jueves, 5 de mayo de 2011

Cuento: Sexo

Como la noche más oscura, sus ojos se dibujan perfectamente bajo sus pupilas cerradas por el sueño. Está tendida como muerta entre las sabanas blancas que le regalaron el día de la boda, con uno de sus pechos desnudos que es observado por mí. Una diosa desnuda en la cama, y yo sin volver a succionar sus pezones sólo por la pesadez matinal de cualquier sábado.
Se le ve tan frágil y tierna que casi temo romperla si me acerco. Su respiración pausada y monótona me acurruca a su lado, me doblo en mí para verla sin ocupar demasiado espacio, para darle libertad sobre la cama. Y la huelo, abro todo lo que puedo mis fosas nasales para sentirla. Quiero su aroma, su imagen, su tierna cavidad que deseo con desesperación al encontrarme tan lejos.
Siento que sólo puedo verla, que existe una barrera que nos diferencia del todo, y no me permite acercarme: ella duerme mientras yo mantengo la vigilia. Yo estoy donde ella no, y no tengo porqué traerla, ella llegará cuando sea apropiado, pero ahora no soy más que un espectador de un cuerpo lejano que me fuerza a relamerme los labios y acariciar mí pene.
Quiero estirar la mano y tocar uno de sus pechos pero podría despertar, prefiero simplemente verla; observar detenidamente el sube y baja de su busto, escuchar el aire salir por su boca, intentar olfatearla.
Recuerdo que dejó su trusa a un lado, la busco por debajo de las almohadas. Sigue húmeda como cuando se la quité. La huelo, la lamo por inercia, me es inevitable, me excita, su sabor no es dulce ni agrio, sabe a ella, me hace necesitarla aún más.
Siento la necesidad de traerla conmigo, invadir su espacio para satisfacerme. Y saco las sabanas de la cubren, me acerco a su vulva; su aroma me emociona, me recuerda la fuente en shangrilá; permanezco un rato con la nariz casi pegada a sus vellitos, luego me inundo en el cálido de su interior, lo exploro con la cara, siento goce, siento un placer que se experimenta pocas veces. Ella aún no despierta pero empieza a moverse. Siente mi lengua jugar con sus labios, mover de un lado para otro su clítoris.
Antes que pueda notarlo ya estoy sobre y dentro de ella, me muevo pausadamente mientras despierta. Se mueve conmigo, suelta susurros irreconocibles sazonados con una pizca de placer. Clava sus uñas en mi espalda, muerde mi pecho, me abraza con sus piernas, y me aprieta hacia ella, me obliga a ser más tosco, inmisericorde.
Y la penetro con fuerza, y más que con fuerza con furia, la contenida desde que no despertaba, desde que permanecía ahí tirada sin aprovechar los momentos que me tiene a su lado. Y la miro a los ojos mientras nos movemos casi al mismo compás. Ella empieza a gemir, lo hace por placer, sus ojos, sus gemidos e intentos de palabra lo dicen: está gozando. Y aunque no dejo de hacerlo, es ella la más entusiasta; dejó de ser mi victima para convertirse en mi cómplice.
Eyaculo al compás de sus caderas que me indican cómo y cuándo. La beso con esperanza que la próxima vez no despierte, que me deje llegar sin ella. Qué por un momento se inviertan los papeles, y sea mi juguete. Pero ya es tarde: su marido no debe tardar.

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