lunes, 8 de agosto de 2011

Cuento: Tabaco con hierba no es magia

Tabaco con hierba no es magia


¿Para qué disimular?
no vamos a ninguna parte
No va a ser fácil, ya lo sé,
pero nunca lo es.
Es como arrancarse algo,
es como ahogarse,
es como quemarse la mano,
es como quebrarse un hueso.
Hay que darle la razón a los que tienen razón
a los que aún no sabemos quiénes somos
pero estamos adentro
De nuestra ropa, de nuestra camisa, de nuestra piel.
ANDRES CALAMARO – NUESTRA PIEL – EL SALMÓN CD5

I

Eduardo corre desesperado por el pasillo que lleva al comedor, esquiva al pequeño perro de su tía que se cruza entre sus piernas, se abalanza contra el teléfono y marca el número de Alfredo. Su cuerpo tiembla mientras espera que conteste, con cada tono se estremece más y más; puede que no haya nadie, que no contesten… Debió llamar al celular pero se le acabó el maldito saldo… siempre se acaba cuando menos lo espera. Está desesperado y molesto. Todo se juntó, todo ha confluido en este trágico momento de su vida, en el que luego de mucho tiempo se encuentra entre la espada y la pared: No tiene la más mínima idea de qué debe hacer ni cómo hacerlo. Está perdido, extraviado en esta realidad que cuando quiere, muta, se transforma y se hace obtusa, incomprensible.
Aló… contesta una voz femenina; es la madre de Alfredo.
Señora Eduardo intenta controlar el temblor de su voz –, soy Eduardo, ¿cómo está? ¿Se encuentra Alfredo?
Hola, hijo. Ahora lo llamo.
Gracias, señora.
Luego de unos segundos, prolongados y de cierta calma para Eduardo, pues no todo estaba saliendo tan mal como podría, Alfredo se pone al teléfono.
Dime.
La he cagado. Necesito que vengas, no sé qué hacer.
¿Qué?
Baja al toque, necesito ayuda.
¿Pero, para qué?
No me creerías…
Si quieres que me cambie para salir, so’ pendejo, dime qué mierda pasa.
Cagué a Vinny.
¿A Vinny?
Apura.
Eduardo cuelga el teléfono antes que Alfredo siga haciéndole perder el tiempo, tiene que encontrar alguna forma de arreglar la situación. Camina alrededor de la sala mordiéndose las uñas sin notarlo, pensando en voz alta, soltando palabras de cuando en cuando que no consiguen hilarse más que en su cabeza.
Necesita un cigarrillo, necesito un cigarro, se dice. Camina presuroso a su habitación y asalta la cajetilla. Busca el encendedor en su pantalón, en la sencillera, donde siempre lo guarda. No le falla, a la primera enciende.
Aprovecha para relajarse, toma asiento en su cama y disfruta el cigarrillo. Juega con su mano inconscientemente mientras divaga en sus pensamientos, intentando resolver el problema siquiera de manera ficticia. Pero es inútil. Suspira con frustración. De pronto, como si un obrero hubiese escuchado el pito del final del almuerzo en una de esas fábricas donde por cualquier tardanza te despiden, presta atención a algo etéreo, algo que sólo él comprende. Se levanta a toda prisa, con violencia, instintivamente deja el cigarrillo en el cenicero y no alcanza a notar cómo este resbala con las demás colillas y cae sobre la silla de plástico que sostiene al recipiente de metal.
Sale precipitado de su habitación con dirección a la cocina. Abre la puerta de un empellón y camina hacia el fregadero para inspeccionar detenidamente el recipiente que descansa sobre la base de metal. Cierra los ojos y tira la cabeza hacia atrás para relajarse, respira profundamente. Se dirige al refrigerador, abre la puerta, abre también el congelador, y vuelve al lavabo. Toma el recipiente con ambas manos, y lo deposita con sumo cuidado en el congelador. Benji, el pequeño perro de su tía y su prima, lo observa con atención, moviendo la cola.
Ya más calmado decide fumarse un cigarro de marihuana para esperar con tranquilidad que Alfredo llame a su puerta. Le toma media hora el trabajo de “desmoñar y armar el cigarrillo”. Las ideas van y vienen, se angustia por momentos para luego relajarse; no puede hacer nada más que esperar. Fuma regular, casi medio cigarro antes que su amigo toque el timbre. Es en ese momento que Eduardo repara en el hoyo que dejó su cigarrillo sobre la silla; esas cosas siempre lo perturban, pero se siente lo bastante “stone” como para no tomarle importancia a nimiedades semejantes y enfocarse en lo que realmente importa: El bienestar de Vinny.
¿Qué ha pasado? pregunta Alfredo, visiblemente incómodo por la prisa con la que tuvo que salir de casa.
Pasa se dan la mano, Eduardo cierra la puerta cuidando que el perro de su tía no se salga y empieza a guiar a Alfredo entre los pasillos de su casa—. No entiendo, o sea, estábamos lanzando y quise enseñarle una huevada que había comprado, un set de magia, esos que venden a cinco soles en los buses. Me pareció que serviría para pasuchar, así que se lo estaba mostrando.
¿De qué mierda me hablas? Osea, ¿qué mierda tiene que ver con Vinny?
Entran a la cocina.
Es que si te lo digo de porrazo no me creerías. Mira, en este set también venía un librito con conjuros, cojudeces de chibolos, rimas absurdas, sonoras entre comillas, y nos pusimos a quemar con eso; con lo mierda que eran. Yo lo iba recitando mientras Vinny se cagaba de la risa, y, de pronto, desapareció, se esfumó ante mis ojos, y me quedé imbécil, es decir, puta madre, ni cagando, no me lo creí, así que busqué a Vinny pero no estaba escondido, no estaba en ningún lado, simplemente había desaparecido… Me puse nervioso, estaba asustado, no sabía qué hacer. Entonces, cuando estaba por llamarte, me topé con una bola de helado en el lugar donde había estado sentado Vinny; empezaba a derretirse, habría llevado un par de minutos ahí, justo el tiempo que el pendejo éste llevaba desaparecido... Ahí entendí que lo había convertido en una maldita bola de helado; no tuve tiempo para notar lo ridículo que era, eso lo noté después; solo atiné a meterlo en un recipiente y corrí a llamarte.
Mmm… ¿de qué sabor?
¿Qué?
El helado.
Ni idea, es Vinny, no pienso probarlo.
¿Has intentado llamar a su celular? Alfredo saca su celular del bolsillo y marca el número de Vinny antes de pasárselo a Eduardo.
Está apagado.
¿Seguro?
¡Carajo!
Ya, ya, a ver, muéstrame al Frozen-Vinny.
Eduardo se dirige al refrigerador y abre la puerta. Abre también el compartimiento del congelador y retira a Vinny para saciar la morbosidad de Alfredo.
Parece menta, ¿no?... debe ser de ganjah —dice lanzando una carcajada.
Ya mierda, esto es serio… ¿Crees que sea reversible?
Si la vasectomía es reversible... No es la gran cosa tampoco, sólo lo convertiste en helado. Si te lo comías ahí sí la cagabas.
¿Qué hacemos?
Yo, buscaré en internet. Tú verás de devolverlo a su estado, no sé qué necesites, puede ser desde conseguir algunas plantas, hasta violentar una virgen y desollarla dentro de un hexágono Alfredo se sonríe. Ni siquiera sé qué conjuro utilizaste. Más bien, necesito el librito ese, tráelo, además de unos cigarros… y ármate un troncho. Ah, y ve que Vinny siga frozen.
—Yanto, Harry Potter, buena voz.
Vete a la concha tu madre.
Magia es magia —responde Eduardo entre risas.


II

            La habitación de Eduardo no se diferencia demasiado de la habitación de cualquier otro fumador: las cenizas están en el ambiente, las paredes barnizadas con la resina del tabaco y la hierba; qué decir del techo, marrón gracias a los años de humo constante que ha recibido; libros ordenados intentando ganar espacio, uno que otro maltratándose; una computadora; dos ceniceros; DVD’S de películas piratas; una cama desordenada y repleta de distintos artículos que incluyen frascos repletos de “ganjah, cajetillas de cigarrillos con y sin ellos, y ropa sucia que ha olvidado llevar al cesto de la ropa sucia.
            Alfredo se encuentra sentado mirando atento el monitor de la computadora. Teclea algo. Eduardo, que se encuentra a su lado, se encorva para alcanzar a leer con más facilidad lo que escribe, mientras se lleva un cigarrillo recién encendido a la boca.
¿Convertí a mi amigo en helado?, tú crees… Eduardo se muestra extrañado por lo escrito en el buscador de Google.
¿Cómo mierda quieres que lo busque? Google entiende.
Si tú lo dices…
Con fe, carajo. No lo puedo buscar de otra forma, para encontrar lo que buscamos no voy a poner: Manual de hechicería, ni alguna mierda así. Me mandaría a cualquier cojudez.
Puta, podría tomar horas entonces.
No seas nenita, mierda. Ahorita lo encontramos, recuerda que es Google, y Google mató a Dios.
Los enlaces de la primera página de búsqueda no son convincentes, parecen bromas, reseñas, crónicas y malos cuentos sobre este tipo de suceso; además de publicidad de diversas marcas de helado. Pasan a la segunda página para toparse casi con lo mismo, además de algunos enlaces que parecen interesantes, como referencias a libros de hechicería, pero que al revisar, no son más que reseñas sobre la aparición de esta clase de sucesos en la literatura medieval, amparada en el Malleus maleficarum. La tercera y la cuarta página también son inútiles, y ya para la décima, han empezado a compartir un cigarro de hierba que los lleva hasta la decimonovena, donde por fin encuentran algo, vago, sí, pero con una parte del puzzle: El nombre de un libro de conjuros lácteos: Lactem.
Necesito que busques este libro —le dice Alfredo a Eduardo—. Y pásame el librito de conjuros.
Eduardo busca el pequeño libro en su cama, pero no lo encuentra. Luego de revolverlo todo y volverlo a su desorden, llegando a pensar que también ha desaparecido o que lo ha dejado en la cocina, lo encuentra casi por arte de magia. Alfredo le dice que él mismo lo llevó a su cama saliendo de la cocina; le increpa ser paranoico, hipocondriaco y desmemoriado.
Por todo te dementeas; más noico que la mierda saliste. Y has tenido el librito en la mano, ah, te pasas de pendejo.
Cosas que pasan loco.
Salud por eso y Alfredo le da una profunda calada al cigarro de marihuana que ya va por la mitad.
Alfredo vuelve a analizar, esta vez con más detenimiento, el pequeño librito amarillo, de no más de diez por ocho centímetros, de mala edición, impreso en ese papel viejo y rugoso con que hacen el periódico. No encuentra nada fuera de lo común, es una sarta de rimas estúpidas con cierta musicalidad; casi parece un poemario mal pensado y sin sentido de lo armónico: tiene ritmo, pero es uno extraño y deforme, vacío, sin nada más que ciertas rimas que no terminan de consolidarse.
Eduardo tarda poco más de media hora en encontrar el Lactem. Le parece extraño encontrarlo en PDF, y no deja de mencionárselo a Alfredo, quien le explica que los hechiceros modernos comparten su información de esa manera, pues no cualquiera empieza a buscar porque sí esa clase de cosas, y, por último, <<Google es Dios>>, reafirma con una sonrisa antes de volver a la máquina para inspeccionar el archivo.
Se trata de un libro valioso, digno de ser compartido en PDF para la comunidad global: Esconde entre sus páginas infinidad de hechizos relacionados a los lácteos y una profunda explicación de todos, incluso su etimología. Un índice bastante básico lo guía hacia la página 1988, que tiene un dragón azul dibujado en la presentación del capítulo “Derivados: Poemas gélidos”. Empieza a leer, uno tras otro, títulos de hechizos para congelar a alguien, para descongelarlo, para convertirlo en nieve, en granizo de leche, en un cubo lácteo, en escarcha helada, y seguía, página tras página, con nuevas formas de congelar alrededores, hacer nevar, invocar granizo lácteo asesino, entre otros. Hasta que por fin encuentra un título que llama su atención: Poema 272: Serás una fría bola de leche con sabor.
Alfredo empieza a leer el hechizo y de inmediato reconoce el mismo desastroso ritmo del librito amarillo que vino con el set de magia. El hechizo entero consiste en exactamente los siete primeros conjuros del librito. Avanza unas páginas en el PDF y busca las especificaciones del conjuro.

<<Las dimensiones son tantas, y tan pocos las conocemos… para la muerte no hay mejor que ser hielo. Un placer para los muertos que siguen andando. Un regalo de amigos, casi un pacto de hermandad, la asistencia al suicidio y, por qué no, el rechazo a “ese”. Gran placer experimentará el moribundo compañero al que desee aliviar, su dolor cesará y, al diluirse, una eternidad de goce lo envolverá. ¡Y que se cuiden sus enemigos!, pues al ser devorados, esas vidas se extinguirán. Y si por regocijo el efecto se revirtiera, solo sufrimiento a su contrario por toda la eternidad le generará. Un placer para el gusto, para la hermandad o la venganza, para la cual solo se requiere desvirgar una nueva doncella mientras se la embarra con los gélidos restos del contrincante>>.

Lo bueno es que no tenemos que matar a nadie dice Alfredo con una sonrisa.
Osea… tengo que conseguir una virgen ahorita.
No cualquier virgen. Dice una “nueva” doncella. Según la época en que esto fue escrito, podemos asumir que necesitamos a una no mayor de quince años; en sí, mientras menos tiempo haya pasado desde su primer periodo será mejor.
Menos de quince… – Eduardo parece pensarlo muy seriamente, incluso parece acongojado.
Luego de un rato de silencio, Eduardo retoma la palabra.
Mi prima tiene catorce.
A la, qué fuerte, tío —ríe Alfredo— ¿Estás seguro?
A la mierda… alguien va a terminar dándole pronto.
Oe, pero toma en cuenta algo, el huevón de Vinny ahorita está happy, no creo que si lo sacamos esté contento; y con eso quiero decir que no sé si vuelva a ser el mismo Vinny que conocimos.
Qué chucha. Yo lo metí, yo lo saco, y mientras antes mejor... Ahora tengo que ver cómo enamoro a mi prima.
Naaaaa, eso tomaría demasiado tiempo. Drógala. No tiene por qué enterarse. Además, ¿tú crees que quiera que te la caches? Le llevas casi seis años... Ni cagando, tiene que estar drogada, es más, ¿a qué hora llega del colegio?
—… En no más de media hora —responde Eduardo, que parece perdido en sus ideas.
Ya pe, acá tengo unos clonas —Alfredo saca un blíster del bolsillo de su camisa y se lo entrega a Eduardo—, ponle un par en su jugo y échale harto azúcar. En una hora se debería quedar jato y asumirá que es por lo contundente del almuerzo. En ese momento le soplamos una pastilla más por la garganta; no creo que se despierte, y si lo hace estará noqueada. ¿A qué hora llega tu tía? ¿Y tu vieja?
Ambas en la noche recién, hay tiempo.
Tienes suerte que tu tío se largara.
Eso parece, y a la firme que la pendeja cada día se pone más buena, e incluso me busca: tarde o temprano tendría que pasar.
Ya todos tendremos nuestra oportunidad con tu primita —dice Alfredo soltando una ligera carcajada.
¡Ja! Pendejo, cuando cumpla veintiuno se las dejo.
Alfredo permanece en la habitación de Eduardo pues prefiere que la prima no se entere de su presencia. Eduardo muele las pastillas y las combina con la bebida, contenida en una jarrita de medio litro que ha servido especialmente. Luego calienta la comida; su prima ya no tarda en llegar —si bien no es usual que Eduardo se dé ese tipo de trabajos, tampoco es raro que tenga gestos cordiales con ella, pues durante los meses que la ha tenido en casa, le ha sido inevitable intentar ganársela de todas las formas posibles.
Cuando ella llega, se alegra de tener el almuerzo servido. Le agradece a su primo con un beso muy cerca de los labios y un abrazo que a éste le producen de inmediato una erección que ella nota y de cierta manera incentiva pegándose más. Eduardo, con la respiración entrecortada, le dice que él ya almorzó y que debe terminar un trabajo para la universidad, luego de lo cual se dirige a su habitación. Ella se queda en el comedor, en compañía de su perro, que espera ansioso los restos del almuerzo.
Esperan una hora y unos cuantos minutos desde que sintieron que dejó la mesa; se fumaron otro cigarro de hierba mientras aguardaban. Eduardo sale de su habitación y se dirige hacia la de huéspedes. Toca la puerta, llama sin gritar: <<Lucía, Lucía…>>, pero no hay respuesta. Se dibuja una sonrisa en su rostro, intentando hacer el menor ruido posible, abre para corroborar que su prima se encuentra profundamente dormida. Volviendo a su habitación pasa por la mesa y comprueba que la jarra se encuentra vacía. Las cosas no podrían estar saliendo mejor.
Soplarle una pastilla hecha polvo por la garganta resulta bastante sencillo, tose un poco, pero no despierta. La cargan hasta la habitación de Eduardo y la acuestan en la cama. Eduardo empieza a desnudarla, aprovechando para tocar esos sólidos senos que se han formado desde hace ya más de un año. Pasa sus dedos por la delicada vulva ya repleta de vellos púbicos. Roza su calor, su humedad.
Está completamente desnuda, hermosa, y tiene caderas que envidiaría cualquier mujer de veinte.
Ve por Vinny dice Eduardo sin poder sacar las manos de encima de Lucía.
Claro Alfredo está impactado ahorita voy.
Y ahorita la voy a probar… masculla Eduardo entre dientes.
—Tendrás que compartir —dice Alfredo soltando una ligera risa.
¡Jódete!
¡Ja! Ya vuelvo, pendejo.
Alfredo va a la cocina y saca al helado de Vinny de la congeladora. Lo lleva hacia la habitación y, en la puerta, se detiene de golpe al ver cómo Eduardo lame la vagina de su bella prima.
Oe, ya, acá está.
Ok, dámelo Eduardo empieza a embarrar a Lucía con los restos congelados de Vinny.
Una vez ha esparcido todo el helado, se baja el pantalón para penetrarla. En un principio se le hace difícil debido a su virginidad, pero luego de unos segundos muy ajustados, consigue su objetivo: se zambulle profundo, separa totalmente los finos labios, abre la flor de esa hermosa vulva hasta este momento inexplorada.
El cuerpo casi inerte de Lucía se estremece con los forcejeos de su primo, con sus gemidos y su placer. De pronto, los restos congelados de Vinny desaparecen. Y Alfredo le dice a Eduardo que ya está, que ya puede parar. Sin embargo, Eduardo parece no escucharlo y se da tiempo de eyacular antes de salir de su prima; lo arreglará en un par de horas, con otra pastilla.
Imagino que Vinny está en la cocina; ahí desapareció dice Alfredo al ver que su amigo ya se encuentra en condiciones de charlar.
… Sí, vamos —responde Eduardo mientras abrocha su pantalón.
Y salen de la habitación en dirección a la cocina justo al momento en que el perro empieza a ladrar. Ahí, Eduardo descubre a Vinny, desnudo, tirado en el piso, quejándose débilmente de algo semejante al dolor. Parece invadirlo una extraña de angustia, tanto sus quejidos como la posición que ha adoptado, tirado sobre las losas de la cocina, retorciéndose como un neonato, aparentando añorar algo… algo parecido a la felicidad, traen a la mente de Eduardo la imagen de un bebé recién nacido, extrañando ese cálido y seguro vientre que fue su hogar durante nueve meses.
Se agacha para ayudarlo y lo llama por su nombre, pero Vinny no le hace caso. Entonces lo toma del hombro, y por fin su amigo le presta atención: levanta la cabeza para mirarlo, pero con unos ojos que no parecen los de Vinny, sino los de un muerto en vida; como si Vinny hubiese dejado su alma con el sabor a menta, como si ya no le quedara más que un cascarón que le lastima cargar.
Alfredo, qué hacemos… voltea para comprobar que su amigo no está.
Eduardo se levanta de un salto y corre hacia su habitación para encontrarse con lo que temía: Alfredo penetra a Lucia con violencia, mostrando una sonrisa que solo puede tener y entender alguien que se está cogiendo a la prima de su amigo; una prima excesivamente sexy y bastante drogada.
Te dije que compartirías reafirma Alfredo ante la cara de impresión de Eduardo, que, poco a poco, va tornándose en ira.


III

¿Te cansaste? pregunta Alfredo mientras hace fuerzas con los brazos para levantarse.
Se pone de pie con dificultad y se sienta en la cama. La sangre que le sale de la nariz mancha su boca. Respira agitado pero no se le borra la sonrisa del rostro. Fuera de la habitación, el perro no deja de ladrar.
¿Terminaste? vuelve a preguntar.
Sí, sí, vamos por Vinny… Pero primero Lucía —responde Eduardo.
Eduardo también se encuentra agitado, no deja de mirar a su “amigo” con rabia. Le estira el brazo y le pregunta si necesita ayuda para caminar. Alfredo ríe y responde que no tiene de qué preocuparse.
Lucía sigue sobre la cama, apaciblemente dormida pese a todo el ajetreo; incluso bromean respecto a que pudo haber tenido los mejores sueños de su vida… Tampoco despierta cuando la toman desde las extremidades para llevarla hacia su habitación, a pesar de los incesantes ladridos de su maldito perro.
Una vez terminan de vestirla y arroparla en su cama, se dirigen a la cocina, donde se sorprenden de no encontrar a Vinny.
Ante esto, emprenden una búsqueda por toda la casa; sin embargo, resulta inútil: no está por ningún lado. Ambos, bastante angustiados, vuelven a encontrarse en la cocina. ¿Dónde pudo haber ido? Si la última vez que Eduardo lo vio parecía perdido, desubicado en este mundo. De pronto, un golpe seco les llama la atención… Vino desde el estante inferior donde se guardan los trastes.
Abren la pequeña puerta y se topan con Vinny ganándole espacio a los platos, desnudo, encorvado y temblando, moviendo la cabeza de un lado para otro como si negara o rechazara algo. Eduardo le extiende la mano y le pide salir para conversar. Al principio Vinny no repara en sus amigos; pero luego, al hacérsele inevitable toparse con el brazo de Eduardo, lo toma y es ayudado a dejar ese vientre improvisado.
José Jaramillo, alias Vinny, hasta el accidente había sido un tipo normal: fumaba cigarrillos de tabaco y hierba, escuchaba música de casi cualquier tipo y estaba por culminar la rentable carrera de Ciencia Política. Tenía novia, perro y gato, un auto de quince o veinte años de antigüedad y un departamento, obsequio de sus padres al demostrarles que sería un ser productivo para la sociedad si le daban el espacio que necesitaba.
Pero ahora, a quien tienen enfrente, es cualquier cosa menos Vinny; incluso parece no entender palabra de lo que se le dice, como si estuviese ausente, como si no escuchara nada; parece estar reconociendo su entorno con la vista, observando con una inteligencia prístina, dispuesta a absorber, mas no a entender. En sus ojos se muestra un vacío para ambos inexplicable, comentan que parece que le faltase el alma o la chispa de vida… Como bien dice Eduardo, <<parece que añorara algo>>; coinciden en que es melancolía lo que podría definir el vacío de esos ojos que ya no son más los de Vinny.
Vinny, dinos algo pide Eduardo con voz melódica.
Pero Vinny permanece inmutable, sentado en el suelo de la cocina, moviendo la cabeza como si negara, con temblores y ciertos balbuceos irreconocibles; parece que quisiera llorar.
Ni Eduardo ni Alfredo saben qué hacer. Por eso deciden fumar lo que queda del cigarro de hierba. Eduardo va a su habitación a sacar la “pavita” mientras Alfredo sigue intentando entablar diálogo con Vinny.
No se preocupan por fumar en la cocina ya que la madre y la tía de Eduardo todavía tardarán en llegar y su prima estará descansando apaciblemente en su habitación por lo menos hasta la mañana siguiente. Prenden la “pava” y, yendo contra todo lo establecido, Vinny reacciona; los queda mirando, más bien al cigarro humeante, y estira el brazo para que se lo pasen. Alfredo se lo entrega sin pensarlo dos veces. Vinny fuma, da una larga calada, “tanquea” todo lo que puede y suelta el humo. Vuelve a hacerlo. Sus amigos miran atónitos cómo acaba por completo con lo que quedaba del cigarro sin importarle el quemarse dedos.
Que horrible es este mundo musita Vinny, sorprendiendo aún más a su par de amigos, quienes no saben qué decir… Conocí un mundo hermoso, inigualable. Conocí la paz. Me perdí en delirios, en fantasías. Saboreé los manjares que defecan los ángeles… Lamí sus vulvas, de donde chorreaba licor con sabor a hierba. He visto más que cualquier hombre sobre la tierra sin mover mi cuerpo. Como el más diestro explorador, mi lengua ha penetrado las junglas mágicas de la imaginación: en cunnilingus expedicionario, he negado a Dios. Y qué decir de los olores, todo he experimentado; todas las sensaciones, todas las experiencias del mundo salidas de ese perfecto ano que me alimentaba. En pocas palabras, fui feliz. Conocí lo que no deben conocer los hombres para no detestar su mundo. Toqué los senos más perfectos. Observé los rostros más sublimes, más para mí, mutando en un solo hermoso cuerpo que me mantenía prisionero… Pero bastaban mis manos, mis ojos, esta nariz… y mi lengua, para ser libre, para explorar y conocer tanto, tanto que me es insoportable ver tanta mediocridad. Si les contara todo lo que se experimenta; la paz absoluta, el delirio del goce perpetuo hecho realidad… Las fantasías más nuestras saciadas… Para volver a esto, a esta mierda, a esta sucia cocina, a sus horribles rostros, a sus manías, sus nombres y sueños, y hasta a su miserable literatura. ¡Que los jodan! Si son mis amigos, ¡por qué no terminan con esto! ¡Por qué no me matan! Sería lo mejor, sería de amigos. Ya no quiero estar más acá. Si no quieren hacerlo, consíganme algo para hacerlo yo mismo, lo que sea, el dolor no importa; solo quiero terminar con esto de una vez, ya no quiero seguir acá… No después de tanto, no después de ser libre y sentirme saciado y complacido.
Ni Alfredo ni Eduardo dan muestras de saber qué decir, permanecen en silencio, mirando impávidos a su amigo que parece realmente perturbado y, a la vez, más seguro que nunca. Era de esperar, sabían que sería difícil para Vinny superar lo acontecido, pero nunca imaginaron que habría conocido tal belleza.
Vinny, te sientes como un millonario que ha perdido todo comenta Alfredo. Lo que sientes lo sentiría cualquiera. Todo mejorará. Es cosa que lo superes y regreses a tu vida.
No. No lo comprendes. He palpado la divinidad, nada le es comparable responde Vinny sin mirar a ninguno de sus colegas.
Discúlpame hermano dice Eduardo acongojado.
¡Fuiste tú!
Fue el librito de mierda que te estaba leyendo.
Es una puerta al cielo… ¿Cómo me sacaron?
Encontramos otro libro por internet se adelanta Alfredo, antes que Eduardo comente lo de sodomizar a su pequeña prima.
¡Mierda! ¡Encontré la felicidad y el internet me la quita!
Google explica Alfredo. Google es dios.
¡Google!... ¿Pueden devolverme?
No. Fue solo un accidente responde Alfredo.
Pero si me vuelven a leer el libro debería pasar lo mismo... ¿no?
Sí, pero ya estás fuera, y no tienes por qué volver —Alfredo tiene el seño fruncido—. Además, si desapareces te buscaran, y nosotros seremos los primeros en ser interrogados. Puede que no encuentren tu cuerpo, pero sí la hierba que tenemos, y no pienso meterme en ningún problema por tu capricho de mierda.
No sabes lo que es… Deberías probarlo, así entenderías.
Sería interesante, pero para salir del problema hay que meterse en muchos otros, y no creo que solucionarlo una próxima vez sea tan fácil.
Yo no quiero que lo solucionen, solo quiero volver.
Regresémoslo interrumpe por fin Eduardo.
No, ni cagando, ¿qué mierda te pasa?
Tiene razón, si no lo devolvemos lo estamos jodiendo. Mira sus ojos, observa el vacío que tienen; si lo dejamos solo, lo primero que hará será matarse. Prefiero darle una eternidad de placer a mi colega.
¡Sí, me mataré!
Puta madre, no, no lo harás. Y tú, huevón, no lo alientes. Después de todo lo que hemos pasado para devolverlo, so pendejo... Me niego, es una estupidez.
Alfredo, sabes que tiene razón.
Sí, sabes que la tengo.
Sí, mierda, sé que la tienes, pero no es lo adecuado, no debe ser así, traerá demasiados problemas. Por lo menos a mí.
Desaparece, yo me encargo. Más bien guarda tu hierba en otra casa —sentencia Eduardo.
… Puta. Si está decidido…
Lo está imputa Vinny al amigo que se niega a devolverle la felicidad.

Dos días más tarde, tanto Vinny como Eduardo están desaparecidos. La policía, como era de esperar, interroga a Alfredo, pero no revisan su casa; hubiese estado demás. Él les explica a los oficiales que la última vez que vio a ambos fue el día que desaparecieron. Según les cuenta, aquella tarde se reunieron a fumar un poco de hierba, pero él tuvo que irse poco después de las seis de la tarde, por eso no tiene idea de qué pudo pasar. El testimonio de Lucía corrobora la parte de la historia en que Alfredo no estaba en casa antes del almuerzo, y el de la madre de Eduardo, la que tan solo ambos desaparecidos estaban juntos aquella noche.
Saliendo de la comisaría, Alfredo se dirige a la casa de Eduardo. Quiere comprender qué sucedió con él, ya que, en caso de que también se haya convencido de viajar a la otra dimensión, hubiese faltado alguien que pudiera leerle el poema.
Habla con la madre de Eduardo quien está por demás angustiada, al borde de un infarto. Le pide ver el cuarto de su hijo para buscar alguna información que pudiera haber dejado. La madre lo acompaña mientras busca, repitiéndole, una y otra vez que su hijo no suele comportarse de esa forma y que la culpa de todo lo que está pasando la debe tener Vinny. De pronto, Alfredo se percata que hay una mancha verdosa que le trae el recuerdo del frozen Vinny en el piso de parqué. Le pregunta a la señora qué es eso, y ésta responde que es la mancha de una bola de helado que encontró la madrugada de la desaparición de su hijo; comenta que por más que la limpia no quiere salir.
Por allá, frente al espejo, hay otra dice la mujer, señalando otra mancha verdosa que pigmenta el parqué de la habitación, exactamente frente al espejo de cuerpo completo—. Por suerte no tuve que recogerlas, cuando entré esa noche, luego de tocar la puerta sin que nadie respondiera, el perro se metió entre mis piernas y me ahorró el trabajo. No entiendo por qué es que estaban comiendo helado a esa hora de la madrugada y cómo es que en un momento están comiendo y para el otro han desaparecido. Es otra de las cosas que tampoco puede explicar la policía...

FIN


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