martes, 28 de junio de 2011

Cuento: Hermosos shows de los 70




Pocos son los grupos peruanos de música psicodélica los que se recuerda, pero tal vez uno de los más memorables sea Laghonia, originarios de Lima, y Gabriel siente que es uno de los mejores grupos de psicodelia que haya podido dar el mundo, lástima por su poca difusión… pero la música que suena cuando él entra al bar es siempre la misma, da vuelta una y otra vez a los únicos dos discos que ha podido conseguir del grupo; su amistad con el dueño del lugar le permite transportarse a los 70 por un par de horas, beber como se bebía en los 70, prender el cigarrillo de marihuana tal cual en los 70, y no falta ver como unos cuantos amigos esnifan unas líneas de coca sobre la mesa, justo como los 70. Vaya, que buena época, tal vez a eso se remiten los pensamientos de Gabriel mientras se la pasa intentando rememorar los tiempos aquellos de una vieja bohemia que ha desaparecido como la sangre sobre la brea, ya no es más la mierda clásica de los borrachos haciendo poesía o hablando de política con una perspectiva idealista, eso ha muerto como la persona que derramó esa sangre camuflada, es ridículo en estos tiempos, era consecuencia de las antiguas épocas donde todos eran más sinceros, menos avispados, más románticos y fascistas. En tiempos de democracia ya no se hace eso en los bares, y podría decirse que el típico cliché del escritor le hace falta cada vez que llega a ese bar a ver grupos de personas sin hacer nada más histriónico que conversar ebrios… que falta de… coherencia tal vez, el sentido se había perdido por completo, pero con Laghonia sonando quedaba la esperanza de volver a esas viejas épocas más cojudas y menos reales, donde todos, menos los pobres, estaban bien.
En noches como hoy, Gabriel se sienta solo a esperar que lleguen sus amigos: es sábado y prefiere no estar en casa demasiado tiempo, pues se quedaría escribiendo y no tiene ideas claras de qué hacer, así que sería una pérdida de tiempo, nutritiva, pero pese a todo no serviría de nada, así que prefiere llegar temprano, pedirse un té; hace muchos años dejó de tomar café y ni él mismo sabe a qué se debe; prender un cigarrillo, empezar a armar uno de marihuana y dejar que la música 70tera lo transporte a esa otra época tan distinta a la del reggaetón.
Ya va por la 3ra canción del disco cuando llega Roberto, lo mira con sus típicos ojos rojos antes de apretarle la mano y llamarlo por el diminutivo de su nombre, lo siguiente que enfocan esos ojos flameantes es el cigarro de marihuana ya terminado que lo espera y casi lo llama, lo mira como si fuese un regalo para él, como si en su cubierta de papel de cáñamo estuviese escrito su nombre con alguna tinta no tóxica, como si hubiese recorrido el mundo en busca de ese, su grial. Toma asiento y le pregunta cuánto tiempo lleva esperándolo, Gabriel se remite a responderle:
-          ¿Qué número de canción estamos?
Roberto ríe antes de responder.
-          Unos 20 minutos dices, bueno, que bueno que me hayas esperado con todo listo, ahora te repongo… ¿hablaste con Mauricio?
-          No, no, pero ya llegará, es una perra tardona como tú.
-          Es un viaje largo… tu comprendes.
-          Fumón.
Ambos ríen, con la risa cómplice de quien lleva años de algún tipo de hermandad.
-          Esa canción es bien ston – Dice Roberto con una sonrisa.
-          Los huevones son stonasos, es la época: hierba, ácidos, anfetas… dios sabe que más, fácil hasta Heroin.
-          Ala que demencia… pero… Oe, ¿te comentó Mauricio lo de su nueva mascota?
-          No, nada, ¿desde cuándo la tiene? Y… ¿por qué? ¿Ya no tenía un perro?
-          No sé la verdad, pero cuando me lo comentó por internet estaba bastante emocionado, me dijo que sería una sorpresa.
-          Ese huevón es mitómano, fácil lo han cachado de chiquito, una iguana se debe haber conseguido el muy bastardo y se pone a joder con que es sorpresa.
-          Dramático el pendejo.
-          Oe, ¿cómo va lo de tu publicación? – pregunta Gabriel, con una tonalidad que demuestra interés.
-          Ahí, estancada, el editor de mierda solo jode, pero igual se avanza.
-          Él mío no tanto, pero bueno, también la editorial de mierda en la que te metes, deberías hablar con Javier, él es tu hombre.
-          Sí, puede ser, pero tengo roches con él… no sé si ya sabías pero… me comí a su esposa y parece que el pendejo se enteró… y bueno, mejor no joderlo un tiempo, estoy en falta.
-          Jajajajajajajaja – la transcripción de la risa es necesaria – jajajajajajaja – Gabriel ríe desaforadamente… cuando está terminando para volver a un estado más lacónico, le dice – te pasaste de pendejo ah – y vuelve a reír sin poder parar, tanto que contagia a Roberto, que ríe tan desaforadamente como él, y empieza a lagrimear a carcajadas.
-          … Sí, me pasé de pendejo, pero la perra quería, caballero pues – aún una que otra lagrima le resbala por el rostro, se ha puesto colorado, su sonrisa no baja, y sus ojos rojos se acentúan tanto que vuelven a buscar el cigarro aún por estrenar, que los llamaban desde que fue a darle la mano a su colega.
Con un movimiento rápido, estira el brazo lo suficiente como para agarrar el cigarro y llevárselo a la boca, el encendedor que está en la mesa lo consigue con la misma pericia y prende el cigarro como el mejor fumador del mundo, dejando que se consuma lo suficiente como para que no se carbonice la primera parte, golpea y golpea, no suelta el humo, tanquea en términos más claros, y suelta el humo como solo puede hacerse en un lugar legalizado, sin los prejuicios irracionales de la sociedad, sin la masa estúpida que piensa que muchas cosas que a ellos no les gusta están mal, esos mismos canceres que piensan que si no conocen algo significa necesariamente que no existe, esos que no los dejarían en paz si no estuviesen en un establecimiento privado.
Casi a la mitad del cigarro y empezando el 2do disco de Laghonia aparece Mauricio, siempre con un cigarrillo en la mano, con el poco cabello que caracteriza a las personas calvas, y a diferencia de Gabriel y Roberto, de tez trigueña. Saluda apretando las manos de sus compañeros, y toma asiento anunciando que ya pidió una jarra de cerveza. Nota además que el cenicero ya está rebalsando y cuando llega el camarero le pide que lo limpie. No dice palabra mientras el camarero se encuentra ahí, se dedica a sacar un cigarrillo y mirar a sus colegas como esperando que le presten un encendedor. Es Gabriel quien se lo da. Prende su cigarro y observa nuevamente a sus compañeros, se percata que el camarero esté lo suficientemente lejos antes de empezar a hablar.
-          Tengo un pigmeo. – es lo primero que dice.
Sus amigos lo miran extrañados, pero alegres de que sean sus primeras palabras, definitivamente será una conversación interesante.
-          ¿Uno africano? – pregunta Roberto.
-          Sí, uno de esos los enanos negros.
Tiene que ser una broma. Así lo asumen y por eso las carcajadas dejan escucharse nuevamente en todo el recinto.
-          Es gracioso, realmente, y parece que pensara, no saben… también es violento, hay que educarlo pero no creo que sea demasiado problema, lo que sí, esta viejo, ya tendrá por lo menos unos… 20 años, que en pigmeo vendrían a ser lo mismo, son muy parecidos a los humanos, tendrían que verlo, por ahora lo tengo en una jaula acondicionada especialmente para él, hasta una rueda le he conseguido.
-          ¿Es legal tener uno de esos? – pregunta Gabriel incrédulo de haberse atrevido a formular la pregunta.
-          No, por eso tienen que ser caletas, si se acerca el mesero no hablamos de esto. Pero no se imaginan lo curioso que puede ser. Si quieren uno no es tan complicado conseguirlos, los venden por internet… al principio pensé que era una broma, pero luego de leer los comentarios y las criticas me decidí. Es casi tan peligroso como traficar droga, pero si el huevón de Kike puede hacerlo sin tener problemas, ¿por qué mierda no podría yo conseguirme mi pigmeo? Y ya está. No tienen idea… le enseñaré a cagar en el baño, a comer en plato, a no dormir desnudo, pero claro tendrá obligaciones, tiene pulgar oponible así que no me puede venir con mierdas…
-          Creí que era una broma – dice Roberto.
-          No, para nada.
-          Hablas huevadas Oe, no te pases de pendejo, ¿cómo mierda te vamos a creer que has conseguido un pigmeo?
-          ¿Quieren verlo?
-          … ya. Pero fuma. Y que termine el disco.
Mauricio toma lo que queda del cigarro, comenta que está pequeño, saca una pequeña bolsita ziplock del bolsillo de su camisa y contribuye para armar otro. Sus colegas también contribuyen. Todo parece perfecto con la música sonando en el fondo, un rock psicodélico que los proyecta y los hace esperar ver a la nueva “mascota” de su loco amigo; todo se parece tanto a los 70 que Gabriel se siente extrañamente emocionado, la marihuana está sobre la mesa, a punto de ser desmoñada por sus dedos, es casi un placer limpiar a la hierba de sus impurezas, es como un amor el que los une y lo obliga a fijarse hasta en el más mínimo detalle a la hora de deshojar y limpiar de tallos su tan adorada ganjha; la psicodelia lo transporta, lo proyecta a otra época, siente los colores distintos, siente que merece la pena que se prenda ese nuevo cigarrillo que está por hacerse, y se dedica concienzudamente a eso, perdido en sus ideas, proyectado en la música que lo hace viajar a lo más que puede llevarlo su imaginación, mientras sus dedos se encargan mágicamente de la marihuana, la limpian con la pericia inconsciente de quien se apasiona por algo.
La noche continua mientras no se termina el disco, uno y otro cigarro más salen, la conversación se va tornando más lenta, más abstracta, menos coherente, más al sumársele a la hierba el licor y como consecuencia del licor la cocaína repartida en líneas sobe la mesa de vidrio que vino a darles según ellos coherencia a la situación. Tal vez falte la bohemia a la que tanto apelan, ese cliché ridículo de que al beber y drogarse se llega a tocar temas serios, o enfocar las cosas desde mejor perspectiva… simplemente tienen una conversación de ebrios, de todo menos de seres coherentes dedicados al lado romántico de la vida: el cliché del cliché.

La casa de Mauricio esta oscura, vale decir que vive solo y dinero no le falta, menos las ganas de gastarlo en enormes mansiones en las zonas más ricas de la ciudad. Los detiene en el lobby y les explica ciertas cosas.
-          Estamos por ver lo más magnifico e increíble que puede conseguir un escritor que necesita una mascota adecuada con la cual distraerse. Recuerden que aún no está entrenado, golpea, jala y muerde. No intenten razonar a buenas y primeras con él, es más inteligente que un mono, pero no los entenderá, ni con señas ni nada, le falta entrenamiento, según dice su ficha, fue capturado de su tribu y nunca ha sido disciplinado. También les enseñaré el manual con el que viene para que tengan nociones básicas de cómo tratarlo. ¿Listos?
Y se apresura hacia la puerta de su sala, emocionado, pide no hacer ruido, ya que posiblemente el pigmeo estuviese durmiendo.
Dentro de todo, sus amigos no terminan de creerle, están convencidos que en el fondo se trata de una broma, pero tan bien llevada hasta ahora, que es inevitable sentir cierta curiosidad, la suficiente como para asumir sin conversarlo que pese a que fuese una broma bien orquestada desean llegar al final del asunto.
Mauricio abre la puerta con mucho cuidado. La oscuridad de la sala no permite ver nada adentro, pero un olor fétido los envuelve de golpe. Mauricio pide disculpas en voz muy baja y dice que probablemente se hubiese cagado. Así que haciendo el menor ruido posible se acerca al interruptor de la luz, que luego de un clic inunda toda la habitación con el resplandor cegante de una docena de fluorescentes repartidos armónicamente por todo el techo de la enorme sala, que tiene en medio, justo sobre el parqué más fino, una enorme jaula con una rueda como de hámster dentro, con un excusado y un lavamanos, un colchón de aproximadamente una plaza y un pequeño pigmeo recostado sobre éste, mirando con preocupación al grupo de extraños que a su vez lo observan absortos, confundidos,  y mandan miradas de pánico a su compañero de tantos años que vino a sorprenderlos con esta clase de “mascota”, tan típica de los 70.

jueves, 9 de junio de 2011

Agravio

¿Sabes? Llegué a sentirme realizado. Sí, reí, reí como hacía tiempo no reía. Es solo mi mente, soy consciente de eso, sé que todo es idea mía, sí, sí, lo sé, no tienes porque pensarlo por mí, ah, cuanto me conoces, me conoces embarrado por mierda, me conoces en mi forma más natural y animal. ¿Puedes creer que llegué a pensar en dejar todo “bien”?, en hablarte, en saber cómo estabas, en darte todo eso que siempre quisiste… pero no, a mi me gusta el egoísmo, me encanta como a ti te encanta. Debes comprender que esto no es más que un juego, un simple juego donde solo gano yo, y donde tú ya no existes más que como una sombra en mis calzoncillos. Podría decir que ahora te desprecio, tanto, tanto como puede despreciarse a alguien, eso no mata nada, no quita todo lo que fue, es y será siempre, es solo un extra, algo que se agrega, y que me llena de ansia de vida; despreciarte me hace bien, me reconforta. Lo que para otros podría convertirse en veneno para mí ahora representa una placidez total, esa rabia que día a día invade mi pecho me saca sonrisas, me genera erecciones, me recuerda tuyo, mía, despreciándote, llamándote por tu verdadero nombre de perra.

domingo, 5 de junio de 2011

Cuento: Asuntos de política


Rafael corre para ocultarse tras unos arbustos lo suficientemente grandes como para cubrirlo. No hace ruido, lo han visto, pero no su rostro, no le conviene seguir corriendo, terminarían por ver su rostro pese a que escape, y no, no le conviene. Espera unos minutos, lo prudente, se la ha pasado aguantando la tos que suele salirle de improviso, respirando lo más calmado que podría en su situación; pero ya ha pasado bastante, ya deben estar lejos, ya debieron largarse a buscarlo a la zona de turistas, los turistas suelen ser buenas cuartadas para las infidelidades. Por lo menos en pueblos pequeños todo se termina sabiendo, y el marido que hasta hoy no sabía, ya lo sabe pues pudo escuchar a su mujer gemir mientras era penetrada por el extraño que saltó por la ventana sin dejar sus pantalones luego de escuchar un jarrón romperse consecuencia de los nervios del marido irritado.
Saca un cigarrillo; la alegría al prenderlo no podría entenderlo nunca alguien que rechace el placer del veneno; algo como electricidad le recorre todo el cuerpo, se siente más calmado, menos ansioso, alegre, sí, alegre, todo salió bien, está sano y salvo y no vieron su rostro, la mujer no será estúpida en delatarlo, dirá que fue un gringo que la convenció luego de ofrecerle unos cientos de dólares que nunca terminó por cobrar… si el marido supiera que era su propio vecino… tal vez lo mate, o lo entregue a la ronda, y no, no quiere saber nada con la ronda, a la policía no le interesan esos temas y es por eso que todo se arreglaría entre ellos o con la ronda, así que no hay mejor suerte que poder escapar sin el menor inconveniente, ahora esperar a que el tiempo pase, el tema se olvide, y volver a meterse en la cama de la vecina. Por lo pronto había muchas más mujeres en el pueblo…
Ya confiado se dirige a casa, la noche cubre sus pasos, y lo hace invisible a los ojos de cualquiera. Puede sentir cómo un perro rebusca entre basura que alguien ha tirado junto al camino, mantiene su paso firme ya que podría tratarse de una jauría hambrienta, pasa junto al animal sin poder verlo por lo negro de la noche. Un impulso extraño lo obliga a apresurarse, siente miedo de esa oscuridad tan negra, tan deformante de la realidad, empieza a sentirse perseguido, como si un ser maligno lo siguiera estirando los brazos para apresarlo en un abrazo infernal, de sufrimiento y dolor constantes, así que saca presuroso las llaves del bolsillo y se abalanza a la puerta para abrirla y resguardarse en el interior de su casa. Se recuesta sobre la puerta luego de cerrarla, cierra los ojos para olvidar que sigue en completa oscuridad, busca tanteando el interruptor y le atina. La luz llena todos los espacios, todos los rincones, se siente seguro, siente que ya nada malo le sucederá resguardado por ese mágico y utilitario fluorescente.
Cuando se da tiempo de bajar la vista, se topa con un sobre que habían metido por debajo de su puerta. Es raro que reciba correspondencia que no sea de bancos, y no solo sobre deudas como algunos podrían imaginarse, si no sobre promociones y beneficios por ser un buen cliente. Es un emprendedor y nadie puede negárselo, mala suerte en los negocios no ha tenido, solo que al final siempre le fue mal, es una cosa de karma ha llegado a pensar, pero está demasiado viejo para cambiar algunas cosas que incluyen el karma.
La abre interesado luego de notar que se trataba de un mensaje del partido político al cual estaba adscrito:
Estimado RAFAEL…  bla, bla, bla
Nos interesa postularte como candidato a tu municipio, bla, bla, bla.
…sin más nos depedimos.
No lo esperaba, es cierto, quien esperaría algo semejante, probablemente no hubiese más personas del partido con algo de dinero en la zona y es por eso que lo eligieron. Lo que haya sido lo pone contento, es un magnífico día. Un día en el que casi lo descubren pero no, salió bien librado, seguro de que no lo vieron, y esa era una doble victoria, la doble emoción gratuita, y ya era bastante. Pero esto… esto es algo que realmente lo saca de cuadro y lo hace pensar que todo está a punto de cambiar para él, que su karma se arreglará mágicamente luego de años de obstinación por medir a su manera y solo a su manera, casi se siente invencible, todo en su vida lo ha llevado a ese momento, a liderar a su pueblo, y mejor aún, ser él quien decida, quien haga y deshaga – realmente sabe poco de gestión pública, pero ese no es el tema – Rafael se siente como un rey, siente que puede hacerlo todo, y camina cansado hacia su habitación para darse el merecido descanso luego de semejante noche.
Tres golpes con los nudillos son los que se escuchan en la puerta, Rafael siente un relámpago helado que recorre su cuerpo, su corazón se acelera, empieza a respirar con violencia, está asustado, debe ser el marido, sí, debe ser el marido, lo debe haber seguido, ahora está perdido, se peleará, mandará al diablo su posibilidad de convertirse en alcalde y probablemente lo denunciara con la ronda, y ahí sí estaba jodido. Busca con velocidad un cuchillo, toma uno que se encuentra sobre la mesa del comedor y se dirige hacia la puerta, oculta el cuchillo tras suyo, sujeto por el cinturón. Antes de abrir pregunta:
-          ¿Quién?
-          Del partido. Necesito preguntarle algunas cosas para su postulación.
El alivio recorre su cuerpo, sonríe, nuevamente se siente todo poderoso, aún así hay algo, algo que lo preocupa, algo que hiela su sangre, pero debe ser solo su paranoia, el susto no se pasa tan pronto, necesita relajarse y para eso preparará un té que posiblemente compartirá con el enviado del partido.
El muchacho es alto y simpático, no tan joven, pero por lo menos 10 años menor que Rafael que ya bordea los 45. Su acento no parece de la zona, y está bien vestido, sin ninguna señal que lo identifique con el partido. Rafael lo hace pasar y le ofrece una taza de té que el extraño no rechaza. Mientras calienta el agua, se presenta con el nombre de Pedro Ruiz, enviado por el Partido para explicarle la estrategia a seguir, y para darle la asesoría necesaria cuando la requiera, le informa que será su nuevo vecino a solo unas casas, menos de 200 metros, y que estará para ayudarlo mientras represente al partido.
-          Vaya, todo ha sido tan de repente.
-          Lo sé, estas cosas son así, eso de democracia interna son estupideces y creo que ambos lo sabemos.
-          Sí, esto lo confirma, ¿y en que me ayudara?
-          Te haré ganar, y sin que inviertas demasiado.
-          Tengo las de ganar, eso lo sé, soy muy conocido por estos lares…
-          Corren rumores de que te acuestas con tu vecina, eso podría perjudicar tu elección, así que no seas prepotente. Ah, y debes dejar de follarla, por lo menos hasta que seas alcalde.
-          Pero como sabes…
En el rostro de Pedro se dibuja una sonrisa maliciosa que Rafael toma como un signo de completa seguridad, siente que a Pedro no puede pasarle nada, que sabe perfectamente lo que está haciendo, y que probablemente ya conozca toda su vida y hasta la de su familia. Tiene que estar preparado para ayudarlo y es por eso que no lo perturba tanto la idea que sus secretos más íntimos los hable tan sueltamente un perfecto desconocido.
-          ¿Hace cuanto me investigas?
-          No quieres saberlo. La cuestión es que necesitamos dos mil dólares para ganar, nada más, es un pueblo pequeño pero no minúsculo, 3 mil personas es una suma razonable y hay que inyectar siquiera un poco de fondos en una estrategia infalible.
-          Cómo es eso… espera, más lento, estrategia? ¿Cuál estrategia?
-          Te sonará gracioso, pero es bastante simple. Compramos 2 mil pares de botas, regalamos una y prometes regalar la otra cuando ganes la elección.
Realmente no le causó la menor gracia, lo vio como lo más lógico del mundo. La mayoría de los habitantes no son más que peones que ganan entre 10 y 15 soles al día, un par de botas nuevas podría significar un voto, estarían atados, ellos necesitan las botas, y no les daría el par hasta que ellos primero le dieran su elección. Era realmente genial, la mejor estrategia que había escuchado en su vida, y con ella definitivamente ganaría; supo que Pedro era un gran hombre desde que lo vio sonreír.

Un ligero olor que Rafael no termina de reconocer se ha impregnado en su casa, probablemente una rata haya muerto escondida dentro de algún muro y está apestando, prende un cigarrillo para atenuarlo mientras va a prepararse una taza de té e ir a buscar el desayuno. Nota con curiosidad que todas sus tazas tienen una mancha de labios color amarillo impregnada. No recordaba que la coca dejara esa clase de huellas en los utensilios, se entiende el color verde, pero nunca ese amarillo tan extraño y difícil de sacar. Una vez limpio todo, sale de la casa y se dirige a donde señora que vende desayunos en el mercado. Con aún más curiosidad se topa con un enorme banner con su rostro y el símbolo del Partido anunciando su candidatura. Las elecciones serían en 3 meses, y esa foto sonriente no recordaba habérsela tomado nunca. A Rafael solo le queda reconocer que los partidos políticos tienen sus medios para hacer lo que quieran, y están preparados para cualquier coyuntura: como la que el aceptara la confrontación edil.
Luego de pedir un par de panes con queso además de un vaso de quinua y cuando se disponía a ir por el tercer y cuarto pan y el segundo vaso quinua, Pedro Ruiz le toca el hombro y le dice que tiene que seguirlo. Rafael paga precipitado y camina acelerando el paso para alcanzar a Pedro que ya se estaba alejando.
-          ¿Por qué la prisa?
-          No me gustan esos lugares, demasiada gente, y necesitaba encontrarte.
-          ¿Qué pasa?
-          Tengo que irme por un tiempo, he dejado todo lo que necesitas en publicidad en tu casa, forma un equipo, consigue gente, promete lo que sea, puestos, dinero, tierras, negocios, lo que fuese. Dos semanas antes de la elección regresaré con las botas, luego te serán cobradas. El cierre de campaña será anunciando el regalo, quedan unos días para que más personas vayan a tu local a recoger su bota y te asegures más votos. Pero nadie debe enterarse ¿entiendes?, esto es un secreto, es una estrategia que no puede ser divulgada.
-          No te preocupes, yo me encargo que todo salga como debe.
-          Ahora tengo que irme. Sigue mis instrucciones.
-          Adiós...
Rafael ve como Pedro se aleja bañado por el fuerte sol que resalta en su oscuro vestir, camina con una seguridad que asusta, parece el ser más poderoso del mundo, el más seguro. El próximo alcalde prende un cigarrillo y siente, por primera vez desde la noche anterior una sensación que casi había olvidado sin querer. El miedo helado que lo recorría desaparece luego de horas, y vuelve a sentirse humano, vivo, en paz.

El cronograma que Pedro dejó era bastante específico y fue seguido al pie de la letra. Los discursos también estaban planeados, tenían espacios para que los rellenase con lo que le parezca y una serie de pruebas agraviantes contra sus adversarios guardadas en sobres identificados como clasificados. Todo lo había dejado preparado para que Rafael tuviese una elección simple donde ganara por mayoría. Era cosa de suerte, estaba cada vez más y más convencido, no es pura casualidad, su karma había cambiado, no volvió a meterse con la mujer del vecino como le especificó Pedro, y realmente nunca se enteró que esos comentarios estuviesen rondando el pueblo. Pese a todo debía mantenerse calmado, estaba en plena elección y cualquier error – y se lo decía Pedro en una carta – le costaría la postulación y el Partido también sabría cobrarlo.
Llegó la fecha de su arribo y Pedro, como por arte de magia, se encontró en el pueblo a primera hora de la mañana, con el cantar del gallo Pedro golpea a la puerta de Rafael que aún dormía plácidamente luego de haber bebido dos botellas de cañazo celebrando el arribo de su amigo que no veía hace tanto. Rafael abre la puerta casi cayéndose del sueño, a Pedro no le hace gracia verlo así, se limita a decirle que se instalará en la casa que ya le había mencionado y que ahí tiene las botas, también le dice que él llevará el conteo ya que el Partido es celoso con su dinero y no espera gastarlo en vano. Así se establece que el centro de entrega de botas se hará en la casa adquirida por el Partido y ahora habitada por Pedro.
Cuando Rafael sale de casa puede notar que en la casa de Pedro se está instalando una especie de mesa con el símbolo del Partido, prefiere no acercarse, será el próximo alcalde y aún se encuentra ebrio, mejor ir a comer algo para que se le pase la embriagues. Mientras camina hacia el mercado empieza a ponerse nervioso, como si algo malo estuviese a punto de pasar, lo relaciona con un hígado desecho luego de interminables noches de caña, pero es algo más, no solo las nauseas que pueden venirle de vez en cuando, es un nerviosismo que siente se impregna en sus huesos, es como si algo en su cuerpo se activara y le generara una sensación helada, que poco a poco empieza a formar parte de sí, no se va, no se va cuando come, ni cuando se despide, ni cuando vuelve a casa, ni al acercarse a la nueva oficina del partido ubicada a 200 metros de su casa, donde está todo empapelado con su rostro sonriente, bastante distinto a lo que pudo ver en la mañana luego de peinarse y acicalarse lo mejor posible, luego de probar una y otra vez su sonrisa a ver si conseguía repetirla pero nada; ha llegado a pensar que la foto está trucada. Pedro dirige a un grupo de jóvenes, altos y fornidos, más parecen sus guardias que otra cosa, todos saludan a Rafael con una sonrisa que lo hace pensar que se encuentra entre sus enemigos más íntimos. Es invitado a pasar y tomar una taza de té como compensación por lo de aquella noche.
La casa lo congela, así de simple, la sensación gélida de hacía horas se acentúa gravemente, su sala tiene algo que lo llena de terror y no es la ausencia de todo lo que no sean sofás, si no es algo en el ambiente, en el olor tenue pero penetrante de algo que ya ha olido antes pero que no consigue reconocer. Debe admitir que pese a todo el té sabe mejor que nunca. Pedro le explica que debe ser paciente hasta el mitin, ese será su gran cierre. Tienen una conversación serena, como si amigos de años se encontraran, se hacen bromas, mencionan a las mujeres que desvirgarán cuando todo haya terminado, la posibilidad de tener niñas de 15 años, de hacer y deshacer. Se imaginan de todo, su Sodoma lo llama Pedro, Rafael ríe, ríe y ríe.

El día del mitin todo sale como se había planeado: el discurso pensado por Pedro y consignado entre el montón de discursos que le dejó para lo largo de la campaña dio vueltas como siempre sobre la demagogia y la agresión a sus contendores, y antes de terminar se da el anuncio de las botas, se invita a todos a ir hacia la casa de Pedro Ruiz a recoger la primera parte de su regalo. Queda la condición de que si pierde la elección la bota se queda sin pareja. Todos empiezan a pasarse la voz, al cabo de unas horas de terminado el discurso y ya de madrugada, una enorme cola de cientos de personas esperan pacientes su turno para recoger la bota que tanto les hacía falta.
Pare evitar cualquier fraude, y no entregar las botas más de una vez, Pedro hizo una lista de todos los pobladores que consignaba en un cuadernillo, con un texto delantero que explica el compromiso de no reclamar la otra bota en caso que Rafael perdiera, o por lo menos eso ha asegurado, a nadie le importa realmente, solo quieren su bota, y nadie se tomará el tiempo de leer detenidamente lo que firman.
Mientras más entra la noche más personas llegan a formar la cola, todos alegres, como en una fiesta, a la vez que la oscuridad de la noche va volviéndose más y más negra con cada persona que llega para incorporarse a esa extremidad de humanos que sale desde la casa a 200 metros de donde se encuentra Rafael, mirando por la ventana a oscuras, resguardado tras sus muros. Tiene que esforzarse mucho para verlos, solo se ven las luces del local donde se entregan las botas, pero toda la línea de gente está sumida en la oscuridad, una oscuridad negra y mutante, una oscuridad que confunde a los ojos más ávidos, que engaña al más hábil de los cazadores, una oscuridad que hace a Rafael ver pequeños diablillos regocijándose de alegría, ver ojos hundidos por la miseria, ojos de dolor alegre, infernales, desalmados, bailando por aquí y allá, jugueteando, alegres por su bota.