lunes, 4 de julio de 2011

Cuento: Rebelión



Maldito racionalismo
 tú y tus ganas de negar.
Para el negro de G.C. Porque me lo pidió.


Es a sus 16 años que decide salir de casa, equipado solo con la mochila que le quedaba de su instrucción en el Leoncio Prado; ni buena, ni mala época, solo una más en la vida… la vida, se reduce a tanto que es imposible entenderla del todo, y en este viaje él espera entender más de sí mismo, de su relación con el mundo y su existencia. Quiere entender porqué existe, porqué le permitieron vivir sin explicarle los motivos de ese vació que pese a todos los esfuerzos de la familia no puede ser llenado sin el padre. Es a su padre a quien irá a buscar, se encaminara por senderos desconocidos en busca de esa figura que alguna vez salió a comprar dios sabe qué y nunca regresó, pero es historia vieja, trillada. Todo tiene razones, y faltarían páginas de una vida entera para entender la relación con su familia, constituida básicamente por mujeres. En gran parte se debe a la relación que lleva con su madre por lo que decide a salir en busca de quien dio el esperma para que fuese concebido.

Tendría que recorrer casi la mitad del Perú solo, pero no le importa, está, podría decirse que, decidido, aunque a su edad nadie está completamente seguro de nada, es un impulso más grande que sus propios deseos lo que lo llevaba a tal convicción y entusiasmo.

Para sobrevivir de provincia en provincia consigue trabajos ocasionales, se acostumbra a trabajar para vivir y seguir viajando, así consigue avanzar y avanzar, camino a Bolivia: su destino, donde su padre, aislado en un pueblo alejado, ofrecía – por lo menos hasta hace unos años –  sus conocimientos de curandero a la población. Él pudo enterarse de todo gracias a su madre, y si no fuese por ella nunca hubiese decidido enrumbarse en esta búsqueda. Así que con los nervios destrozados y la información necesaria, decidió embarcarse en la que según él constituirá la experiencia más importante de su vida.

Debo hacer un apéndice al relato para hablar del padre, es necesario explicar un poco de su vida para que puedan comprender mis líneas. Lo llamaremos Miguel, y al hijo, que tal… Julio, bien, ahora, Miguel siempre fue un hombre dedicado al estudio y al pensamiento, un serrano de estirpe que devoraba cuanto libro llegaba a sus manos, y de adolescente consiguió publicar su primer libro de cuentos, luego ingresó a la universidad, para seguir una carrera de humanidades. Era la época de la expansión del comunismo en el mundo, ese tiempo en que la revolución Cubana aún parecía un hermoso sueño realizado, cuando los franceses le enseñaban al mundo los métodos de tortura para conseguir información y luchar contra las posibles revoluciones. Época de dictaduras militares, época de un mundo desarrollado prepotente con las naciones débiles, y donde el comunismo era un hermoso sueño que eclipsaba la visión de los intelectuales. Ser intelectual era ser comunista, y ser comunista en una sociedad oprimida por tiranos significaba tomar las armas, y él no era más que un pensador de la época, un idealista atrapado por sus propios mitos sobre el mundo. Escribió y ayudo con la organización de movimientos de izquierda radicales, pensó y pensó y encontró y no paró de encontrar nuevas y hermosas realidades comunistas, y luego viajó, viajó y viajó como un miembro del partido, un miembro importante por sus ideas y su capacidades, hizo merito siempre y por eso era respetado entre el circulo de intelectuales. Llegó a Europa, e igual que en su tierra, pudo ganarse la amistad y confianza de personas con capacidades semejantes a las suyas. Cada día su nombre adquiría más importancia y sus perspectivas y conclusiones lo demostraban como el hombre capaz que siempre fue. Pero un día mientras charlaba con un amigo francés, en uno de esos trillados cafés franceses que dicen tener buen café, tuvo una revelación que lo dejó pasmado, es más, le generó un shock nervioso, se estampo contra la pared de la realidad, de pronto descubrió que todo era una mentira, que su hermoso sueño comunista no era más que un mito, que todo su trabajo no servía para nada, que había estado equivocado tanto, tantísimo tiempo, que fue como perder una vida, fue como morir estampado contra esa maldita pared que tiene pintado un cuadro de la realidad. Volvió a Perú para ser internado en un sanatorio, pasó ahí dos años, al principio se le complicaba el hablar, pero poco a poco fue superándolo. Cuando los médicos consideraron que estaba listo para salir lo soltaron, pero él no se sentía listo, seguía con el vacio de haber perdido una vida. Como siempre se refugió en los libros, pero dejó de lado la ciencia marxista y se enfocó a temas más espirituales, temas que lo llevaron a peregrinar a la India en búsqueda de sanación. Ahí encontró a una especie de santa a quien acompañaría para que le concediese una cita y curase su mal. Y así lo hizo, pasó dos largos años peregrinando por toda la India, acompañando a los miles de peregrinos con sus mismos deseos, aprendiendo de las lecciones que le inculcaban, refugiándose en la tranquilidad del espíritu, hasta que por fin llegó su turno, le tocó ver a la santa y que curase su mal. Durante su estadía aprendió medicina alternativa, también a meditar, y luego de mucho pudo sentirse de vivo nuevamente, pero no con su vida de antes, si no una completamente distinta, una que surgió de las cenizas de la otra, una mejor y en lugar de complementaria, demoledora de todo lo que fue alguna vez. Volvió a Perú curado, con otro semblante, conectado de una manera que nunca imagino con la existencia, con la naturaleza en general, con el vínculo que une a todas las cosas y nos hace parte de este caos. Es en esa época que conoce a la madre de Julio, que para ese entonces ya había sido madre. Pudieron ser muchas cosas las que lo llevaron a alejarse, y probablemente haya sido el carácter de la mujer, un día, cuando ella tenía unos meses de embarazo, y ya enterado de eso, decidió salir a comprar para nunca volver, dejó una carta explicando su actuar a su hijo, pero la madre la descubriría demasiado tarde. Aún así cuando ya estuvo lo suficientemente lejos se comunicó con la mujer para pedirle que no le entregase la carta al niño hasta que haya cumplido mayoría de edad, pues la realidad puede ser chocante, y él podía dar fe de eso. De vez en cuando se siguió comunicando con la madre, pero ya sin tomarle importancia, menos al llegar a un pueblo de Bolivia, donde conoció a una hermosa mujer que lo cautivó y terminó por convertirse en su mujer.

La madre de Julio tuvo noticias, pero todo quedó ahí, ella sentía un rencor profundo hacia Miguel, lo despreciaba por haberla tratado como la trato, durante la vida de Julio nunca le mencionó la existencia de la carta, y siempre que se refería a su padre lo hacía en tono despectivo y con desprecio, voceando las peores pestes que pueden decirse de una persona, y tal vez llegase a ver a Julio como una extensión de él, ya que por momentos el niño se sentía odiado. Luego entró al colegio militar y ellos se encargaron de su formación; los incidentes en estos colegios son comunes, así que no perderé páginas hablando de ellos.  Cuando volvió a casa era un chico cambiado, mucho más calmado que cuando entro al colegio, casi podría decirse que era un rebelde en ese entonces – y puede que con razón pues el trato que recibía llevaría a la insurgencia a cualquier infante –, pero los problemas en casa continuaban, y ahora estaba más grande y fuerte. Es en una de las peleas que tiene con su madre que ella le comenta lo del padre, lo de su ubicación, le da a entender que debería largarse con él. Julio se lo tomó en serio.

Y es así como Julio llega a su destino, a Bolivia, a buscar a su padre, demoró más de lo esperado pero lo importante es haber llegado, el pueblo aparece ante sus ojos, y baja del camión agradecido con el conductor que le permitió ir de polizonte. No tarda en recibir referencias de su padre, bastaba preguntar por el curandero peruano. Casi cayendo el atardecer llega a la casa de su padre, golpea la puerta, y un hombre alto y fornido, con nariz ganchuda y rasgos bastante marcados lo queda mirando con semblante serio. Pregunta si es Miguel, éste lo confirma con un movimiento de cabeza, le pide que pase, que tome asiento.
-          ¿Qué quieres? – la voz de miguel es gruesa, inmisericorde, parece que golpeara con cada palabra.
-          Soy tu hijo.
-          Lo sé, ¿qué quieres?
-          He venido desde Perú, mi mamá me dijo que te encontraría acá y necesitó hablar contigo.
-          ¿Qué quieres saber?
-          ¿Por qué te fuiste?
-          La idea era que te enterases a los 18 años, creo que aún no los cumples, te dejé una carta, tu madre te la daría cuando cumplieras la edad adecuada, pero ya estás acá, e imagino que has llegado por tus propios medios. Eso tal vez signifique que ya estás listo para entender un poco más el mundo, así que te lo diré. Es bastante simple, tu madre, luego de embarazarse por mí, dejaba de ser simplemente una mujer, y me convertía en padre, hijo, ¿qué quieren las madres de los padres?: dinero. Y sí de algo estaba seguro, es que no desperdiciaría mi vida trabajando para ti.

Julio se queda en shock, nadie espera algo tan fuerte, era un golpe directo, era una realidad aplastante la que lo oprimía por todos los lados, la que lo encapsulaba en un silencio que llegaba a aterrarlo, a hacerlo pensar que no volvería a hablar.

-          Ya que estás acá te enseñaré algo, tienes que aprender a vivir con la naturaleza y alimentarte de ella; se supone que un padre tiene muchas cosas que enseñarle a un hijo.

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