martes, 28 de junio de 2011

Cuento: Hermosos shows de los 70




Pocos son los grupos peruanos de música psicodélica los que se recuerda, pero tal vez uno de los más memorables sea Laghonia, originarios de Lima, y Gabriel siente que es uno de los mejores grupos de psicodelia que haya podido dar el mundo, lástima por su poca difusión… pero la música que suena cuando él entra al bar es siempre la misma, da vuelta una y otra vez a los únicos dos discos que ha podido conseguir del grupo; su amistad con el dueño del lugar le permite transportarse a los 70 por un par de horas, beber como se bebía en los 70, prender el cigarrillo de marihuana tal cual en los 70, y no falta ver como unos cuantos amigos esnifan unas líneas de coca sobre la mesa, justo como los 70. Vaya, que buena época, tal vez a eso se remiten los pensamientos de Gabriel mientras se la pasa intentando rememorar los tiempos aquellos de una vieja bohemia que ha desaparecido como la sangre sobre la brea, ya no es más la mierda clásica de los borrachos haciendo poesía o hablando de política con una perspectiva idealista, eso ha muerto como la persona que derramó esa sangre camuflada, es ridículo en estos tiempos, era consecuencia de las antiguas épocas donde todos eran más sinceros, menos avispados, más románticos y fascistas. En tiempos de democracia ya no se hace eso en los bares, y podría decirse que el típico cliché del escritor le hace falta cada vez que llega a ese bar a ver grupos de personas sin hacer nada más histriónico que conversar ebrios… que falta de… coherencia tal vez, el sentido se había perdido por completo, pero con Laghonia sonando quedaba la esperanza de volver a esas viejas épocas más cojudas y menos reales, donde todos, menos los pobres, estaban bien.
En noches como hoy, Gabriel se sienta solo a esperar que lleguen sus amigos: es sábado y prefiere no estar en casa demasiado tiempo, pues se quedaría escribiendo y no tiene ideas claras de qué hacer, así que sería una pérdida de tiempo, nutritiva, pero pese a todo no serviría de nada, así que prefiere llegar temprano, pedirse un té; hace muchos años dejó de tomar café y ni él mismo sabe a qué se debe; prender un cigarrillo, empezar a armar uno de marihuana y dejar que la música 70tera lo transporte a esa otra época tan distinta a la del reggaetón.
Ya va por la 3ra canción del disco cuando llega Roberto, lo mira con sus típicos ojos rojos antes de apretarle la mano y llamarlo por el diminutivo de su nombre, lo siguiente que enfocan esos ojos flameantes es el cigarro de marihuana ya terminado que lo espera y casi lo llama, lo mira como si fuese un regalo para él, como si en su cubierta de papel de cáñamo estuviese escrito su nombre con alguna tinta no tóxica, como si hubiese recorrido el mundo en busca de ese, su grial. Toma asiento y le pregunta cuánto tiempo lleva esperándolo, Gabriel se remite a responderle:
-          ¿Qué número de canción estamos?
Roberto ríe antes de responder.
-          Unos 20 minutos dices, bueno, que bueno que me hayas esperado con todo listo, ahora te repongo… ¿hablaste con Mauricio?
-          No, no, pero ya llegará, es una perra tardona como tú.
-          Es un viaje largo… tu comprendes.
-          Fumón.
Ambos ríen, con la risa cómplice de quien lleva años de algún tipo de hermandad.
-          Esa canción es bien ston – Dice Roberto con una sonrisa.
-          Los huevones son stonasos, es la época: hierba, ácidos, anfetas… dios sabe que más, fácil hasta Heroin.
-          Ala que demencia… pero… Oe, ¿te comentó Mauricio lo de su nueva mascota?
-          No, nada, ¿desde cuándo la tiene? Y… ¿por qué? ¿Ya no tenía un perro?
-          No sé la verdad, pero cuando me lo comentó por internet estaba bastante emocionado, me dijo que sería una sorpresa.
-          Ese huevón es mitómano, fácil lo han cachado de chiquito, una iguana se debe haber conseguido el muy bastardo y se pone a joder con que es sorpresa.
-          Dramático el pendejo.
-          Oe, ¿cómo va lo de tu publicación? – pregunta Gabriel, con una tonalidad que demuestra interés.
-          Ahí, estancada, el editor de mierda solo jode, pero igual se avanza.
-          Él mío no tanto, pero bueno, también la editorial de mierda en la que te metes, deberías hablar con Javier, él es tu hombre.
-          Sí, puede ser, pero tengo roches con él… no sé si ya sabías pero… me comí a su esposa y parece que el pendejo se enteró… y bueno, mejor no joderlo un tiempo, estoy en falta.
-          Jajajajajajajaja – la transcripción de la risa es necesaria – jajajajajajaja – Gabriel ríe desaforadamente… cuando está terminando para volver a un estado más lacónico, le dice – te pasaste de pendejo ah – y vuelve a reír sin poder parar, tanto que contagia a Roberto, que ríe tan desaforadamente como él, y empieza a lagrimear a carcajadas.
-          … Sí, me pasé de pendejo, pero la perra quería, caballero pues – aún una que otra lagrima le resbala por el rostro, se ha puesto colorado, su sonrisa no baja, y sus ojos rojos se acentúan tanto que vuelven a buscar el cigarro aún por estrenar, que los llamaban desde que fue a darle la mano a su colega.
Con un movimiento rápido, estira el brazo lo suficiente como para agarrar el cigarro y llevárselo a la boca, el encendedor que está en la mesa lo consigue con la misma pericia y prende el cigarro como el mejor fumador del mundo, dejando que se consuma lo suficiente como para que no se carbonice la primera parte, golpea y golpea, no suelta el humo, tanquea en términos más claros, y suelta el humo como solo puede hacerse en un lugar legalizado, sin los prejuicios irracionales de la sociedad, sin la masa estúpida que piensa que muchas cosas que a ellos no les gusta están mal, esos mismos canceres que piensan que si no conocen algo significa necesariamente que no existe, esos que no los dejarían en paz si no estuviesen en un establecimiento privado.
Casi a la mitad del cigarro y empezando el 2do disco de Laghonia aparece Mauricio, siempre con un cigarrillo en la mano, con el poco cabello que caracteriza a las personas calvas, y a diferencia de Gabriel y Roberto, de tez trigueña. Saluda apretando las manos de sus compañeros, y toma asiento anunciando que ya pidió una jarra de cerveza. Nota además que el cenicero ya está rebalsando y cuando llega el camarero le pide que lo limpie. No dice palabra mientras el camarero se encuentra ahí, se dedica a sacar un cigarrillo y mirar a sus colegas como esperando que le presten un encendedor. Es Gabriel quien se lo da. Prende su cigarro y observa nuevamente a sus compañeros, se percata que el camarero esté lo suficientemente lejos antes de empezar a hablar.
-          Tengo un pigmeo. – es lo primero que dice.
Sus amigos lo miran extrañados, pero alegres de que sean sus primeras palabras, definitivamente será una conversación interesante.
-          ¿Uno africano? – pregunta Roberto.
-          Sí, uno de esos los enanos negros.
Tiene que ser una broma. Así lo asumen y por eso las carcajadas dejan escucharse nuevamente en todo el recinto.
-          Es gracioso, realmente, y parece que pensara, no saben… también es violento, hay que educarlo pero no creo que sea demasiado problema, lo que sí, esta viejo, ya tendrá por lo menos unos… 20 años, que en pigmeo vendrían a ser lo mismo, son muy parecidos a los humanos, tendrían que verlo, por ahora lo tengo en una jaula acondicionada especialmente para él, hasta una rueda le he conseguido.
-          ¿Es legal tener uno de esos? – pregunta Gabriel incrédulo de haberse atrevido a formular la pregunta.
-          No, por eso tienen que ser caletas, si se acerca el mesero no hablamos de esto. Pero no se imaginan lo curioso que puede ser. Si quieren uno no es tan complicado conseguirlos, los venden por internet… al principio pensé que era una broma, pero luego de leer los comentarios y las criticas me decidí. Es casi tan peligroso como traficar droga, pero si el huevón de Kike puede hacerlo sin tener problemas, ¿por qué mierda no podría yo conseguirme mi pigmeo? Y ya está. No tienen idea… le enseñaré a cagar en el baño, a comer en plato, a no dormir desnudo, pero claro tendrá obligaciones, tiene pulgar oponible así que no me puede venir con mierdas…
-          Creí que era una broma – dice Roberto.
-          No, para nada.
-          Hablas huevadas Oe, no te pases de pendejo, ¿cómo mierda te vamos a creer que has conseguido un pigmeo?
-          ¿Quieren verlo?
-          … ya. Pero fuma. Y que termine el disco.
Mauricio toma lo que queda del cigarro, comenta que está pequeño, saca una pequeña bolsita ziplock del bolsillo de su camisa y contribuye para armar otro. Sus colegas también contribuyen. Todo parece perfecto con la música sonando en el fondo, un rock psicodélico que los proyecta y los hace esperar ver a la nueva “mascota” de su loco amigo; todo se parece tanto a los 70 que Gabriel se siente extrañamente emocionado, la marihuana está sobre la mesa, a punto de ser desmoñada por sus dedos, es casi un placer limpiar a la hierba de sus impurezas, es como un amor el que los une y lo obliga a fijarse hasta en el más mínimo detalle a la hora de deshojar y limpiar de tallos su tan adorada ganjha; la psicodelia lo transporta, lo proyecta a otra época, siente los colores distintos, siente que merece la pena que se prenda ese nuevo cigarrillo que está por hacerse, y se dedica concienzudamente a eso, perdido en sus ideas, proyectado en la música que lo hace viajar a lo más que puede llevarlo su imaginación, mientras sus dedos se encargan mágicamente de la marihuana, la limpian con la pericia inconsciente de quien se apasiona por algo.
La noche continua mientras no se termina el disco, uno y otro cigarro más salen, la conversación se va tornando más lenta, más abstracta, menos coherente, más al sumársele a la hierba el licor y como consecuencia del licor la cocaína repartida en líneas sobe la mesa de vidrio que vino a darles según ellos coherencia a la situación. Tal vez falte la bohemia a la que tanto apelan, ese cliché ridículo de que al beber y drogarse se llega a tocar temas serios, o enfocar las cosas desde mejor perspectiva… simplemente tienen una conversación de ebrios, de todo menos de seres coherentes dedicados al lado romántico de la vida: el cliché del cliché.

La casa de Mauricio esta oscura, vale decir que vive solo y dinero no le falta, menos las ganas de gastarlo en enormes mansiones en las zonas más ricas de la ciudad. Los detiene en el lobby y les explica ciertas cosas.
-          Estamos por ver lo más magnifico e increíble que puede conseguir un escritor que necesita una mascota adecuada con la cual distraerse. Recuerden que aún no está entrenado, golpea, jala y muerde. No intenten razonar a buenas y primeras con él, es más inteligente que un mono, pero no los entenderá, ni con señas ni nada, le falta entrenamiento, según dice su ficha, fue capturado de su tribu y nunca ha sido disciplinado. También les enseñaré el manual con el que viene para que tengan nociones básicas de cómo tratarlo. ¿Listos?
Y se apresura hacia la puerta de su sala, emocionado, pide no hacer ruido, ya que posiblemente el pigmeo estuviese durmiendo.
Dentro de todo, sus amigos no terminan de creerle, están convencidos que en el fondo se trata de una broma, pero tan bien llevada hasta ahora, que es inevitable sentir cierta curiosidad, la suficiente como para asumir sin conversarlo que pese a que fuese una broma bien orquestada desean llegar al final del asunto.
Mauricio abre la puerta con mucho cuidado. La oscuridad de la sala no permite ver nada adentro, pero un olor fétido los envuelve de golpe. Mauricio pide disculpas en voz muy baja y dice que probablemente se hubiese cagado. Así que haciendo el menor ruido posible se acerca al interruptor de la luz, que luego de un clic inunda toda la habitación con el resplandor cegante de una docena de fluorescentes repartidos armónicamente por todo el techo de la enorme sala, que tiene en medio, justo sobre el parqué más fino, una enorme jaula con una rueda como de hámster dentro, con un excusado y un lavamanos, un colchón de aproximadamente una plaza y un pequeño pigmeo recostado sobre éste, mirando con preocupación al grupo de extraños que a su vez lo observan absortos, confundidos,  y mandan miradas de pánico a su compañero de tantos años que vino a sorprenderlos con esta clase de “mascota”, tan típica de los 70.

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