jueves, 5 de mayo de 2011

Inconsciente justiciero


El conejo apaga su cigarrillo con violencia, lo aplasta contra el cenicero con ansias de destriparlo contra el roce del metal; parece un ser abominable, sucio, miserable, con su gabán manchado por el vómito y un nuevo vaso de wisky reposando en su pata. Mueve un poco la cabeza y escupe, no le importa dónde está, no le importa nada, ya no.
Del interior del sucio gabán saca otro cigarro, lo lleva a la boca y comienza a buscar el encendedor entre sus bolsillos. Con una sonrisa algo estúpida nota que está sobre la mesa y lo enciende.
Al primer sorbo de su wisky escucha una voz que se le hace familiar. ‹‹Maldición›› piensa, no esperaba que lo buscasen, quería estar solo, pensar, tener tiempo para tomarse un ‹‹maldito›› trago sin que lo jodieran. Pero no, a nadie le importa la individualidad de los animales, así que mandaron a su amigo, su compañero: la Tortuga Lorens. Vendría a sermonearlo, lo fastidiaría por el vaso en la mano, renegaría con el cantinero y le sacaría en cara que estaba de servicio. Se lo sacaría en cara sin nunca conseguir tantas capturas como él.
-          Charly, estamos de servicio, no puedes estar así. El capitán está teniendo sospechas y bueno… espero que no te reasignen, eres buen amigo – dice la tortuga con cierto desgano que no esperaba el conejo, parece también sentirse frustrado, como si  algo en el centro del estómago lo carcomiese, como si estuviese a punto de vomitarlo.
-          No jodas Lorens – responde el conejo, con una la voz metálica de quien tiene la garganta cagada – o te sientas o te vas, pero no vengas a sermonearme, no estoy para eso.
El rostro de Charly se contorsiona de ira, mueve el hocico de un lado para otro, haciendo bailar la curiosa mancha blanca que aún le queda.
-          Yo entiendo… - ¡Tu no entiendes nada! – increpa el conejo, que mira a la tortuga con rabia, con una línea de sulfuro que toca sus ojos y lo hace sentir necesidad de resguardarse en el caparazón. Pero no, sería mostrarse débil, y no es momento para hacerlo: el conejo necesita su ayuda;  intenta ser más fuerte, como en la competencia diaria de capturar criminales, donde llevan un conteo que involucra apuestas, egos y demás.
La tortuga permanece callada, piensa que decir, pero realmente no sabe qué. Vio las fotos; y luego de verlas puede entenderse porqué su compañero cayó en la crisis nerviosa en la que se encuentra. Las imágenes volvieron a su cabeza como un balazo: el cuerpo desollado de Caperucita, sin piel en el pecho. Era una imagen que nunca saldría de su cabeza; por suerte no todo Imagilandia pudo ver las fotos, ya que caperucita era recordada por el juicio que le llevo al Lobo Feroz, donde lo acusó de intento de violación y jerontofilia; por lo cual terminó confinado veinte años a prisión; y que a su vez fue un boom mediático tan importante, que le dio fama a la entonces joven de anchas caderas.
A todos les dolió su muerte, pero gracias a la Maga Blanca; que usó un conjuro para resguardar las fotos de los ojos comunes, además de amenazar a los medios sensacionalistas con desaparecerlos de la historia; todas las imágenes quedaron solo en el recuerdo de algunos oficiales, y los archivos clasificados de Imagilandia.
Por fin la tortuga se decide a hablar, pero es interrumpido por su colega, quien parece querer arrancar en llanto. Sus dientes de conejo le dan un semblante patético, sus orejas van cayéndose con cada sollozo que da mientras intenta controlar el ir y venir de su boca.
-                      Yo la ví – dice al fin, con la misma voz metálica de quien ya escupió sangre –, el maldito debería… estar muerto, deberíamos ir y… matarlo, vamos a matarlo. ¿Tienes la escopeta en el auto…, cierto?
-                      Si piensas matar a alguien tienes que planearlo bien. ¿Por qué no te tomas un café? Eso podría relajarte.
-                      ¡No! mierda, tu no entiendes, yo la vi…, la vi muerta, pudriéndose…, despellejada como una maldita zanahoria. Ella no se merecía eso, nadie… se merece eso.
-                      Pero tú sabes que se lo hicieron luego de muerta – ¡Aún así… es estar ahí!, con esa mierda. Nunca vi algo así en Imagilandia…, nunca lo imagine...
El conejo se pone cada vez más furioso, recuerda el cuerpo, el rostro de pasividad de la difunda; tan tranquila, sumisa… tan maltratada. Él, un conejo viejo, con harta experiencia en criminología fantástica, nunca vio nada tan aberrante; ni los trolls sodomitas, ni las arpías come huevos, tampoco la gran serpiente que pudieron capturar gracias a la tecnología que donó industrias Mac Pato, buscando reducir impuestos: cosas de orden burocrático.
El caso de Caperucita era distinto. La escena del crimen daba vueltas por su cabeza. A cada momento que pasaba ahí sentado se sentía más cerca del cadáver, buscando las huellas digitales alrededor, intentando no pisar el charco de sangre que se había endurecido por los días, aguantando el olor putrefacto de una actriz poco reconocida pero muy recordada; en donde el conejo podía ver a una de sus camadas, probablemente la mayor, despellejada de la manera más aberrante por un psicópata.  
No podía tolerarlo, no lo aguantaba, le causaba un asco tremendo, ganas de ir a marlo a tiros frente a todos, ya no importaba, seres como ese no debían existir.
Aunque el Lobo negó repetidamente su relación con este caso, era una coincidencia demasiado grande que saliera de prisión un mes antes del asesinato. Coincidencia que todos tomaron como hecho directo; ejecutando una orden de captura al instante. Además, coincidencias no ocurren en Imagilandia, ni ahí, ni en ninguna otra parte. Tenía que ver directamente, era un hecho: ella lo metió en prisión, jodió toda su vida y ahora él se vengaba, le arrancaba no solo la vida, sino también su dignidad, la reducía al grado de cosa.
A nadie le importaron sus argumentos, sería condenado a cadena perpetua, pues en Imagilandia no se practicaba la pena de muerte.
-          ¿Pero qué crees que haya hecho con la piel? – pregunta la tortuga con expresión bastante seria; aún ahora se hacen la pregunta.
-          No sé, no tengo… idea para que podría utilizar la piel, es decir…, dice servir fielmente a la Maga Blanca, y hasta el test que le hizo ella directamente… dio positivo con respecto a eso: es un fiel devoto…, pero al mismo tiempo es un desequilibrado mental…, matar y despellejar a la pobre mujer… todo un salvaje.
-          Un completo bastardo. Pero Charly, deja ya de beber, no podrás levantarte mañana y el dolor de huesos no te dejara trabajar. Me deberás dinero esté mes, hoy no te has movido, y mañana ya te llevaré unos seis arrestos de ventaja. Diremos que hoy fue un día flojo, así que no te preocupes, ve a descansar que yo termino la ronda, de regreso en la delegación digo al capitán que te sentiste mal y te dejé en casa.
-          No jodas Lorens. O me acompañas… a matar al maldito, o te largas – en un arranque que ni él mismo esperaba, Charly se decide volarle los sesos al miserable cánido. Saca el Revolver de la sobaquera, abre el tambor y lo gira, lo cierra luego confirmando que no le falta carga. Sus orejas volvieron a levantarse, su hocico sigue diciendo algo insonoro, un mensaje de vehemencia, de arranques repentinos y ganas de matar -. Dame las llaves, necesito el auto… y la escopeta.
-           Tranquilo, vamos a hablar. – Vete a la mierda.
Charly se para presuroso mientras busca un billete en su bolsillo, está seguro de que lo dejó en algún lado. La tortuga lo toma por el brazo, intentando detenerlo, repitiéndole que se tranquilice. Pero calcula mal: el conejo le estampa un puñete con la pata cerrada; una pata con años de experiencia, con el peso de varias camadas de críos bien educados, útiles a la sociedad; que tumba sobre su caparazón a la tortuga, quien guarda su cabeza por acto reflejo, dejando desprevenidos sus bolsillos, que son asaltados por su compañero de años.
Nadie en el bar dice nada, todos saben que son policías. El conejo paga en la barra dejando el vuelto, y sale directo hacia el carro donde habían agarrado por primera vez al Lobo, donde lo tuvieron esposado cuando llevaban menos de un año como pareja.
Mientras el conejo se arrepiente de no haberlo matado cuando tuvo oportunidad la primera vez, la tortuga, con un profundo dolor en el rostro, sonríe.
Sonríe porque se le hizo fácil, porque no tuvo que convencerlo de nada, no tuvo que llevarlo a extremos, ni planificar nada para que hiciera lo que tenía que hacer. Luego de tantos años, ya la tortuga se había cansado de muchas cosas. Había descubierto que estaba cansado de competir con su colega, estaba cansado de perder; y no solo por dinero, también el ego que alimentaba a un ser tan terco como el conejo, ese ego de justiciero que no ya no pudo tolerar, y que terminó odiando. Así que aprovechó la oportunidad: no le dijo. Sabía cómo estaba y no le dijo: el Lobo no mintió. Encontraron al asesino hacía unas horas; llevaba un traje de piel con tetas, y un libro de Thomas Harris.

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