domingo, 10 de noviembre de 2013

Cuento: Esencia cardiaca

MEFISTÓFELES
¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo.
No me da miedo la apuesta.
Permíteme, si logro mi objetivo, sentirme henchido por mi triunfo.
Para mi regocijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía,
la famosa serpiente.
FAUSTO, GOETHE 1808
I

Es 5 de agosto. Lima está fría. Una ligera garúa viene empapando todo desde la madrugada. Rocco está refugiado en casa, la de sus padres, donde también vive su hermana. Se encuentra en su habitación. Siendo casi mediodía, sigue tendido en la cama, reflexionando sobre las razones que lo mantienen ahí. Llamó al trabajo para explicarlo y le dieron un par de días de descanso, los autos no se venden solos, le explicó su jefe. Intenta concentrarse para olvidar ese dolor en el pecho que lo aqueja desde la madrugada; un dolor constante, inamovible, sin picos ni caídas, solo prolongado, eterno, extraño… es como si le abrieran el pecho, como si un dedo se hundiera abriéndose paso cual tornillo girando en busca del corazón. No le incomoda respirar, puede pararse sin complicaciones, hasta siente que podría correr… No se trata de un infarto; solo duele, no lo imposibilita y eso lo confunde.
Rocco empieza a caminar por su habitación, esquivando con facilidad las sillas, el cesto y la ropa que hay por aquí y allá. Continúa pensativo, empieza a respirar como si se le complicara, pero pronto vuelve a notar que es solo idea suya, que puede respirar con normalidad. Con una mano acaricia su mentón mientras la otra rasca sus genitales. Levanta la vista y se topa con su reflejo en el espejo de su habitación. Algo llama su atención, no sabe exactamente qué, pero lo hace acercarse a ese Rocco que lo mira desde esa ventana a otra dimensión, con unos ojos que se parecen a los suyos, el cabello, la barba y arrugas, ¿son las de siempre?; el reflejo es él, pero es como si no lo fuese, como si se tratase de un hermano gemelo.
Empieza a buscar el dolor con su mano, lo palpa por sobre su pijama. No duele más cuando lo toca, no es como esas cefaleas que envían una corriente de dolor a través del cerebro cuando su origen es escrutado con el tacto. Se trata simplemente un dolor perenne; pero no inmóvil, se extiende, va ganando territorio, como un hongo expandiéndose a lo largo de su pecho desde un punto. Rocco levanta sus ropas para observar su torso desnudo. Hay algo en donde le empezó el dolor, una especie de lunar que no había visto jamás y que empieza a escrutar detenidamente frente al espejo. Recuerda haber escuchado que los lunares pueden aparecer en cualquier momento de la vida y luego de comprobar que el dolor no se incrementa al tocarlo, se convence que no se trata de cáncer y regresa a su cama para abrigarse con las sábanas y la colcha, buscar el control remoto y encender el televisor. Busca algo interesante con qué distraerse, algo que lo haga pensar en cualquier cosa para así olvidarse que el pecho le duele. Es inútil, para su desgracia casi todo en la televisión es basura, y ya había terminado Reportaje al Perú, así que debe conformarse con los programas de mediodía para las amas de casa. El cable tampoco le da opciones. Está por tener un ataque de histeria, o ansiedad, no sabe, pero siente opresivas ganas de estallar en llanto… Y pese sus intentos el dolor persiste, se aterra al pensar que será permanente; incluso cuando encuentra un programa interesante por el cable, no lo es lo suficiente como para dejar de lado ese dolor que va abriendo su pecho, escarbando un socavón cada vez más y más enorme.
Cuando siente que ya no puede más, que de sus ojos está por fluir el amargo líquido del suplicio, su madre lo llama a almorzar. Siente que es un regalo de Dios el poder hacer algo más que estar tendido en su cama. Se levanta con facilidad y se dirige al comedor sin cambiarse la ropa de noche. Su madre lo mira extrañada. Él le pregunta qué pasa y ella responde que tiene un semblante extraño. Ambos empiezan a comer sin esperar a Vania, su hermana, que llega algo precipitada y empieza a comer la carapulcra con velocidad. Todos se mantienen en silencio, concentrados en sus platos, ensimismados con el guiso marrón. De pronto Vania, pasmada, queda mirando a Rocco.
-          ¿Te has pintado el cabello? – dice por fin.
-          ¿Qué hablas? – responde Rocco.
-          No sé, algo raro tienes.
-          Sí, es cierto – agrega la madre.
-          ¿Qué hablan…? ¿Puedo comer tranquilo? Solo me siento un poco mal.
-          Algo raro tienes – increpa la hermana.
Es Vania quien termina el almuerzo primero, agradece precipitada y deja el comedor tan acelerada como entró. Rocco termina y está por levantarse cuando su madre lo detiene.
-          ¿Qué pasa, hijo? Algo tienes – dice ella tomando su brazo.
-          Me duele el pecho.
-          ¿El pecho? – la madre se muestra preocupada. Piensa un momento y agrega – deberías ir al médico, no vaya a ser algo grave.
-          Sí, en un rato me alisto y voy.
-          Deberías ir…
-          ¡Ya! Ya te entendí – y se libera de la opresión materna –, iré a un hospital, no sigas con lo mismo.
-          …Algo tienes hijo, y no es solo dolor.
Rocco regresa a su habitación, se encuentra alterado y no entiende por qué. Tampoco comprende el por qué le habló así a su madre; no suele comportarse de esa forma… pero fue algo como un impulso, le nació desde lo más profundo de sí, no estuvo dispuesto a soportar la reiteración absurda que haría, menos aún permitirle que le recomendase un nosocomio… le incomodó que lo tocara… y no entiende por qué. Sabe que es algo mucho más serio que una simple intolerancia adquirida; es ansiedad, desesperación; necesita algo, no sabe qué, pero necesita algo. De pronto, lo nota: Un cigarrillo. Necesita un cigarrillo. Pero él nunca ha fumado. ¿Qué le pasa?  Carajo, qué me pasa, qué me pasa… ¿Cuánto estarán? Creo que acá tengo cinco soles. Sí, ojala alcance. Ojala alcance.
Sale a la bodega casi tan precipitado como su hermana cuando entró al comedor. Considera una suerte que la tienda esté a solo unos metros de su casa. Wilmer lo mira extrañado; como han hecho todos durante el día.
-          Wilmer, ¿cómo estás? ¿Cuál es el cigarro más barato que tienes?
-          Hola… Palmal… ¿azul o rojo?... ¿Estás fumando?... ¿Te sientes bien? – pregunta el tendero sin dejar de examinarlo.
-          No, no me siento muy bien. Y sí, parece que empezaré a fumar. Dame cualquiera, el menos fuerte.
-          El azul entonces. Tres cincuenta.
-          Excelente. Gracias. Y un encendedor de cincuenta también, por favor – Rocco le entrega la moneda de cinco soles.
-          Ya – saca el encendedor y el vuelto de su mostrador y se los entrega –. Cuídate. Te veo algo extraño, fácil y te agarra gripe – dice Wilmer despidiéndose de Rocco, que sale presuroso de la tienda.
Nuevamente en su habitación. El dolor ha seguido extendiéndose, puede sentir su tamaño como el de la chapa de una botella. Prende un cigarrillo y empieza a besarlo como si se tratase de la mujer más hermosa del mundo. Nunca antes había fumado, pero siente un placer inigualable, siente cómo por su cuerpo recorre algo parecido a la calma y por un instante casi se olvida del dolor. Pero es en vano, el dolor persiste, inmutable. Solo su angustia se evapora con el humo.
Vuelve a escrutar su reflejo. Cada segundo que pasa va perdiendo algo de sí, o por lo menos esa impresión tiene. Sus ojos ya no parecen los suyos, para nada, de eso se siente seguro, y también su cabello ha cambiado, crece distinto, tiene otro color, otra textura, y qué decir de su barba, está más espesa, como si en la mañana no se hubiera visto con una barba rala, como si siempre hubiese tenido los genes del hombre lobo… Ahora, frente al espejo, está viendo a un desconocido; que sí, se le parece mucho, pero que definitivamente no es él. Ahora entiende, entiende qué le decían su madre y su hermana. Entiende por qué el bodeguero lo miraba como lo miraba. Pero no logra comprender qué le pasa, por qué le duele el pecho, por qué tiene ganas de fumar, por qué su apariencia se torna en la de un desconocido y menos aún cómo se relaciona todo esto, porque sabe que está relacionado, no puede ser distinto, tiene que estarlo… Pero no entiende. No entiende qué mierda está pasando.
Vuelve a revisarse el pecho desnudo. El lunar se muestra agigantado, aumentado tanto como el dolor que produce esa sensación de sección, como si poco a poco su pecho fuese abriéndose para terminar partido por la mitad. Ahora le toma más atención, ha crecido considerablemente y ya está convencido que no se trata de un lunar; parece una mancha, o una marca, cualquier cosa menos un lunar; su color rojo coágulo es repugnante, parece una costra a simple vista, pero es la dermis la que adquiere el pigmento, no se trata de una capa superficial que pueda sentirse con el tacto, pues Rocco lo toca y toca buscando comprender, esperando que esta vez al presionarlo, al golpearlo, su dolor siquiera aumente… pero nada, continúa inmutable, constante, expandiéndose.
Se viste para salir y se dirige al hospital más cercano. El frío húmedo de Lima cala sus huesos, pero ni éste le hace olvidar el dolor, que sigue y sigue extendiéndose en su tórax, sin producirle nada más que la sensación de su expansión.
Hace una pequeña cola para que lo atiendan en recepción, donde le preguntan qué tiene. El intenta explicarles pero nadie comprende. Pasan cuando menos cuatro horas y Rocco ya visitó al cardiólogo, al oncólogo, al dermatólogo y terminó en psiquiatría, donde luego de una acalorada discusión con el psiquiatra, por haberle dicho que su problema era psicosomático, se convenció que la medicina moderna no podría hacer nada por él. No le hicieron caso cuando les mostró la mancha; le dijeron que no había ninguna, que se trataba solo de un lunar y nada indicaba cáncer, que no dejarían de hacer las pruebas correspondientes pero que creían que el problema estaba en su cabeza…  ¡Que rabia!… ¡Malditos imbéciles! ¿Por qué mierda no entienden? ¡Son médicos por Dios, médicos!
Camino a casa pasa frente a una tienda donde se venden hierbas, velas, libros y demás chucherías para magia tradicional. Guiado por un impulso, Rocco entra. No se detiene a pensarlo, no reflexiona, parece no recordar que estos temas le parecen de lo más absurdos. Avanza decidido y pregunta si tienen barajas de cartas rúnicas; le ofrecen una por diez soles y no duda en comprarlas. Al salir de la tienda, recién empieza a reflexionar sobre lo que sucedió. Fue extraño. Fue como si de pronto fuera otra persona, como si otra mente dominara sus pensamientos y sus acciones. Es más, él no sabía que existía algo llamado cartas rúnicas, ni siquiera sabía que conocía a la perfección el significado de cada una de los naipes. Por un momento piensa botarlas, pero se detiene, algo lo une a ellas, algo que tampoco comprende, pero que lo hace desear esas cartas tanto como el cigarrillo que empieza a fumar.
Llega a casa con su tercer cigarrillo en la boca. Entra a su habitación, que se encuentra apartada del resto de la casa, sin comentar su retorno, pero haciendo el suficiente ruido como para que se enteren. Saca los naipes y empieza a barajarlos. En ese momento, su madre llama a la puerta y pregunta: ¿Hijo? ¿Cómo te fue?
-          Bien, bien… todo está en mi cabeza.
-          ¿Puedes abrir?
-          Ahora no, mamá, mañana hablamos, necesito descansar.
-          ¿No cenaras, hijo?
-          No, madre, no tengo hambre. Buenas noches.
-          Ay… hijo.
Rocco deja la baraja a un lado y vuelve al espejo. Tiene en frente a un desconocido; poco a poco deja de ser él.
Guarda las cartas en su caja. Vuelve a ponerse el pijama y se acuesta. Prefiere hacer un nuevo intento por dormir antes que mantenerse aguantando ese dolor que ha crecido hasta el tamaño de un puño… dolor al que sabe nunca terminará de acostumbrarse, y que no lo dejó dormir la madrugada pasada, y que lo mantiene alterado y confundido, a causa de la mancha esa que no para de crecer y esos cambios de personalidad, gustos y fisionomía que la acompañan. Se siente como otro, ya ni enciende el televisor; tal vez la calma total lo ayude a descansar. Cierra los ojos y se apoltrona en sus almohadas. Intenta no pensar en cómo se le abre el pecho.
Está todo oscuro. Rocco abre los ojos. Penumbra, vacío, logra ver las siluetas de sus objetos con bastante dificultad. No escucha nada aparte de su propia respiración, su tragar saliva. No siente ni frío ni calor, escondido entre sus sábanas, lo único que siente es el dolor en el pecho que ahí continúa, y que sigue y sigue expandiéndose.
Un zumbido lo hace abrir nuevamente los ojos. La habitación se encuentra bañada por una luz azul muy tenue, una luz azul que sale desde abajo de su cama. Rocco intenta moverse pero no puede, hace un esfuerzo pero inútil. Intenta gritar pero su boca no abre. Solo puede mover los ojos, solo puede mirar de acá para allá como esos cuadros de espionaje: un cuerpo, un rostro inerte, con su par de glóbulos que vacilan a voluntad, que exploran el techo de la habitación.
El dolor no aumenta, pero se hace más vivo, como si su cerebro se concentrase en él después de tanto esfuerzo por olvidarlo. Casi puede sentir cómo su pecho se abre por la mitad, pero no es hasta que una masa amorfa sale de abajo de su cama que se convierte en un hecho para él; no es idea suya. La criatura produce la luz, una suerte de aura azulada la recubre, la hace oscura e indeterminadamente hermosa. Se ubica encima de Rocco, que puede verla con claridad. Tiene ojos, tiene ojos penetrantes, vacíos, como los de un sapo. No tiene rostro ni forma, sólo ese par de perlas brillantes en toda la oscuridad que la conforma, un par de perlas que reflejan su propio brillo azul, que miran directamente hacia el pecho de Rocco. La criatura estira una extremidad, de la  cual sobresale una especie de garra. Rocco sigue intentando gritar, pedir auxilio, pero es inútil, solo sonidos guturales, ni una palabra sale de su boca cerrada, ningún músculo de su cuerpo le responde. La criatura ubica la garra a la altura de la mancha, del dolor, y lo vuelve más punzante. Rocco ya no solo siente que el pecho se le abre, sino además el frio de esa garra que no lo toca, pero que perfora su tórax, haciendo una incisión perfecta, removiendo cautelosa, lentamente, su corazón, que empieza a salir, despacio, poco a poco, sin ser tocado por el monstruo, abandona su cavidad abriéndose paso por entre la carne seccionada. Rocco ya no solo siente, ahora consigue ver su corazón levitando delante de él, dominado como un títere de cuerdas por el la bestia, que empieza a acercárselo…
Una explosión lastima su oído, infinitas partículas de tierra le caen encima. Escucha ráfagas de balas golpeando por encima de su cabeza. El pecho ya no le duele. Abre los ojos. Está guarnecido tras un desnivel. Nota que lleva consigo un rifle, lo tiene bien agarrado, nota también que lleva uniforme militar y parece antiguo, color verde tierra. Más explosiones, la tierra vuelve a saltar a su alrededor. Escucha aviones, levanta la vista y los ve. A uno le dan y empieza a caer vertiginosamente y se estrella en el mar. Revisa sus bolsillos, tiene balas, pero además… una baraja de cartas rúnicas que queda mirando asombrado por unos segundos, vuelve a guardarla y se oculta de la tierra que salpica. Mira a su alrededor: cuerpos machacados por las balas, cuerpos de gente que no conoce, pero con los que por alguna extraña razón se siente profundamente vinculado. Jhonson, musita casi sin notarlo, y sin notarlo se llena de cólera, odio hacia esos malditos alemanes. Ahora sabe dónde está, lo comprende como si de pronto el conocimiento se activara en su mente: Se encuentra en alguna playa de Normandía, durante el famoso desembarco de las fuerzas aliadas. Empieza a recordar que los muertos a su alrededor son hombres de su escuadrón... Y entiende que no saldrá vivo de esta.

II

La música lo despierta. Es un ritmo caribeño el que suena con el rasgar de la guitarra. Winston está cansado, demasiado como para hacerle caso a la pequeña fiesta que intentan organizar sus compañeros. Todos están preocupados, y es por eso que actúan de esa manera, es por eso que se divierten de amanecida antes de ir a la batalla. Saben que será algo grande; la práctica de desembarco que hicieron fue enorme. Eso significa que la operación será gigantesca, será la batalla de las batallas y todos en ese barco participarían de ella.
Winston huele humo de cigarrillo. Se incorpora sobre su cama y se agacha a buscar su maletín: ahí tiene los suyos. Los saca con su encendedor, prende uno y empieza a escuchar qué dicen sus compañeros de escuadrón. Todos comentan estupideces, hablan de lo hermosas que son sus mujeres, de cuánto dinero ganaron apostando, de sus trabajos en restaurantes o sus vidas familiares alejadas de todo lo malo, algunos más avezados recuerdan con nostalgia su época de abusivos, de adolescentes con demasiada testosterona, o simplemente su capacidad para encantar a las mujeres. Todos ríen; todos saben que posiblemente no regresen. Serán parte de la primera oleada, la primera oleada siempre es la que más bajas recibe. Pero no importa, ya no importa. Ya están en esto y no hay marcha atrás. Desertar tampoco es una opción, la vergüenza caería sobre sus hombros y probablemente terminasen echando a los desertores a los peces. Era demasiado tarde para volver a pensarlo, era demasiado tarde para salir, para no desembarcar en Francia.
Termina su cigarrillo y vuelve a acostarse, no le interesa charlar, le parecen demasiado superficiales. Sin embargo, y pese a todo, les tiene cariño, lleva con ellos buen tiempo, y entre los escuadrones se terminan formando vínculos importantes, vínculos que siquiera rozan con la cortesía y la consideración. No es que Winston no los soporte, es solo que le parecen estúpidos; son sus colegas, pero son estúpidos, qué se puede hacer.
Al cabo de unos minutos comprende que no se le hará tan fácil volver a dormir. En ese momento, un soldado de otro escuadrón entra al dormitorio, saluda a todos como si los conociera de tiempo, y se dirige hacia la esquina, donde se encuentra Winston. Toma asiendo en el catre contiguo al de Winston y le alcanza una cajetilla de cigarrillos mientras pregunta:
-          ¿Quieres?
Winston toma un cigarrillo, el soldado se lo enciende.
-          ¿Qué haces acá? – le pregunta Winston.
-          Vine a verte un rato. Estás con puros cadáveres – habla bajo, intentando conservar la conversación solo entre los dos.
-          Espero que no. Les tengo cariño – responde Winston, también intentando que no lo escuchen.
-          Solo con verlos sé que están muertos – dice el soldado con una sonrisa –, mira al cubano, ese no sabe ni donde está. Tocando una guitarra…
-          Son buenos hombres. Pero es cierto, son estúpidos… Dime, qué quieres.
-          Solo saludarte, en serio, solo eso. ¿Acaso tiene algo de malo que un amigo se acuerde de otro?
-          Tú no tienes amigos. Y tampoco te considero mi amigo.
El soldado ríe. Lo hace de tal forma que llama la atención de los demás, deteniendo por un momento el blues que venía sonando. Voltea para disculparse y vuelve a conversar con Winston, que se encuentra dando una calada al cigarrillo.
-          Es grande esto a lo que vamos, lo sabes, ¿cierto? – le dice el soldado mirándolo fijamente a los ojos.
-          Sí, lo sé. Pude verlo en las cartas.
-          Vamos a Omaha, según los registros, ahí se llevará a cabo la batalla más salvaje de todo el desembarco. Nos espera una buena – comenta con una sonrisa de oreja a oreja el soldado –. Muchos muertos, heridos… mucho todo. Y la veremos en vivo. Mejor que cualquier película, ya verás.
-          Hubiese preferido no saber eso.
-          En algún momento lo sabrías. No en esta vida, claro está. Ya que tú morirás. Eso lo sabes. Pero en tu siguiente vida te aseguro que sabrás cómo terminó este suceso histórico... Debería ser así, a menos que tu reencarnación sea realmente estúpida. Pero no lo creo, lo he observado un par de veces, es un tipo normal. Físicamente son parecidos, no iguales, pero sí parecidos. ¿Te he mencionado que te follé en esa vida en la que fuiste mujer?... Tienes suerte de ser hombre en la próxima, pese a todas las reformas que se vienen, los hombres siguen en la palestra…
-          Dime qué mierda quieres o lárgate de una vez – dice Winston casi susurrando.
-          Agradece que no serás animal… eso es realmente triste.
-          ¿Sólo quieres joderme, cierto?
-          Winston, tú, tan, pero tan inteligente siempre. Te veo más tarde, ¿ok? Tengo una oferta para ti, pero creo que no es el momento, ya habrá un momento más indicado. Hay un juego, Winston, un juego que creo estarás dispuesto a jugar.
-          Solo lárgate y no me jodas – dice Winston volviendo a acostarse sobre su catre.
El soldado le da una palmada en el hombro y se despide, se da la mano con los demás habitantes de la barraca y sale por donde entró.
Winston espera un momento y se levanta. Las palabras del soldado lo perturbaron, lo hicieron pensar demasiado y sentir lástima por sus compañeros. Busca en su mochila su baraja de cartas rúnicas y se dirige hacia los catres donde se encuentran todos, que siguen jugando con la guitarra, probando ritmos distintos, desde country hasta mambo. Pide que alguien le invite un cigarrillo y es Johnson quien se lo convida. Empieza a contar su historia, les dice que viene de una familia gitana que terminó asentándose en Nueva York a mediados de 1900, comenta que es parte de la primera generación nacida en América y también que cantidad de conocimientos arcanos fueron aprendidos por él desde infante, haciéndolo un gran adivinador. En ese momento Winston saca las cartas de su bolsillo y empieza a barajarlas. Algo pasa entre los espectadores, una sensación extraña comienza a recorrerlos, y lo comentan, dicen que sienten sus cuerpos más pesados, como si la gravedad hubiese cambiado de pronto. Winston solo sonríe y empieza a repartir las cartas. Lo que ve lo sobresalta: Muerte, muerte, muerte. Por todos lados la muerte asoma; su escuadrón será uno de los tantos sacrificios necesarios para terminar con esa guerra que ya lleva años y millones de vidas. Pero no lo dice, todos están aturdidos por su poder; están vulnerables, darles semejante noticia sería matarlos antes que suban al landing craft. Les dice que algunos morirán, que no sabe quiénes exactamente, pero que sus bajas serán mínimas, que la playa será tomada con “cierta” facilidad, y que las tropas enemigas estarán diezmadas a causa de los aliados, posiblemente por bombardeos de la RAF o la resistencia francesa. Crea lo que le parece importante crear: esperanza entre sus compañeros, que se dirigen hacia sus últimas horas.
A las cinco de la madrugada los despiertan: Es hora de alistarse. Todos parecen tranquilos. Preparan sus cosas en silencio. Guardan los cigarrillos, la morfina, las balas, dan una última checada al rifle, revisan la cartuchera con la pistola, la mochila, el encendedor, el casco, la foto de Rita Hayworth dentro del casco. Todos callados, sin decir una palabra, como sabiendo que se aproximan a su fin y no tuviese el mínimo sentido desperdiciar su aliento con los amigos en lugar de gastarlo para destripar a los malditos nazis.
A las seis de la mañana los escuadrones empiezan a abordar los landing craft. Winston, como líder de escuadrón, forma a sus colegas para escuchar las palabras su teniente, quien los conmina a desahogar toda su ira, terror y odio contra los “enemigos de la libertad”; dice que a la mañana siguiente estarán desayunando sobre los cuerpos de los alemanes, y dentro de las hijas de los franceses fascistas. Un par de curas terminan de bendecir a los navíos que se preparan para salir. Los soldados se encuentran parados, esperando. Los landing craft aceleran y un tropel de estos empieza a surcar las olas.
Winston no puede ver nada más que el cielo desde donde se encuentra. Todos los hombres permanecen callados, algunos murmuran versos religiosos, se encomiendan a su Dios. Las olas golpean contra el casco de madera de la nave, que se bambolea bruscamente. Escuchan a sus aviones surcar los cielos.
Y el infierno comienza.
Balas y más balas golpean la rampa de metal del landing craft, otras golpean en los enchapados de metal de la lancha, pocas son las que perforan el casco de madera hiriendo a dos de los hombres. Las explosiones de los cañones se escuchan desde ambos flancos. El agua salpica mientras más se acercan, escuchan gritos aquí y allá; vienen desde las lanchas. Ve a sus aviones enfrascados en batallas con la Luftwaffe; un caza enemigo es abatido y empieza a desplomarse. El agua sigue saltando, el sonido de las explosiones es ensordecedor, los aviones dejan sus propias melodías en los cielos cubiertos del humo gris consecuencia de la pólvora, las balas siguen golpeando el landing craft y el conductor les dice que se preparen para salir.
La rampa baja de golpe mostrando un panorama desolador, un panorama que los invade como una ráfaga de metralla que chamusca el rostro de uno de los soldados. Todos empiezan a desembarcar, los hombres caen al mar ensangrentado, que los espera con alambres de púas y otras trampas que no les permiten salir del agua, que los obligan a ahogarse con los muslos y las piernas perforadas, con las balas que ya no pueden esquivar reventando sus cuerpos. Los que consiguen tocar tierra lo hacen caminando sobre los cadáveres de sus compañeros, intentando no entrar en pánico, esquivando los disparos enemigos casi de milagro, para luego arrastrarse por la arena que va saltando al compás de las explosiones, convirtiéndose en un blanco fácil para las torretas que disparan desde lo alto de las defensas enemigas, evitando las minas hasta encontrar refugio tras las gigantescas defensas de metal para detener tanques, pero es solo momentáneo pues siguen estando en la mira, así que continúan su camino, buscando un desnivel, un lugar donde cubrirse.
Winston se oculta en un agujero que dejó la artillería. Está alterado, no sabe a dónde disparar, parece que los nazis estuviesen por todos lados. No puede ver nada más que la tierra saltando a su alrededor, no puede escuchar nada más que disparos, gritos de dolor e improperios que no lo ayudan a tomar ninguna decisión más que mantenerse ahí hasta decidir qué hacer exactamente. Se asoma para rápidamente ocultarse de una ráfaga de balas que golpea a menos de un metro; pero vio suficiente, ya sabe hacia dónde dirigirse: parte de su escuadrón se encuentra en un desnivel un poco más adelante. Respira profundo y sale agachado, corriendo lo más rápido que puede. Sus piernas esquivan balas, cuerpos completos y partes de ellos, también algunas minas que reconoce con facilidad. Llega y se cubre junto a sus compañeros. Asoma y da un par de disparos, no sabe exactamente a dónde, pero espera que sirva de algo. Sus compañeros hacen lo mismo, se asoman para disparar y, rápidamente, se cubren de la ráfaga de balas que les vienen encima, de las explosiones que hacen saltar tierra hacia ellos, y vuelven a asomarse para disparar.
De pronto, Winston siente un golpe seco que impacta cada parte de su cuerpo, y sale despedido varios metros por la fuerza de una explosión; un mortero dio bastante cerca.
Todo le da vueltas, está desubicado, un potente silbido lastima sus oídos, pero con las fuerzas que le queda se arrastra para volver a su posición. En ese momento los sonidos de la batalla parecen haber desaparecido, sin embargo, mientras más avanza, el infierno vuelve a escucharse, lenta, progresivamente, poco a poco va acallando al silbido para terminar tornándose nuevamente en realidad, como una radio a la que se le sube el volumen de a pocos, la música deja de ser ambiental para convertirse en un todo capaz de imponerse, de absorberlo y volverlo parte de sí. Ya no es más Winston desembarcando en Omaha, es Omaha demostrándole a Wisnton que es más grande y fuerte que él, que es más real que cualquier cosa que haya conocido, y que Omaha puede ser sin Winston, pero nunca más, Winston será sin Omaha.
Ve los cuerpos de sus compañeros magullados, hechos pedazos por balas y las explosiones que no paran, que siguen haciendo saltar tierra por doquier, tierra que se le mete a los ojos y no le permite ver como su viejo amigo se acerca.
-          ¡Está de puta madre, no! – dice el soldado ya sentado a su lado.
Winston lo mira extrañado, no esperaba encontrarlo en tales circunstancias. Si se había aparecido era para cumplir su palabra; ese debía ser el momento indicado que mencionó: Lo considera un hecho, está por morir.
-          ¿Así es el infierno? – pregunta resignado.
-          No, el infierno no es tan violento – contesta el soldado enseñando sus amarillentos dientes de fumador –. ¿Quieres un cigarrillo?
Winston toma uno de la cajetilla que le acerca el soldado y saca su mechero para encenderlo él mismo, dejando su rifle a un lado, cubriendo del inclemente viento y la tierra que no deja de saltar, con ambas manos, la lumbre que busca extinguirse.
-          No debes soltar nunca tu M1. Ni para prender un cigarrillo.
-          No hay otra forma, mucho viento.
Se cubren de una explosión agachando la cabeza y tapándose con sus brazos.
-          ¿No te parece hermoso? – dice el soldado levantando la voz. – Qué obra de arte realmente. El ser humano expresándose como tal.
-          Esto es horrible. Es lo más horrible que he visto en mi vida – corrige Winston en tono bastante sereno, como si viniese pensándolo ya un rato.
-          Todo es según el color del cristal con que se mire… Pero no estoy aquí para hablar sobre estética; he venido para hacer un trato – el soldado lo mira de reojo mientras tantea su rifle con las manos, como esperando el momento indicado para salir a disparar.
-          Contigo no se hace tratos – contesta Winston dándole una calada al cigarrillo.
-          Pero esto te interesará. Estoy seguro. Te daré una oportunidad de seguir viviendo sin que me debas absolutamente nada.
-          Tú siempre cobras.
El soldado pone su mano sobre el casco de Winston y lo obliga a agacharse, haciéndolo junto con él. Una explosión a unos metros levanta cantidad de tierra. Esperan unos segundos y se reincorporan.
-          Pero tú me caes bien – retoma la conversación el soldado –, y quiero divertirme, creo que serías un buen contrincante. Ya te dije que lo que quiero, Winston. Quiero que juguemos un juego. Mi juego.
-          No me interesa. No tienes que insistir, es inútil.
-          Pero no me deberás nada si ganas, te podrás quedar con tu esencia de mierda que tanto te importa. Además, estás por morir, mejor escucha mi oferta, ¿no? ¿O quieres terminar como tus colegas?
Winston no necesita volver la mirada para toparse con los rostros magullados, con los restos de piernas, brazos, tórax y cabezas que hay por doquier, siendo rematadas por las balas enemigas, embarrándolos a él y al soldado no solo con la tierra que salpica; también sangre fresca y fangosa termina en sus rostros, en sus uniformes. No necesita volverse para saber que está viviendo un infierno, no necesita asomar la cabeza para sentir que está a punto de cagarse del miedo. No necesita nada para saber que no quiere seguir ahí, que no quiere morir así; sería un desperdicio. No ha aprendido tanto para terminar muerto como un animal, en mitad de una guerra idiota como todas las guerras. Hasta hace poco no tenía miedo, no le importaba entregar su vida por la “libertad”;  pero qué se iba a imaginar tamaño horror. Hubiese esperado cualquier cosa menos esto, hubiese podido aguantar días en alguna trinchera de mierda, o pasar hambre, incluso soportar los gases mostaza... Pero esto… esto es demasiado rápido, demasiado violento, demasiado acelerado como para encontrar calma, como para poder pensar y asumir la situación; como para no sentir miedo. Sí, sabe que morirá… A eso no le teme, es algo distinto; es la situación, es ver a sus amigos magullados, irreconocibles entre la tierra y la arena; es el ruido, incesante, inclemente que entra por sus oídos, son las balas que no paran de rebotar por sobre él, los aviones disparando y cayendo, los cañones de sus barcos y de las defensas enemigas, la tierra que se levanta con pedazos de gente, los gritos, desgarradores gritos de dolor que no consiguen ser calmados por morfina.
-          ¿Qué propones? – dice por fin Winston.
-          Ahhhhhh… – dice el soldado con una sonrisa de boca abierta – nunca me equivoco, ¿viste?
-          Habla, qué propones – dice Winston cubriéndose de las esquirlas que levanta una ráfaga de disparos por encima suyo.
-          Te dejo vivir y otro muere en tu lugar.
-          ¿Qué otro?
-          Tu yo futuro. Ese de quien te hablé. No me parece un ser interesante, así que prefiero que él muera a que lo hagas tú.
El soldado toma su rifle y se asoma.
-          He visto a uno – dice cerrando su ojo izquierdo para conseguir ver mejor. Dispara y vuelve a resguardarse –. Le di – musita riendo ligeramente.
-          ¿Y qué quieres de mí a cambio? – pregunta Winston mirando fijamente al soldado.
-          Que juegues conmigo, Winston. Yo te permito vivir y tú juegas conmigo.
-          ¿Qué juego?
-          Uno donde te persigo y tú huyes. Si sobrevives el tiempo suficiente, ganas, y con ello la posibilidad de conservar tú esencia.
-          ¿Cuánto tiempo?
-          Dos años. ¿Qué dices, te sientes lo suficientemente hábil como para vencerme en mi propio juego? ¿O prefieres morir como el resto acá? Vamos, juguemos, sabes que será interesante.
-          Dos años…
-          Sólo dos años. Podrías ganar, quién sabe, tienes buen cerebro. Verás que nos divertiremos. Convéncete, que no tienes demasiado tiempo, en unos minutos comienza un bombardeo a toda esta zona. Te aseguro que no sobrevivirás hagas lo que hagas. ¿Qué dices?
-          Dos años, y luego sigo vivo y ya no me jodes – Winston y el soldado estrechan sus manos sellando el contrato. Y Winston siente cómo un enorme vacío se apodera de él. Siente cómo si su pecho empezara a abrirse… Un dolor que no puede explicar.
-          Dolerá un poco. Hay que intercambiar de corazones – explica el soldado mientras la vista de Winston se nubla, mientras todo a su alrededor empieza a girar y una tonalidad azul es la que lo deja completamente ciego.
La niebla azulada es lo único que ve, que siente, lo único que escucha. Parece alejado, completamente alejado de Omaha, alejado de las balas y las explosiones, los pedazos de cuerpo y los gritos, esos malditos gritos que sabe nunca dejará de escuchar en lo más profundo de su mente, que lo despiertan sobre una cama, alterado, en medio de una habitación iluminada por la luz del día, una habitación que no conoce, y que no conocerá. Debe escapar ya, salir corriendo y no parar por dos años…




domingo, 3 de noviembre de 2013

Nuevo libro: Campos de Batalla

¿Qué es campos de batalla?

Fantasía épica. Priman la acción y la aventura. Diferentes historias se enmarañan mientras Ivan, soldado que regresó de la guerra, cuenta a su madre todas las desgracias que vivió durante sus días de servicio, además de la historia oculta tras el espíritu de la violencia y de la muerte, Viorte, que obliga a los reinos a entrar en conflicto. ‹‹Campos de batalla, una novela que remite a un universo medieval, similar al de El señor de los anillos... demuestra que este tipo de ficciones, bien hechas, pueden ser mucho más que simple entretenimiento y evasión›› (Javier Ágreda, La República). ‹‹Quizás la principal virtud, además de la ambición del autor por poner en carpeta una novela de este corte, es la fluidez de la prosa y su variedad de recursos creativos a la hora de recrear batallas›› (Gianfranco Hereña, El buen librero). ‹‹Este nuevo libro de Carlos de la Torre Paredes tiene un estilo pulcro, además, da testimonio de su dominio de la teoría de la literatura fantástica al escoger el difícil subgénero de la fantasía épica.›› (Benjamín Román, Más que imaginar).










sábado, 12 de octubre de 2013

(Video) Durante simposio de literatura fantástica: Seres y habitantes de mundos imposibles

El jueves 19 de septiembre, en una mesa de autores, junto a los escritores Moisés Jauregui Cortez y Carlos Enrique Saldivar,durante el simposio de literatura fantástica peruana: Seres y habitantes de mundos imposibles, organizado por la revista Umbral de literatura fantástica, tuve el placer de hablar un poco sobre mi novela Los viejos salvajes.







martes, 24 de septiembre de 2013

(Video) Carlos de la Torre Paredes entrevistado por Lenin Solano Ambía.

Excelente entrevista realizada por el autor Lenin Solano Ambía a principios de este año sobre mi novela Los viejos salvajes, dentro de las instalaciones de la institución educativa María Alvarado "Lima High School". Una agradable experiencia compartiendo con el colega Lenin y sus alumnos, en quienes sembró el gusto por la literatura. 







jueves, 20 de junio de 2013

Cuento: Talk Show

Muy pronto la televisión,
para ejercer su influencia soberana,
recorrerá en todos los sentidos
toda la maquinaria y todo el bullicio
de las relaciones humanas.

MARTIN HEIDEGGER.

I

Guarda la llave en su bolsillo.
Intentando hacer el menor ruido posible gira el picaporte. Despacio, muy despacio. Siente cómo la pequeña lengua de metal se guarnece en esa, su boca, de la que saldrá pronto: ni bien suelte el picaporte. La lengua debería saltar, pero él no dejará que suceda. Eso sería ruidoso, y no ha hecho el menor ruido hasta ahora. Ha invertido tiempo en que los giros de la llave no retumben en el interior de su casa. Paso a paso los gruesos brazos que hacen segura a una puerta fueron guardados en las cavidades especialmente adaptadas para ellos, sin hacer el menor ruido. No cometerá el error al final. Él no lo escucha pero lo siente, ese “clic” indica el final del trance, la olla al final del arcoíris, la puerta abierta.
Respira profundamente antes de entrar. Empuja la puerta con una delicadeza difícil de igualar. Las bisagras bien engrasadas cumplen el rol de cómplice: él y su puerta ahora son íntimos, se confían la vida y el confort. Primero una pierna. Despacio, muy despacio. Luego el cuerpo. Así, exactamente. Luego la otra. Ya estoy dentro… Pero el sonido de un objeto golpeando la pared a centímetros de su rostro lo detiene. Ha sido en vano. Todo el trabajo que se tomó para que no sucediera se fue al agua. No se durmió. La loca de mierda lo esperó despierta, sentada en ese remedo de sofá que con algo de esfuerzo físico queda de cara hacia la puerta de ingreso y ya no hacia el televisor.
-          ¡¿Qué te pasa?! – Dice Javier prendiendo la luz.
-          ¡¿Sabes qué hora es?! De seguro has estado tomando, carajo. Estoy cansada de ti, infeliz – dice ella con una histeria que se refleja no solo en sus ojos y rostro, sino en todo su cuerpo que parece temblar.
-          A mí no me hablas así, pedazo de mierda – se abalanza hacia ella para abofetearla con la parte externa de la mano. Pero se detiene. La mira con desprecio.
-          Golpéame, concha de tu madre, golpéame –. Su rostro sigue indicando furia, pero su cuerpo ahora demuestra temor, el ligero temblor ha pasado a convertirse en casi una convulsión.
-          ¿Qué tienes, ah? Ya cánsate.
-          Tu cánsate, mierda. Cánsate de tirarte la plata en licor y prostitutas.
-          Yo me saco la mierda todo el día para traer comida a esta casa, miserable...
-          Si no fuera por Matías… hace tiempo me hubiera largado.
-          ¿A dónde mierda te vas a ir?... igual, si te vas, yo te encuentro y ahí si te saco la mierda. Déjate de cojudeces y sírveme la comida.
-          … - su mirada se encuentra extraviada, está pensando, o tal vez sólo se ha quedado ahí, congelada, sin pensar en absolutamente nada; hasta parece haber olvidado parpadear - … ya. Un rato. – es todo lo que dice y vuelve al mutismo que acababa de abordarla.
Javier voltea para cerciorarse. Sonríe al notar que no se equivocó. Su mujer lo atacó con una botella de agua. Le agrada que no sea irresponsable. Platos, ceniceros… no hay plata para atacarse con eso, y es bueno que ella respete esa regla. Pero sabe que tiene razón. Podría pagarle el inglés a su hijo si no le fuera inevitable gastarse unos soles tomando con los amigos de la cuadra. Taxear más tiempo se le haría imposible, el cuerpo no le da y mucho menos como para pensar en otro trabajo. Doce horas manejando un auto le destruye el cuerpo a cualquiera y más aún a cualquiera con sus hábitos.
Vanessa se mantiene sentada en el corroído sofá, sin moverse. Parece que no fuera a levantarse para servir la comida. No importa. Javier realmente no está interesado en comer. Él quiere primero orinar y luego dormir. Ya por la mañana, en cinco horas, comerá algo, tal vez los restos de la cena de esa noche. Y luego al trabajo, siempre al aburrido trabajo que le consume todo el día y destruye sus riñones, ya bastante maltratados desde hace años; ni hablar de su hígado, órgano que definitivamente su esposa no sabe cuidar. Cómo lo hace renegar, cómo lo saca de quicio. Lo jode por todo, por todo pone el dedo en la llaga, no entiende la idea de convivencia y hasta lo cela… ‹‹que por qué esto, que por qué aquello. Al carajo. Por eso son mejores las putas, porque no dicen nada más que “qué rico”››, piensa el hombre de familia cansado de su familia.

Pese a todo su razonamiento el subconsciente lo ataca por la noche. Sueña, no sabe qué, porque no es de las personas que recuerden lo que sueñan. Pero como el sueño es casi una experiencia, de éste también se aprende. Y Javier empieza a sentir cierta culpa por la mañana: tal vez debía tomarse una cervecita menos cada día. O tal vez debería retirarse del compromiso de pagarles una ronda a todos una vez por mes, como hacían y siguen haciendo los más queridos del bar de su calle. Podría pagarle el inglés a su hijo. ‹‹¿Será mío?››. La idea le viene de pronto. ‹‹¿Lo había pensando antes?, sí, cuando recién nació y tenía esa extraña nariz››, que luego se enteró pertenecía a su madre, previo a cualquier tipo de intervención quirúrgica. Cuando le preguntó cómo es que pagó eso, ella le explicó que un par de años antes de conocerlo, una ONG brindó un servicio gratuito de cirugía plástica porque, según decían: todos deben ser bellos… o algo por el estilo. Javier quedó convencido de que es su hijo. Y sí lo es. Ya no lo duda. Tiene su carácter. Su mirada.
Tal vez haya forma de ganar más dinero… podría preguntar. Iván, uno de los taxistas, vive bien, y ha escuchado de boca de otros que él consigue dinero fácil para cualquiera que esté dispuesto a humillarse un poco. Javier imagina que se trata de bailar desnudo para ancianas decrépitas, no cree que con su edad ni su físico lo destinen a jóvenes que piensan divertirse un poco antes de casarse. Pero qué más da, si pagan bien y es una vez por semana, él está seguro que puede hacerlo.
El desayuno consiste en la cena de la noche anterior recalentada. Su mujer sigue con la mirada y la expresión ausente cuando la sirve. Él no pregunta qué pasa, sabe lo qué pasa, está pensando estupideces. Está pensando en largarse y en la paliza que recibirá si lo hace. Él pide que lo disculpe por lo de ayer por la noche. Fue demasiado, responde ella, y sus ojos se ponen vidriosos, como si quisiera llorar. Sí, lo sé, pero tú, por qué me haces eso… es horrible que en tu propia casa te estén vigilando, esto se convierte en una prisión, ¿cómo no quieres que me largue a beber con los muchachos si acá me siento prisionero? Ella no dice nada. Matías ha entrado al comedor, se sienta a la mesa a esperar su desayuno. Al niño se le sirve un par de minúsculos panes con un poco de tamal. Los padres no vuelven a hablar esa mañana. 
Javier sale de casa en dirección al paradero de buses. Tiene que tomar un bus por cincuenta centavos para llegar a su trabajo, no está lejos, pero es un gasto que su esposa le pide evitar. Ella le dice: camina, son solo 10 cuadras. Pero son 10 cuadras, él le responde, y con eso termina la discusión. La verdad es que estar en un taxi cansa las piernas, uno se desacostumbra a caminar, y Javier no está en edad para volver a acostumbrarse a nada. Ya se siente viejo para todo, pese a que no lo está tanto, pero el licor y los cigarrillos han causado su efecto en su propia sensación sobre su cuerpo. Él se siente acabado, teniendo menos de cincuenta años.

En la estación de taxis busca a Iván; si alguien podía tener algo para él sería Iván, y qué importa un polvo con una anciana asquerosa si con eso puede pagarle el inglés a su hijo: realmente quiere a ese niño y está dispuesto a demostrárselo hasta a sí mismo.
Iván está fumando un cigarrillo mientras habla por celular con alguien con quien tiene buen trato. “Hermano” le dice, “todo bien”, “para qué estamos si no” y demás frases típicas de conversaciones cordiales, podría tratarse efectivamente de su hermano, pero podría ser cualquier otra persona también, tal vez uno de los contactos que ahora Javier necesita. Le entran ganas de hablar, de decir: si necesitas un hombre, para lo que fuese, cualquier vieja de mierda, piensa en mí, hermano. Pero Javier se contiene, algo dentro de él le dice que hacer eso no es lo correcto. Sería una mala carta de presentación y podrían terminar por pagarle una miseria.
Se acerca un poco más a Iván. Él lo mira con el rabillo del ojo y le hace una señal de “espera un momento” con la mano. Javier espera a que termine de hablar.
-          Dime, Javier, ¿qué pasa? – pregunta por fin Iván.
-          Necesito dinero. Dicen que tú le consigues dinero fácil a quien sea. Eso dicen. – Javier siente algo de vergüenza, no lo había pensado, pero al enfrentarse a la situación se siente en desventaja. Iván podría decir que no solo para ridiculizarlo, para burlarse internamente de su miseria.
-          Sí, es cierto, siempre necesito a alguien, pero es esporádico, bueno, es decir, si te hago el contacto, es para una vez, y luego si quieres volver a “trabajar”, tienes que esperar por lo menos 6 meses – Iván se muestra muy serio –. La paga es buena: 300 soles por un día de trabajo. Es más de lo que ganamos acá en una semana. Además te entregan premios y otras cosas por trabajar con este contacto que te digo.
-          Me interesa. Definitivamente me interesa.
-          Excelente. Mira, si puedes hacer que tu familia también trabaje sería bestial. Por familia pagan un poco más, 350 a cada uno. Toma este numero – e Iván le entrega una tarjeta –. Llama, ellos colgarán y te devolverán la llamada, diles que te mando yo: Iván Pelayo.

La tarjeta es blanca, impresa por un solo lado, tiene un único número en la parte inferior izquierda y una sola oración a la mitad de todo que dice bastante claro: atención las 24 horas. Así que Javier no se preocupa en llamar antes de terminar su ronda diaria con el taxi. Resulta ser un día cualquiera, gana lo regular y no intentan asaltarlo. Ni bueno ni malo. Un día cualquiera que termina cuando el taxista se dirige a una bodega a recargar su teléfono celular con 3 soles para llamar. Marca el número que está en la tarjeta e inmediatamente, luego del primer timbrazo, le cuelgan desde el otro lado.
A los pocos segundos al celular de Javier entra la llamada.
-          Producción de Doña Malenestra – dice una gruesa voz de mujer que deja sin aliento por un segundo a Javier, quien siente que se le para el corazón –. ¿Con quién tenemos el gusto?
-          Javier Vidal – contesta con voz temblorosa –. Iván Pelayo me dio su tarjeta.
-          Ah… Iván, excelente. Imagino que tienes familia entonces.
-          Sí.
-          ¿Cuántos son ustedes?
-          Somos tres, yo, mi esposa, mi hijo.
-          Perfecto, ¿crees que todos podrían participar? Imagino que Iván ya te explicó lo que damos. Pero además, estos meses estamos dando más incentivos aún. Si desempeñas un buen papel podría agregarse 100 soles a tu pago, por cada uno que nos colabore 100 soles más, dependiendo qué tan bien trabajen.
-          No sé si mi esposa quiera que mi hijo trabaje.
-          Le explicas que es algo simple, nada del otro mundo y muy bien remunerado. ¿Has visto el programa?
-          ¿El de Doña Malenestra…? – Javier nota que hay algo de complicado al decir ese nombre, tal vez la entonación –. Sí, claro. El de la vieja y fea bruja.
-          Perfecto. Entonces conoces la dinámica. Mira. Necesito que convenzas a tu familia. Tú los convences y nos das una timbrada. Nosotros te devolvemos la llamada para que no gastes tu dinero. Por lo pronto, ve viendo y haz que ellos vean el programa, necesitamos que lo conozcan pues sólo se hará una práctica un par de horas antes del show, que es en vivo.
-          ¿Qué haremos exactamente? – pregunta Javier sin terminar de entender cuál será su labor.
-          Oye, ¿eres estúpido, no?... No importa, mejor: siempre es bueno tener un estúpido. Participaras de un Talk Show: serás nuestro desgraciado.

II

Esta vez llega a casa temprano. No se ha dado tiempo para salir con los muchachos del trabajo. Hoy no tiene razones para ocultarse. Si su mujer quiere confrontarlo pues tendrá que aguantar sus reprimendas. Tiene que convencerla de participar en el show y sabe perfectamente que si intenta obligarla será más complicado que coopere. Sólo basta con convencerla. Matías no podría decir que no a lo que le exijan sus padres, o por lo menos de eso está convencido el padre de familia autoritario. Por último ¿qué independencia podría argumentar un niño de 10 años? Él tendrá que ir y hacer los que sus padres le pidan. No puede decir que no, así no quiera tendrá que ir a ayudar a ganar esos mil soles que tanto bien le harían a la familia.
Cuando Javier ve a Vanessa poco le falta para arrodillarse. Lo primero que le dice es perdón, pero ella no lo siente sincero y sigue en lo suyo: calentar la cena para el esposo que después de mucho tiempo llega a la hora de la cena. Él piensa en arrodillarse de verdad y besarle los pies, pero eso lo pondría en una situación de demasiada inferioridad que luego podría ser aprovechado por su mujer; hay ideas que no son prudentes, y las que le vienen a la mente, Javier las bloquea de golpe. “Amor, discúlpame”. “Yo sé que lo he dicho muchas veces”, “pero hay algo que puede mejorar toda mi vida”. Pero no lo escucha. Ella sigue en lo suyo, sigue haciendo girar una y otra vez la desgraciada sopa que más bien es una sustancia, sigue haciendo dar vueltas al arroz para que no se queme, sigue deseando que su marido se calle la boca y vaya a conseguir el dinero para comprar algo de carne, así sea pollo, con que acompañar esa cena vegetariana que con cierto desprecio le sirve.
– Amor, necesito que estés bien, que estés tranquila. Si todo sale bien, tendremos plata, suficiente como para pagarle el inglés al niño, suficiente para comprar carne de vez en cuando.   – Ya estoy cansada de ti y las tonterías que hablas. Ya cállate.   – Amor, en serio. Son más de mil soles que podríamos ganar.  – ¿Mil soles? Jajaja. ¿Vas a ponerte a robar ahora? Eso es lo que faltaba, muerto de hambre y encima ladrón.   – Carajo, Vanessa…
Y a Javier le entran ganas de irse. Largarse de su casa y no volver. Podría trabajar en cualquier lugar. En cualquier lugar tendría una mejor vida que la que lleva… Dejar a la mujer con el hijo. Qué más da, puede tener más hijos. Puede taxear en cualquier parte del país o el mundo. Pero es solo un sueño y él lo sabe. Por alguna extraña razón que no comprende, tiene que permanecer ahí, le es imposible largarse, por lo menos para siempre. Es solo un hermoso sueño, una fantasía lejana que sabe nunca podrá concretar debido a su propio carácter. Eso lo irrita, pero no puede estar irritado, intenta calmarse antes de hablar.
-          …Vanessa, no es nada ilegal, no te miento, y son como mil soles, un poco más – dice Javier sin mostrar expresión alguna en el rostro, sus intentos por controlarse han salido bien.
-          Javier… ya estoy cansada de tus mentiras. Tú no tienes cómo conseguir esa plata a menos que sea robando. ¿Y no crees que ya tenemos bastante como para que terminen llevándote preso? – responde Vanessa mientras termina de servir la cena a su marido, quien camina tras ella.
-          Oye mierda… – Javier está a punto de explotar –. No entiendes que no es nada de eso. Me han ofrecido algo interesante. Pero necesito que tú y Matías me ayuden…
-          ¡Estás enfermo! ¡¿En qué piensas meternos?!
En ese momento Javier quiere molerla a palos. Ya ha tenido suficiente. No puede permitir que su propia mujer le hable de ese modo. Pero se contiene, la necesita colaborando, no en hostilidad. Si la golpea ahora, significaría 700 soles menos, y es demasiada plata que perder.
-          Amor, nos pagarán 350 soles a cada uno por participar en el show de Doña Malenestra – nuevamente, decir el nombre tiene algo de complicado –…, la bruja de la tele. Si todo sale bien, conseguiremos más de mil soles y nos darán regalos y todo.
-          ¿Doña Malenestra?... – dice Vanessa algo confundida, pero para nada molesta –.
-          Sí, y es un huevo de plata. Suficiente para darnos gustos. Como te decía, Matías en el inglés, carnes de cuando en cuando, hasta podríamos comprar algunas cosas de vidrio baratitas para que no tengas que tirarme plástico cuando estés molesta.
-          Más de mil soles… – Su rostro ya no muestra desprecio hacia su marido, ahora tiene un brillo, una tonalidad distinta. Sus ojos también miran de otra manera. Hay algo de codicia en la expresión de Vanessa. Pero es una codicia extraña, distinta a la de los viejos y judíos prestamistas. Es como si esperara algo de todo esto que está viviendo, y no tan solo dinero.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Javier le explica a su familia que deben ver el programa de Doña Malenestra cada vez que puedan, es necesario que en poco tiempo conozcan al revés y al derecho el programa. No encuentra objeciones de parte de su hijo, pues – y él no lo sabe – su mujer se encargó de convencerlo antes de la reunión. Terminado el desayuno marca al número de la producción del programa, quienes le cuelgan para devolverle la llamada. No hablan mucho. Le explican qué clase de personajes necesitan. Todo queda coordinado. La próxima semana deben acercarse a las instalaciones del canal 18 para participar del programa. El show, como cada noche, comienza a las 8:00 pm; ellos deben estar desde las cinco de la tarde para el ensayo.
El horario de Javier le permite ver sólo dos tercios del show, no puede llegar antes de las 8 y 45, pero no es problema, pues el show está dividido en 3 bloques, prácticamente separados el uno del otro, donde se tratan distintos casos, con distintas familias. Igual, el programa lleva años al aire y todos lo conocen. Ha sido durante años, uno de los programas más vistos del país, y es bastante divertido. La dinámica de que una señora muy fea, vestida de bruja, critique y tome decisiones por los involucrados en un supuesto conflicto para terminar maldiciendo al “abusivo” y regalándole algún instrumento de autosubsistencia al más “perjudicado”, ha sido muy atractiva para la sociedad a la que pertenece Javier, siempre dispuestos a pensar que realmente las maldiciones echadas por la bruja surtirían algún efecto. Javier no cree en esas cosas. Sabe perfectamente que ella no vuela: se usan cables para llevarla hasta el escenario. Sabe también que todos los participantes son actores; cómo él lo será muy pronto. Y como taxista, no ha dejado de encontrarse con titulares en periódicos donde se decía haber descubierto un embuste más de la producción de ese programa. Pese a todo, el programa sigue siendo uno de los más vistos. A nadie le importa que sea falso: la cosa es que entretenga.
Cuando llega a casa, su familia se encuentra viendo televisión en la sala. Observan detalladamente cómo los actores aparentan golpearse, odiarse. Se insultan por una cuestión estrictamente de libreto. Son familias que trabajan juntas para llevarse unos soles a casa y nada puede unir más a una familia que un negocio familiar. Por primera vez en años, Javier se siente en familia, Vanessa se siente en familia y Matías quiere tener la oportunidad de insultar a sus padres sin que puedan decirle nada.
Pero el recelo de todos esos años no desaparece en unos días. La fantasía se demuestra como tal al poco tiempo y cada día empieza a significar una cuenta regresiva. Pasa un día. Es un día menos para el show. Pasa otro día. Es otro día menos, ¿ya solo quedan, cuántos, dos, tres? No, cuatro. Quedan cuatro días. Aún hay tiempo, aún se puede vivir esa falsedad a sabiendas, no importa, es lo de menos. La tercera noche Javier le hace el amor a su esposa. Habían pasado por lo menos 2 meses que ya ni siquiera la besaba. La última vez que hicieron el “amor” él estaba tomado y le dieron “ganas” mientras ella dormía. Ella al principio no quería, pero a un hombre no se le dice que no: un par de bofetadas y algo de asfixia sirvieron para que ella pase a “amarlo”, así, tal cual era. Es una de las cosas que Vanessa nunca le perdonará. Pero ahora parece no importarle y Javier lo ha olvidado por completo. Él se siente un buen esposo. Sabe quién es. Hasta sabe que lo que está viviendo es una ilusión. Pero no la siente como tal, así que ¿qué importa? Como dicen: ‹‹“vive la vida y no dejes que la vida te viva”›› piensa el taxista.

La familia aprendió cada detalle del programa. Cómo reaccionaba la gente, en qué momento tenían que saltar los unos contra los otros, cómo contestarse. Luego del programa lo probaban unos minutos antes que Matías duerma. El padre hacía el rol del padre abusador, alcohólico, mujeriego, una basura; la madre sería la loca que aguanta eso porque en el fondo lo disfruta; y el hijo: el próximo problema para la sociedad cultivado por esos padres disfuncionales. Todo para el show. Todos actuarían, se darían unos cuantos golpes ficticios ante cámaras, tal vez tirar de los cabellos de su mujer amerite un pago extra, ‹‹más si Matías corre a golpearme. Sí, lo discutiré con ellos››. Familia: ya solo faltan dos días, dos días para tener un huevo de plata.
Solo habrá que sentarse y aguantar.
Javier tendrá que aguantar las bromas de una “bruja” quien lo “maldeciría”, haciendo que actúe de forma extraña. Tendrá que verle su fea cara maquillada, con ese horrible lunar falso, y las arrugas pronunciadas, en esa piel que parece tratarse de la corteza de un árbol anciano. Solo saber que tendrá enfrente tal monstruosidad lo amedrenta, deberá verla por mucho tiempo de seguro. Asume que no podrá quitarle la vista de encima, querrá descubrir los defectos del maquillaje pese a que le parezca repulsiva, no sabe por qué pero así será, está seguro. Y cuando la bruja le eche una maldición, tendrá que actuar de manera ridícula, saltar sobre su asiento como un mono, comportarse como una gallina, empezar a girar y no detenerse hasta que salga del plató, podrían pedirle hacer infinidad de cosas; es un hecho, debe coordinarlo antes con el equipo de producción. Ellos le dirán si caer y hacerse el muerto, o saltar encima de su mujer para molerla a golpes.
Javier se pregunta cómo será realmente la “bruja Doña Malenestra” y si ese será realmente su nombre. Es posible que sea una mujer normal, contratada por el canal para representar el papel de bruja en un talk show bastante innovador. Lo descubrirá, verá los defectos en el traje e intentará encontrarse con el verdadero rostro tras la enorme nariz, los feos y enormes dientes, el cabello desgreñado y el sombrero en punta típico de los cuentos para niños. Aprovechará la situación para saciar su curiosidad como un medio de defensa natural. Sabe que no podrá sacarle los ojos de encima, en verdad no sabe por qué, pero por lo menos intentará descubrirla para imaginarla no tan espantosa.
Se mira frente al espejo. Voltea sus ojos hasta ponerlos completamente blancos, o por lo menos eso imagina: es posible que tenga que aparentar estar poseído por alguna especie de ser, o podrían pedirle dios sabe qué cosa. Su pago depende de qué tan bien caracterice a su personaje y Javier piensa ir preparado para todo. Se imagina que le pagarán los 450 a cada uno. “Es un huevo de plata” piensa. Esos cien extra de incentivo por un buen trabajo son una magnífica idea. Ojala todos los jefes pensaran de esa manera. Ahora a temblar. Y tiembla, aparenta convulsionar. Eso fue fácil. Pero hay mucho más por hacer. Permanece una hora frente al espejo, probando distintas cosas. Sacando la lengua como si se encontrase muerta. Doblando el cuello hacia un lado sin devolverlo a su posición por largos minutos. Todo lo que había visto que la “bruja” obligaba a hacer a los actores, él intenta emularlo frente a ese espejo de cuerpo completo, quiñado, que se encuentra ya bastantes años en su habitación, y que compró mucho tiempo antes de casarse. Siente que está listo. Está preparado para llevarse esos 450 soles. Solo espera que su mujer también lo esté. Al día siguiente harán su última práctica, que debe ser más realista que cualquier otra: es el último día y Javier está mentalizado en que su familia se lleve la mayor cantidad de dinero posible.

Cuando termina de trabajar, Javier empieza a dirigirse a casa. Camina unas cuadras hacia el paradero y estira el brazo cuando ve un autobús cualquiera, pues todas las líneas que circulan por esa avenida pasan por su casa, ninguna dobla antes. Él está en un lugar perfectamente céntrico e idóneo para trabajar donde trabaja: a minutos de casa. A solo 50 centavos. Y el paradero donde baja está frente al bar. ¿Qué mejor combinación: primero los amigos y luego la familia. Aunque ya varios días que no ve a los amigos. ¿Los extraña? No, ellos lo extrañan. Javier empieza a sentirse en falta con su compromiso amical. Y antes de bajar del bus ya está convencido que debe ir a tomarse unas copas con sus amigos. Tal vez invitar una ronda. Pronto tendría mucho dinero y sería mezquino no compartirlo con los amigos. El programa termina a las diez. ‹‹Llego a las diez y practicamos, no hay problema; conozco ese horrible programa al derecho y al revés››.
Siempre que entra a la cantina Javier se siente importante, una pieza fundamental de la tribu. Sin él, las cosas cambian, el ambiente no es el mismo, y se lo hacen saber: sus amigos lo han extrañado. Le dicen que se ha hecho extrañar, que creyeron que había desaparecido para siempre, que tome asiento, que le invitan un trago. Pero él no desea que le inviten. Hoy es él quien invita, quien dice: ¡Pancho, una ronda para todos… mejor dos! Y todos levantan los vasos a su salud. Había pensando no contarles pero no se contiene; acá es alguien y mañana lo será aún más, será el primero de su barrio en salir en televisión. Muchachos, quiero comentarles que mañana esta “pepa” saldrá en el canal 18. Y pa’ concha, le meteré un buen lapo a mi mujer frente a cámaras, para que vean quién manda en casa. Ah, de seguro la próxima semana ella estará vendiendo algo para comer en la puerta de mi casa, creo que nos ganaremos un carrito sanguchero. Mañana tienen que verme, a las 8 en el show de la bruja de mierda.
-          ¿Saldrás en el show de Doña Malenestra…? Jajajaja. Tu esposa te debe tener por los huevos. – comenta uno de sus amigos.
-          Cállate, pendejo. Mi mujer a mí me respeta, no me tengo que andar escondiendo como tú. Yo he coordinado para asistir al programa. Ellos no te buscan, tú los buscas. Todo no es más que un teatro de mierda.
-          No creo, ah – responde otro. – A mí me parece bastante real. Primero, la gente se agarra a golpes. Y lo peor es lo que viene, cuando la bruja de mierda te echa sus maleficios y cagado huevón. Así como con Franco, el de la tercera cuadra. A ese pendejo lo jodieron en el programa de mierda. Me acuerdo que lo vi ahí con toda su familia. Al final del segmento le echaron una maldición a todos, hasta a sus hijos. Nunca más se aparecieron por acá.
-          No lo conocí – es bueno que se haya largado, porque así puede seguir sintiéndose el único del barrio en haber aparecido en la tele –. De seguro se largaron de esta miseria con la plata que hicieron pues, borracho de mierda. Estupideces crees. Yo me he comunicado con el programa. Yo los llamé y ellos me dieron un papel que tengo que representar. Es así de simple. Nada de que la esposa te lleva a la fuerza, ni que te agarran las patrullas del programa. Esas son cojudeces para imbéciles como tú. Así que chupa y cállate la boca.
Javier no se da cuenta de la hora, no lleva reloj y está pasándola bastante bien con sus amigos, tanto que sin querer se queda sin un centavo. No le importa. El saber que mañana tendrá dinero líquido en la mano lo tranquiliza. Invita otra ronda a todos, sumando más y más deudas a su cuenta. Pasa una, dos, tres horas más de lo esperado. Hasta que pregunta ¿Qué hora es? Tres de la madrugada, responde alguien. Hoy es su gran día. Y ya es bastante tarde y está demasiado borracho. Por suerte está a solo unas cuadras de casa. No tardará en llegar. Ojalá su esposa no lo esté esperando despierta. Tendrá que entrar con cautela, haciendo el menor ruido posible para no despertarla. La loca de mierda debe estar en el sillón, esperándolo, con algún objeto de plástico que le tirará al entrar, intentando atinarle a su cabeza.
Se despide de todos apretándoles las manos.

Respira profundamente antes de entrar. Empuja la puerta con una delicadeza difícil de igualar. Las bisagras bien engrasadas cumplen el rol de cómplice: él y su puerta ahora son íntimos, se confían la vida y el confort. Primero una pierna. Despacio, muy despacio. Luego el cuerpo. Así, exactamente. Luego la otra. Ya está dentro… Pero el sonido de un objeto golpeando y destruyéndose contra la pared, a centímetros de su rostro, lo detiene. Algunas esquirlas le han saltado y puede sentir que han penetrado su rostro, que empieza a sangrar.
-          ¡¿Qué mierda te pasa?! – Dice Javier prendiendo la luz para cerciorase que lo atacaron con un vaso de vidrio. A la loca de mierda se le subió el dinero, que aún no tiene, a la cabeza.

III

A las tres y treinta de la tarde la familia sale de casa. Todos están vestidos lo mejor posible. Javier está con una camisa lavada y los zapatos bien lustrados, su mujer lleva un vestido que no ha usado más de dos veces; Matías tiene la ropa limpia y reluciente. Saldrán en televisión. Serán los más importantes de su vecindario. Serán los primeros actores. Quién sabe, tal vez esta primera experiencia incentive a Matías y termine siendo actor. O podría ser que un productor lo descubra: estará en televisión y su madre lo ha preparado para que actúe lo mejor posible.
Las heridas cauterizando en el rostro de Javier le dan apariencia de delincuente, no le importa, es posible que a los del programa les alegre, podrían explotar el hecho de alguna manera y sería más fácil conseguir la bonificación de cien soles. Sí, ya no falta nada para tener dinero, más dinero del que pueden juntar en meses. Su esposa lo sabe bien, por eso limpió sus heridas en la madrugada y también antes de salir hacia el programa. No lo miró a los ojos en ningún momento, limpió sus heridas con una monotonía que la demostraba ausente. La pelea de la madrugada fue bastante fuerte.
Mientras pasan la seguridad del canal ella lo mira fijamente y le dice: te voy a cagar Javier, ni bien esto termine, te voy a cagar, ya estarás maldito. Él solo la mira, no entiende a qué se refiere. Cree, más bien sabe, que no quiere saber a qué se refiere, así que deja de mirar a su esposa y se concentra en seguir al muchacho de producción que los guía. Los hace entrar por una puerta, luego otra, luego subir unas escaleras, luego bajar otras, y así van adentrándose en las entrañas del canal, que a cada paso parece más y más grande. Hasta que por fin llegan. Se encuentran en el plató de “el Show de Doña Malenestra”. Todo está en su lugar, justo como en televisión. Los murciélagos duermen de los tubos del techo. Una especie de bruma se mantiene al ras del suelo, desapareciendo momentáneamente los pies de los presentes. En el lugar hace frío, bastante frío para la fecha. El aire acondicionado debe encontrarse muy bajo, posiblemente el maquillaje de la bruja es sofocante y sin un ambiente gélido terminaría por sudar, malogrando horas de trabajo.
-          Javier, buenas tardes, soy Johana, te has comunicado conmigo. – la hermosa mujer de gruesa y rasposa voz le da la mano a Javier, luego a su esposa y por último lanza una sonrisa al niño mientras le estira la mano.
-          Cómo está, señorita. Díganos qué hacer y nosotros lo hacemos. – le pide Javier, presto a ganarse esa bonificación de 100 soles.
-          Es bastante simple si han visto el programa. Tú representas a un mal marido, usted señora, debe parecer algo loca, y el niño que actúe como mejor le parezca. Lo único que sí les pedimos es que no abandonen el set antes de tiempo, hagan caso a todo lo que se les diga e intenten no hacer molestar a la Doña. Bueno, a ver. Primero entra la señora y luego el niño. Usted explica que éste – dice Johana señalando a Javier – es un tal por cual, un infame, un desgraciado, diga todo lo que pueda, invente, imagínese la peor persona del mundo y piense que ese es su marido. Javier, tú no puedes tolerar que tu mujer te trate como le dé la maldita gana, que piense que eres lo peor que existe, pero al mismo tiempo te asusta que se vaya y por eso la mueles a golpes cada cierto tiempo: siempre con amor. Así que entras y tu mujer te confronta, te ataca, tú te defiendes. Tienen que improvisar. Lo que ella diga será cierto y si lo niegas en un principio es para luego aceptar tu culpa. Cuando las cosas se exalten, golpéense. Tú, niño, si puedes patear a tus padres, morderlos o tirar una silla, con eso te ganas un premio. Eso sí, cuando la Doña habla, todos tranquilitos. A ver, vamos al otro espacio para una práctica.

La familia practica y practica bajo la tutela de Johana, se preparan para entrar al escenario y disparar el rating hasta las nubes. Mientras más rating más premios y gollerías, explica la asistenta de producción. Si puedes hacer que una de sus heridas sangre, no lo dudes le dice a Vanessa, quien se ríe pícaramente al escuchar tal propuesta. ‹‹Me van a dar con palo...›› Javier se va dando cuenta de la realidad. Este programa está fabricado para golpear a los hombres frente a cámaras y ridiculizarlos. No importa. Lo que importa es la plata. Por último, es actuación. Johana le dice que agreda a su mujer, le diga perra, zorra. Si tienes los huevos, escúpele, abofetéala, métele un puñetazo en el estómago, demuestra que maltratas a tu mujer. Al niño le enseñan la forma más simple de sacar volando una silla sin necesidad de usar tanta fuerza, solo se necesita aprender la técnica y listo, la silla sale disparada.
La bella mujer los felicita, les dice que están preparados.
Tanto Javier como Vanessa están cansados, ambos han recibido golpes, pero han sido solo los de calentamiento, se vienen los reales: ahora debe correr sangre, y tendrán como jueza y árbitro a “la vieja bruja”. Es solo cuestión de minutos. Johana les pide que la sigan hasta la parte posterior del escenario. Pueden escuchar la voz del presentador del programa explicando que en pocos minutos se dará inicio al show. Ya no falta casi nada. La respiración del público empieza a hacerse cada segundo más cercana, poco a poco la escuchan más y más alto. Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno…
Y la estruendosa voz del presentador retumba en toda la locación: ¡Bieeeeenvenidos al único, al inigualable, al mágico y tenebroso show de Doña Malenestra! La respiración del público para de golpe, es muy notorio, pero rápidamente su típico sonido ambiental reaparece. Javier también se ha sentido entumecido por la estruendosa voz, pero es algo en lo que no repara: la risa de Doña Malenestra, igual de estruendosa que la voz del presentador, retumba por toda la locación ensordeciendo momentáneamente al público asistente. Más que una risa es una carcajada. Bastante bien pensada; debió tomarles tiempo generar una risa tan macabra, así sea por computadora. Javier hacía mucho que no veía el programa desde el inicio y ya había olvidado cómo era aquella risa tan bien lograda, tanto que ha vuelto a estremecerlo, como imagina sucedió la primera vez que la escuchó. ‹‹¿Tienes miedo?›› se dice a sí mismo. Realmente es un buen escenario, es bastante creíble, él entiende perfectamente por qué en algún momento pudo pensar que se trataba de una verdadera bruja, así como aún piensa la mayoría de personas que conoce.
La bruja aparece volando sentada en su escoba, recorre toda la locación hasta llegar al set. Tiene puesto su típico traje negro de bruja, con su correa de hebilla de oro, sus zapatos de punta cuadrada y su sombrero en punta que demuestra indiscutiblemente que es una bruja. El público estalla en histeria, empiezan a gritar, a llorar. ¡Doña!, ¡Doña!: se escucha por aquí y allá llantos desesperados de las espectadoras, pues muy pocos varones asisten.
Ustedes son la primera familia, comenta Johana con una sonrisa.
El show empieza con una presentación de la bruja hablando sobre el programa de esa noche, da un repaso bastante genérico de los casos a tratar, y les cambia el nombre a las familias. Ellos por ejemplo dejan de ser los Vidal para convertirse en los Oviedo; sin embargo, mantiene sus nombres de pila para evitar confusiones, eso es lo que les explica Johana sin perder la sonrisa. Les recuerda una vez más sus papeles a todos de forma muy breve y le dice a Vanessa que ella va primero: Ahora la llamarán. Y así sucede. No pasa ni un minuto y ya la Doña menciona el nombre de Vanessa, le pide se acerque. Vanessa avanza hacia la entrada del escenario y sale de la vista de su familia, es recibida con aplausos por el público. Luego vendrás tú, le dice Johana a Matías. Hablará un rato con tu mamá y luego tienes que ir a acompañarla, hazle caso en todo lo que te diga y te ganaras un premio, te lo prometo.

Javier entra al escenario entre aplausos e insultos. ¡Que pase el desgraciado! dijo la bruja, y Javier sintió que se le helaba la sangre. Tendrá que enfrentarse a toda su sociedad representando a un paria, un ser de los más miserables. Pero no importa, ya está acá. Muestra una sonrisa bastante nerviosa a los espectadores que muestran una relación de amor-odio para con él. Camina y se acerca a la bruja con la mano estirada para saludarla. Cuando la tiene bastante cerca empieza a observarla con detalle. Es un maquillaje bastante bueno. Hasta el negro de sus ojos evoca un vacío siniestro. En muchas partes de su país si se toparan a una mujer disfrazada de esa manera, lo primero sería matarla antes de averiguar de qué se trataba. Qué buen maquillaje, piensa el padre de familia dispuesto a mancillar su honor por pagarle unas clases de inglés a su engreído.
Al tocar la mano de la bruja siente el frío y la rugosidad de un árbol. No solo se ve como un viejo secoya, se siente como tal. Realmente el maquillaje está bien pensado. Intentan… ‹‹¿sugestionar?››… – cree que así se dice – no solo a los espectadores, sino también a los participantes. ‹‹¿Qué mejor que lograr que todos se crean el cuento?››. Así todos se comportan como deben comportarse y no se cometen errores. Javier es invitado a sentarse por la bruja. Le indica un asiento junto a su mujer, de modo tal que ella quedaría en medio de la familia, protegiendo con su cuerpo a Matías de ese mal padre que le tocó tener. Cuando está a punto de sentarse, su mujer se abalanza sobre él intentando arañarle la cara, él logra esquivarla y la toma por los cabellos e instintivamente la tumba al suelo, de espaldas. El público protesta. El esposo insulta a la esposa, le dice al público que pueden irse a la concha de su madre, lanza una patada en el estomago a su mujer, que se encontraba incorporándose luego de la caída, y toma asiento, sin perder la nerviosa sonrisa con la que entró mientras el público no deja de abuchearlo e insultarlo. ‹‹Soy un profesional››, se dice el padre de familia que sabe hacerse respetar.
Los de producción ayudan a Vanessa a levantarse.
La doña ríe y le agradece a Javier por participar del programa. Le pregunta por qué se comporta como se comporta, por qué agrede a su mujer. Qué sentido tiene trabajar si el dinero se lo gasta en licor con los amigos de la cuadra. Él contesta ridiculeces. Dice que tiene derecho, que se rompe el lomo trabajando y por lo menos merece tomarse unas copas con los amigos. Es lo menos. Comenta también que su mujer intenta controlarlo y eso lo saca de quicio, ¿a quién no? soy un adulto y ésta pendeja viene a decirme a qué hora debo llegar, en qué debo gastar el poco dinero que me sobra. Yo le dije que aborte. La concha de su madre no quiso, ahora que no joda.
-          ¿Pero admites que ese hijo es tu responsabilidad, cierto? – pregunta la doña en tono inquisidor.
-          Sí, claro, es mío, yo le doy lo que puedo y hago todo lo que puedo para llevar unos soles a casa, estimada bruja – ‹‹incluyendo venir a tu programa de mierda››, piensa Javier cuando ha cerrado ya la boca.
-          Entonces debes comprender que es parte de tu responsabilidad llegar a tiempo y dar un buen ejemplo. La ramera no interesa. El que importa es tu hijo, del que estás haciendo un criminal.
-          No me deja tranquilo, doña, y no aprende, una y otra vez le saco la mierda y no aprende. Ayer nomas me ha tirado un vaso. Mire cómo me ha dejado la cara.
-          Te lo merecías, basura – interviene Vanessa.
-          Déjame hablar con la bruja, puta de mierda – y Javier le empuja la cara con la palma de la mano, a lo que su mujer responde con las uñas, logrando arañarlo y abrir una de las heridas que tiene en el rostro.
Gotas de sangre empiezan a caer en el set y la bruja ríe como siempre, a carcajadas, le divierte la conducta de la pareja. Es más que seguro que se llevarán los 450 cada uno. Pues el niño se ha levantado de su asiento y está atacando a sus padres. Ha golpeado con la silla a su padre y a su madre le ha golpeado con el puño un pecho – instrucción secretamente dada por Johana a cambio de un premio más –. Y se van a comerciales.
Johana se acerca con un par de doctores a la familia y los felicita, pide a los doctores cosan la herida abierta de Javier, quien no dice nada mientras los especialistas hacen su trabajo. Él ya se siente una estrella. Es de los mejores, deberían contratarlo para ese programa que dan  todos los días, ese programa que satiriza – palabra que por cierto no conoce, pero que comprende – la realidad de su país. Se ha desperdiciado en un taxi. Él debió ser actor. Y Johana se lo reafirma, lo felicita personalmente por esa patada, y a la mujer por haberle atinado a la herida. Todo iba magnífico, se llevarán grandes bonificaciones.
De vuelta al show la doña habla y vuelve a presentarlos, sin mencionar sus apellidos, solo los nombres de pila y sus respectivas posiciones en la familia. Hace un breve resumen de lo acontecido hasta el momento y pasa a la ronda de preguntas, donde el público puede tomar el micrófono para resolver sus dudas con los participantes. Un hombre le pregunta a Javier cómo no le da vergüenza que su mujer lo lleve a ese programa. Una mujer aprovecha su turno para insultarlo y decir que todos los hombres son iguales. Las demás mujeres felicitan a la madre de familia por su coraje de participar en un programa que denuncia esos abusos.
Es momento de la sentencia de la bruja. Ella determina el castigo o premio de los participantes. Bastan unas cuantas de sus palabras para hacer realidad cualquier cosa, lo que ella dice se cumple ante los ojos de millones de espectadores día tras día. Si ella dice que te convertirá en elefante, pues un inmenso y asqueroso elefante aparece en el set luego de un pequeño truco de humo y tú ya no estás más. Si te regala un carrito sanguchero, o anticuchero o tu quiosco de golosinas también bastan solo unas palabras para hacerlo realidad.
Javier espera que lo maldiga convirtiéndolo en algún animal, así verá cómo hacen ese truco. Lo espera con ansias, quiere ver toda la maquinaria en acción, la televisión hecha realidad ante sus ojos: no todos tienen esa suerte. Está nervioso, más que eso, ansioso; se aferra a los brazos de su asiento instintivamente. Es posible que durante un truco con humo gente de producción llegue a sacarlo de su asiento y reemplazarlo con el animal. Será interesante verlo. Pero la bruja dice otra cosa. Dice que a él lo matará en ese instante y tanto su mujer como su hijo serán devorados vivos. Seres como ellos no merecen existir. Él sabe que tendrá que hacerse el muerto. La pregunta es cuándo. ¿Cuándo tendrá que caer del asiento para hacerse el muerto? La doña dice que en unos momentos volverán con el otro segmento. Y Javier sigue sin saber si caer muerto o mantenerse sentado hasta que le den una orden.
En lo que le parece un acto reflejo, Javier cae de cara al suelo. No pone las manos y no siente el mínimo dolor al golpearse. ‹‹Soy verdadero un profesional››. Su cuerpo responde por sí solo a la coyuntura. ‹‹Merezco cada maldito centavo››. Pero siente algo raro. Siente que por su tráquea suben jugos gástricos. Le han entrado ganas de vomitar. El golpe en la cabeza lo ha mareado. Intenta levantarse pero no tiene fuerza en las extremidades. Está noqueado por el golpe, ha sido fuerte pese a que no lo haya sentido. Sabe que está vomitando. Puede sentir el líquido salir de su boca y su nariz. Su vista empieza a nublarse. Los colores que antes distinguía con absoluta claridad empiezan a desvanecerse y todo va tomando una tonalidad grisácea. Puede ver cómo el público, desquiciado y babeante, se levanta de sus asientos. Puede ver que se acercan. Puede ver que no es a él a quien se dirigen, si no a su esposa e hijo, que intentan, en vano, salir de la locación antes de tiempo.