casa diciendo:
-          Hay una atrás del refrigerador, está mirando tu cuello.
El golpe de la madera llega hasta los oídos de Diana quien permanece inmóvil, intentando interpretar sus últimas palabras ‹‹está mirando tu cuello››…
Henry caminó ese día, caminó buscando un mensaje, caminó leyendo la mente a las arañas que se le topaban por el camino ‹‹sangre, sangre›› por aquí, ‹‹¡te destriparé insecto, te destripare!›› por allá, y demás frases sueltas que se perdían por la velocidad a la que caminaba Henry, que se tapaba los oídos intentando no escucharlas, necesitaba tiempo para pensar.
Cuando levantó la vista – luego de un pequeño ataque de nervios – se topo con la razón de todo; era un mensaje divino, no había otra  explicación. Un cartel tenía impreso lo siguiente: ‹‹Se busca corrector de estilo para textos religiosos››. Un mensaje…
Apuntó la dirección, y se dirigió con bastante prisa, preocupado porque alguien le ganase el puesto. No estaba lejos, pero tomo un taxi para evitar escuchar de nuevo a los arácnidos.
Llegó en cuestión de minutos, era una casa común, de color blanco, con ventanas como ojos, y una puerta-boca que lo recibió sin una sonrisa.
‹‹…oh, señor oscuro, yo tu fiel devoto, te entrego esta polilla, empezaré abriéndole el estomago para que poseas mi cuerpo y comamos juntos sus vísceras, luego…››
-          ¿Cómo está? – Henry se distrae. – ¿busca algo en especifico?
-          Trabajo, de corrector de estilo para textos religiosos.
-          Mmm, ¿ha leído la biblia?
‹‹…has que su dolor se prologue, has que yo lo disfrute, llévate solo parte de su alma y déjame un poco, para luego poder ser digno de avanzar a tu lado…››
-          Fue mi libro favorito señor, casi lo sé de memoria, pase toda mi infancia bañándome en la palabra del Señor.
-          Que bueno hermano. ¿Tiene carrera universitaria?
-          Sí, soy psicólogo.
‹‹… llévate solo la mitad de su alma…››
-          Entonces perfecto, lo probaremos y si se desenvuelve bien, dentro de una semana estará contratado.
Henry se da la mano con el entrevistador, es un apretón fuerte, ambos se miran mientras sonríen, parece que los verdaderos devotos se reconocen de inmediato, como un adicto reconoce a otro, hay algo en los ojos, en su brillo, en los pómulos salientes que se los comen, que le cambian la mirada. Se establece tal vínculo, que Henry considera prudente matar a la criatura infernal que se oculta tras uno de los escritorios. La mata de un solo golpe con la palma abierta, llevándose también a la polilla. El entrevistador se atreve a preguntarle como supo que estaba ahí, y Henry, como en casi todos los días de su vida, miente diciendo que vio al entrar y esperó el mejor momento para matarla.
Consiguió el trabajo, no era difícil, solo debía preocuparse por leer bien. Durante la semana y aún luego, siguió aprendiendo sobre edición y corrección de estilo, se metió a talleres, también a clases como alumno libre en distintas escuelas de literatura.
Si bien su vida empezaba a agradarle más, su mujer seguía siendo un problema, siempre posesiva e histérica, una verdadera pesadilla: si algo no le parecía, por más que ella estuviese en un error notorio, llamativo, extravagante, mantenía su posición, la cual debía ser acatada para poder dormir en la cama.
Mientras más tiempo pasaba peor se sentía, incluso peor que antes, donde todo estaba “mal”, donde Dios aún no le mandaba el mensaje, y él simplemente divagaba cazando a los enemigos del mundo. Ahora sí se sentía perdido, como quien tiene un mapa del tesoro incompleto en una isla totalmente abandonada por Dios, era encontrar el camino para volver a perderse, sentirse triunfante para morir con la última explosión de sus propios cañones. ¡Que frustración!
Y así pasó el tiempo, pasaron más años, en donde Henry aguantaba, toleraba toda clase de maltratos, y seguía persiguiendo a las arañas. Aguantó y aguantó, no dijo nada, nunca se quejó con nadie; sabía que las arañas eran peores que su mujer y eso lo tranquilizaba. Eso y no tener hijos, estaba feliz de no tenerlos, no con esa mujer que significaba su frustración. Sí, eso podía agradecerle a Dios; pero todo lo demás fue en vano, todo se fue por el drenaje, desde su bendita guerra santa, hasta sus estudios de psicología arácnida, todo quedo en nada, todo fue una broma de Dios.
Pero Él compensa, jode pero compensa, y Henry lo sabía. Sabía que Dios escupe con una boca y toca jazz con la otra; así que era cuestión de que le diesen oportunidad para poder actuar, para hacer lo que debía sin pensar en sus deseos de hombre, si no en los deseos de orden que le impone Él.
Y la oportunidad llega, siempre disfrazando casualidades con destino. Henry lo entiende.
Permanece echado junto a su mujer, dándole la espalda, aparentando estar dormido. Ella exhala aire como quien duerme, no se mueve mucho pero no deja de hacerlo. Él ya no la quiere, ya está cansado de ella, pero sabe que no puede irse, sabe que todo es inútil, absolutamente todo lo que intente, sabe que volvería con ella, que no podría tolerar al mundo sin ese apoyo que se le hizo costumbre, y que a pesar de sus defectos, neurosis y rarezas, siempre estuvo a su lado.
De repente, como un regalo, escucha a una araña, que por encima de ellos baja desde la estantería de libros – no se pregunta cómo apareció ahí, pues como todos, Henry sabía que las arañas simplemente aparecen y ya –  para dirigirse hacia Diana. La escucha con claridad: ‹‹..voy por tu cuello perra, por tu cuello, te envenenaré, te atrofiaré el rostro y quedarás paralizada, te atrofiaré perra…››. Cuando está por levantarse a matarla como lo haría cualquier noche, vuelve a pensarlo y no se mueve, permanece quieto, callado, como si no hubiese notado la presencia de la araña, aún tiene tiempo para tenderle una trampa. Lo piensa, sí lo piensa, pero decide permanecer ahí, sin hacer nada, sin aplastar a una de sus enemigas de vida, solo por el afán de cobrárselas con la ayuda de Dios, de cobrárselas sin ganarse más enemigos. Luego que Diana fuese mordía, mataría a la araña, desaparecería el pequeño cuerpecito para que demoren más en encontrar el antídoto, y luego de un corto sufrimiento, Diana se pondría bien, todo volvería a la normalidad y él esperaría otra oportunidad parecida. Tal vez valdría la pena visitar a sus padres, tal vez podrían dejarlo ver a sus mascotas, y quién sabe, tal vez hasta le regalasen algunas.


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