miércoles, 5 de junio de 2013

Cuento: Herederos del cosmos - S.O.S.

Herederos del cosmos: S.O.S.
Yo les pregunto:
¿Toman ustedes el sagrado juramento ante la Patria
de mantenerse firmes detrás de ella y que darán todo lo que sea necesario
para lograr la victoria final?
Discurso de J. Goebbels
declarando la Guerra Total, 18 FEB 1943

El cabo Cuzcano corre a toda prisa e instintivamente salta en el preciso momento que el misil Sinotibetano toca el duro metal exterior del puesto de investigación. La explosión se expande con violencia, arrasa todo lo que tiene a su paso; pero gracias a su velocidad, experiencia y buena fortuna, el cabo logra escapar de la mortal onda expansiva y refugiarse dentro del agujero que da ingreso al puesto. Una enorme bocanada de fuego se cuela en el corredor antes que la pesada puerta de metal termine de cerrar. El cabo toma aire… sabe que tuvo suerte: consiguió enviar el mensaje, el transmisor de emergencia funcionó perfectamente y la armadura de combate cumplió su objetivo: ni un solo rasguño.
Vendrán a rescatarlos. No sabe cuándo, pero vendrán: la Federación Latina no abandona tropas a su suerte. Para ellos, en la guerra está permitida cualquier cosa, menos la falta de compañerismo… ¿Si no existiera, qué quedaría?... Al cabo y a todos los soldados latinos siempre les han dicho que nada; es parte del código y, todos en el puesto, incluyéndolo, esperan que no les hayan mentido, que no todo quede solo en formalismos protocolares y teórico para los manuales. ¡Vendrán por ellos! Está seguro.
El cabo avanza por el corredor hasta una segunda puerta de metal, repliega el visor de su casco al tiempo que el haz de luz de un pequeño escáner le recorre verticalmente los ojos. La puerta empieza a abrirse con la misma parsimonia con la que se abren y cierran las puertas de seguridad a lo largo del universo. Las gruesas láminas de metal terminan de refugiarse en sus compartimentos y el cabo continúa su recorrido hacia lo profundo del puesto de investigación; único bastión de la soberanía latina en la galaxia ADC-13. El puesto, estratégicamente oculto en el frío, infértil y oscuro cuerpo celeste ADC-13-Nocte; que hace ya millones de años abandonó su órbita alejándose cada vez más del astro que en algún momento le dio vida y que ahora es una gigantesca estrella roja que, poco a poco, lentamente, se enfriará tanto como el exterior del planeta; está diseñado para estudiar el cosmos y alertar de los posibles peligros que éste encierra: tareas imposibles de realizar ahora que los enemigos destruyeron todas las antenas de transmisión tomaron una sección del puesto.
Mientras avanza, el cabo vuelve a preguntarse por qué los enemigos vinieron por ellos, y, lo que es más extraño, cómo es que los encontraron. Debieron destinar muchos recursos en llegar hasta el planeta y ubicar el puesto de investigación en toda su gigantesca y gélida inmensidad; recursos vitales en tiempos de guerra. El cabo creyó que nunca vería acción… cuando hace poco más de un mes lo designaron a ADC-13-Nocte con todo su escuadrón, pensó que se trataba de una broma. Es cierto que el planeta se encuentra ubicado en una de las galaxias fronterizas con la federación sinotibetana, pero está tan alejado de cualquier vestigio de civilización, que prácticamente no existe, no sirve para la guerra ni como puesto de avanzada ni como nada; está alejado por semanas de viaje del centro de la galaxia que aún lo acoge. Sin embargo, los enemigos llegaron: están afuera, con sus armas en ristre, con los cañones apuntando hacia las salidas… <<La estrategia del enemigo es radical, absoluta; no están dispuestos a dejar nada en pie…>>. Sabe que a la Alianza le es indiferente que éste sea tan solo un puesto de investigación: su finalidad es exterminarlos, terminarán con ellos por pertenecer a la Trinidad.
A pesar de su lejanía, el puesto está muy bien equipado y sigue el patrón estándar de las fortificaciones latinas a lo largo del cosmos, con generadores de energía independientes y un patio central por cada nivel. El primero alberga las oficinas administrativas, los laboratorios de investigación y la enfermería; en el segundo nivel se encuentran las barracas y los equipos de entrenamiento, además de la armería que debido a la naturaleza de la empresa no está del todo equipada; en el tercer nivel está el almacén, atiborrado de artículos que son estudiados por los científicos; en el cuarto están el biohuerto y el hangar, donde sus naves los esperan, pero con sinotibetanos dentro, pues hace ya un par de días que los enemigos tomaron posesión de todo ese nivel. También ahí se encuentra la sala de seguridad, destruida totalmente antes de abandonar el nivel, pues desde ésta se hubiese tenido acceso a todas las cámaras de la estación.
Por suerte para los latinos, hasta ahora los sinotibetanos no han superado las defensas de acceso al tercer nivel; consideran que ello no se debe a incapacidad, sino al elevado costo de vidas que implicaría desplazarse por la estrecha escalera de caracol o utilizar el ducto del ascensor, plagado de torretas de defensa, trampas y mecanismos de seguridad… Estas son las únicas vías que conectan un nivel con otro. Posiblemente el tamaño del grupo al que se enfrentan no sea numeroso; solo cuando sobran tropas, y durante la guerra no puede decirse que sobren, los oficiales no tienen reparos en mandar a morir a unos cuantos… Pero ya que tomaron el bio-huerto, el alimento escasea para los latinos, así que ¿por qué desperdiciar soldados, aunque tuviesen muchos, si los atrincherados terminarán por morir de inanición?
Los latinos, los diez militares que se mantienen vivos y la veintena de científicos que esperan ser rescatados están pasando hambre; tuvieron que racionar el poco alimento que tenían. Además, portar armaduras de combate requiere muchas energías, por eso se encuentran descubiertos, vestidos con simples uniformes que no los protegerán si los enemigos se convencen de avanzar.
No saben cuántos enemigos son ni con cuánta artillería cuentan, solo hay algo claro: deben estar esperando que se debiliten por el hambre. Los de la Alianza saben que al tomar el bio-huerto prácticamente ya ganaron, ya el puesto es suyo… es solo cuestión de tiempo. Y tiempo es lo que hace falta, lo que los soldados y científicos latinos cuentan como largos segundos, con temor, cada vez que crujen y se constriñen sus estómagos. ¿Cuánto faltará para que lleguen los refuerzos a rescatarlos? El cabo no tiene idea, tardarán cuando menos un par de semanas, es demasiado pero no pueden hacer otra cosa más que esperar… Los tomaron por sorpresa… ¿Quién imaginaría que atacarían un puesto de investigación…? Nadie. Ingresaron cuando la compuerta del hangar se abrió para dejar salir a una de las naves de exploración científica; fueron unos veinte sinotibetanos, camuflados por equipos anti-detectores, quienes lograron entrar al hangar al tiempo que lanzaban minas magnéticas a la nave que, a los pocos segundos y luego de varias explosiones, cayó y se estrelló violentamente contra la superficie del planeta… Si hubieran estado con la guardia en alto eso no hubiera sucedido. Para el cabo la culpa la tiene la teniente; dejó que la disciplina de los soldados se relajara, olvidó el protocolo y permitió que una nave científica abandone el puesto sin la adecuada vigilancia.
El cabo llega al patio del primer nivel donde se encuentran los otros nueve soldados, entre los que se encuentran el sargento Guerrero y la teniente Martínez; todos miran al cabo con ansiedad, pero le permiten quitarse la armadura antes de empezar a preguntarle si todo salió bien. << >>, responde lacónicamente el cabo, << Todo salió bien >>.  Pese a lo positivo de la respuesta, en los rostros latinos no se muestra atisbo alguno de alegría; es cierto que se envió el mensaje, pero tardarán cuando menos dos semanas en llegar hasta ellos… Eso si nada los detiene…  Dos semanas es demasiado. Las pocas provisiones no durarán mucho, solo un par de días más y luego el hambre será su mayor enemigo.
No es solo por el instinto de supervivencia que deben sobrevivir hasta que lleguen los refuerzos, sino porque lo demanda el protocolo. Además, luego del ataque, los científicos les hicieron saber a sus guardias que sus investigaciones habían sido clasificadas por la Federación con Prioridad Uno, por lo que era “SU” responsabilidad salvaguardar la información obtenida: ¡Deben impedir que los sinotibetanos entren! Y la teniente Martínez prometió al líder de los científicos, el Dr. Bautista, dar su vida con tal de evitar que los enemigos atraviesen las puertas. En ese momento, los soldados, los otros nueve soldados que permanecen en el sitiado puesto de investigación, entendieron que pase lo que pase, su teniente no morirá antes que ellos.
Lo primero que hacen es preparar trampas, activar los sistemas de seguridad y con eso al robot, modelo GI-L4, que usan para las tareas más extenuantes; dada la circunstancia, el trabajar portando armaduras de combate con tan poco alimento en el estómago, pese a que éstas maximizan decenas de veces sus capacidades físicas, sería prácticamente lo mismo que pegarse un tiro. Sabían que los sinotibetanos no atravesarían la puerta el primer día; superar el blindaje requeriría un intenso bombardeo y la lógica lleva a pensar que tan alejados de todo, por más numerosa que sea la tropa enemiga, el desperdiciar municiones sabiendo que los acorralados están realmente acorralados, sin nadie que pueda venir por ellos en semanas, sin posibilidad de comunicarse y a pocos días de morir de inanición, es razón suficiente para que cualquier oficial con un mínimo de inteligencia opte por vulnerar informáticamente las puertas en lugar de malgastar su artillería; y así pasa. No falta mucho para que los enemigos superen las primeras defensas: Los latinos tienen que ingeniárselas para sobrevivir otra semana y media más.
No saben por dónde entrarán los sinotibetanos; descartan el ducto del ascensor por el exceso de seguridad. Las posibilidades quedan reducidas a la puerta que da al tercer nivel y a la entrada principal… esperan que no sea por la entrada principal, pues el laboratorio de investigación que tanto les importa a los científicos se encuentra en el primer nivel. Es por eso que han llenado los pasillos, el de la entrada principal al patio del primer nivel y el  que conecta la puerta de seguridad del tercer nivel con su patio, con explosivos y distintas trampas que si bien no les darán más que unos cuantos minutos extra de vida, sí les brindarán la satisfacción de hacer explotar algunos enemigos: la satisfacción que todo soldado espera llevarse a la tumba en el peor de los casos. Para eso los han entrenado, para matar enemigos, obedecer las órdenes de sus oficiales y sobrevivir; por eso, con diversos objetos del almacén, y con la ayuda de GI-L4, han colocado barricadas en los patios de los niveles que aún controlan.
Llegan al cuarto día de encierro y los enemigos por fin entran, lo hacen por la puerta principal. Las granadas revientan, las trampas se disparan, saltan de un lado para otro, el sistema de seguridad del puesto se activa y las torretas automáticas disparan contra los invasores… pero en tan solo unos minutos, el ruido para: superaron las defensas de todo el pasillo. Los sinotibetanos están tras la puerta que lleva al patio del primer nivel y los diez militares latinos se encuentran resguardados tras las barricadas y el alfeizar de la puerta que los dirigirá al segundo nivel, donde hace ya buen rato se encuentran los científicos, quienes luego de recuperar la información “valiosa”, inutilizaron las máquinas del laboratorio de investigación: si los <<malditos>> quieren lo que sea que llevan encima los científicos, primero tendrán que matarlos a todos.
La teniente Martínez es quien convence a las tropas de permanecer en sus puestos unos minutos más, es necesario generar algunas bajas al enemigo antes de replegarse hacia el segundo nivel y encerrarse por completo, <<posiblemente a morir de hambre>>, piensan todos. Los soldados aguardan pacientes tras las barricadas, tras el alfeizar, esperando que la puerta del pasillo se abra para descargar contra su interior toda la potencia de fuego que puedan generar diez soldados latinos, un robot de seguridad y las torretas automáticas, ubicadas en zonas estratégicas del patio. No hay un plan detallado de qué harán luego, cuando tengan que retroceder; la teniente y sus soldados tienen en claro una sola cosa: matar a todos los sinotibetanos que puedan antes de emprender la retirada hacia el segundo nivel.
Los soldados aguardan pacientes, desprotegidos por la incapacidad de portar armadura de combate, pero cubiertos tras las piezas de metal y cajas con las que armaron las barricadas, con los rifles láser de reglamento en ristre, apuntando directamente a la puerta que en cualquier momento debe abrirse. Y así pasa. La puerta se abre violentamente; les resultó fácil abrirla, no es una puerta de seguridad. Los latinos empiezan a descargar sus armas y lanzan granadas contra todo lo que se mueve en el pasillo. Las torretas automáticas de defensa también disparan contra los intrusos, quienes a su vez responden al fuego y también lanzan granadas, tanto de fragmentación como aturdidoras, logrando enceguecer a los soldados latinos, reduciendo por unos segundos su potencia de fuego a tan solo la del sistema de seguridad.
Cuando los latinos recuperan sus sentidos, ya los sinotibetanos han avanzado bastante: están casi a la mitad del patio y han destruido gran parte de las torretas. Dos soldados latinos han caído: uno está parcialmente mutilado y el otro tiene unos cuantos agujeros de láser en el cuerpo. Es hora de retirarse. La teniente da la orden y los soldados latinos, junto con el GI-L4, retroceden por el pasillo que los lleva hacia el segundo nivel. A su retirada activan las trampas y las minas que colocaron estratégicamente a lo largo de ese pasillo. Una vez que el último de los defensores atraviesa la puerta de seguridad, la teniente ordena al científico que se encuentra tras la consola que selle esa puerta: no <<“puede”>> volver a abrirse por lo menos en una semana y media.
Los sinotibetanos siguen combatiendo contra las torretas de seguridad… la teniente realmente espera haberles producido buen número de bajas; matar muchos enemigos es importante no solo por el gusto que un sinotibetano muerto produce a un latino, sino  porque un número significativo de bajas es un  golpe directo a la moral. Y si lograron golpear la moral del enemigo, que de seguro se encontraba confiado, es posible que hayan ganado uno o dos días más de vida, antes que éstos se decidan a tomar por asalto el segundo nivel.
Por lo pronto, es necesario realizar ritos funerarios por los soldados caídos, es necesario por la misma razón que sería bueno haber matado buen número de sinotibetanos: la moral. Los soldados deben sentir que su sacrificio no será en vano, que se les recordará con honor; es fundamental, más en situaciones como ésta, donde al estar entre la espada y la pared, donde solo es posible ver una muerte violenta como conclusión, la moral es tan importante como las municiones y las provisiones, que dicho sea de paso, alcanzarán para un día más.
¿Llegarán los refuerzos? ¿Tiene sentido esperarlos? ¿Tiene sentido no rendirse y entregarles a los enemigos lo que quieren? Porque lo que quieren lo tienen los científicos, y los militares saben bien que los científicos no tienen cómo defenderse. Si los soldados quisieran podrían arrebatarles la información sensible y entregarla a los enemigos a cambio de sus vidas. Los científicos son conscientes de esta posibilidad, y la idea también pasa por la mente de los soldados, incluso la teniente Martínez lo piensa, pero rápidamente saca esa idea de su cabeza: ella es una soldado de carrera, respetada y respetable, y así morirá, con sus principios.  Cumplirán la misión: ella se encargará. No importa qué tan desmoralizada llegue a estar la tropa… Mientras más lo medita más se determina en matar al primero que incite un motín. No pasará: no mientras ella esté a cargo. 
Llena de dudas, la teniente se acerca al Dr. Bautista y le pide hablar en privado; no les es difícil encontrar un lugar por lo desierto del puesto de investigación. La teniente no pierde el tiempo, explica al científico la necesidad de motivar a la tropa, de darles una razón para seguir resistiendo, de lo contrario pronto los soldados se desmoralizarán, perderán la conciencia de grupo y entonces será imposible frenar el avance del enemigo que los asecha. Para la tropa está claro que la presencia sinotibetana en este inhóspito y alejado planeta no es accidental: Buscan algo. ¿Pero qué? ¿Qué es tan importante como para distraer recursos bélicos necesarios en los actuales frentes de batalla, tan alejados de ADC-13-Nocte? ¿Qué es lo que la tropa debe proteger a costa de sus vidas?
-          Dr. necesito una razón para que mis soldados peleen, para que no se dejen matar por el hambre en unos días.
El científico duda. Encuentra lógica en el planteamiento de la teniente, pero revelar información clasificada contraviene las órdenes. Sin embargo, los científicos no son soldados y suelen ser más flexibles respecto a eso de “seguir las órdenes”, por lo que luego de mirar fijamente a la teniente, sacarle la mirada de encima, decir <<pero>>, unas tres o cuatro veces,  y mover ligeramente la cabeza, accede a su petición: 
-          No estudiamos las estrellas –  dice por fin el científico, mientras se pasa la mano por la boca para limpiarla de la espesa saliva que producen el hambre y la sed –, cómo se lo explico… este puesto tiene ya cinco años; a la federación le pareció prudente construirlo pese a que los recursos se iban en la guerra… mire, el universo es prácticamente infinito, no sabemos qué tan enorme es, y si bien podemos estimar su edad, nada es realmente seguro, todas las teorías físicas que en algún momento se plantearon terminaron por rebatirse… pero me voy del tema, el hecho es que antes de que la civilización humana saliera de la Tierra, el universo ya había sido habitado por otras civilizaciones, no sabemos cuántas, de las cuales solo unas pocas lograron salir de sus planetas nativos y tener presencia en más de una galaxia; bueno, como bien sabemos, decir unas pocas es pecar de especulador, la verdad es que solo hemos encontrado  vestigios de una anterior a la nuestra; y, a esto quería llegar, este planeta al parecer fue una de sus capitales. Hace más de cincuenta años que realizamos estudios en este planeta, la primera vez que llegamos no nos dimos cuenta que había sido habitado; los científicos de entonces llegaron tan solo para catalogarlo y enmarcarlo dentro de nuestros límites fronterizos. Fue en la cuarta expedición, cuando buscábamos minerales que explotar en el planeta, y cuando ya casi nos convencíamos que no era más que una gigantesca roca helada, que nos topamos con las ruinas de aquella ancestral civilización que estúpidamente llamamos Momeratos, ¿lo recuerda de la escuela?; esperaba ser yo quien le cambiara el nombre por uno que vaya más acorde a su importancia, pero parece que será imposible…
-          Esa no es una razón – comenta la teniente –, un poco de arqueología no es razón para tirar recursos al agua, por lo menos no para que se tomen tantas molestias con nosotros.
-          Ah… sí, ya llego a eso; sucede que… a ver, cómo se lo explico… la verdad es que no tengo idea. Asumo que tiene que ver con lo que encontramos en estas ruinas; nuestro descubrimiento rebasa el campo de la arqueología, es mucho más que eso – baja la voz cuando lo dice –. Nos hemos topado con algo,  algo que ésta cultura atesoraba, algo que según vamos descifrando podría convertirnos en la federación más poderosa… No entraré en detalles, pues posiblemente usted no me entendería. Solo le basta saber que hace unas semanas, mientras excavábamos en un templo no muy lejano, encontramos un mapa, un gigantesco mapa donde el universo explorado no representa más que una parte insignificante. Es bastante útil y completo; pero además, el mapa traza una ruta a seguir, una ruta hacia un punto en los confines del cosmos.
Esta cultura rebasó de lejos nuestros bordes exteriores. ¿Se imagina su tecnología? Nuestro conocimiento es ínfimo en comparación con el suyo... Desde que los estudiamos no dejamos de preguntarnos qué pasó con ellos, cómo es que desapareció una civilización tan avanzada… Bueno, usted me pregunta por qué están acá los de la Alianza, pues debe ser por el mapa; me pregunta qué razón tenemos para no rendirnos, pues yo le respondo que el mapa. Cómo le explico… no sabemos a lo que nos llevará, no sabemos realmente qué encontraremos al final de la ruta que tiene trazada, pero la federación está convencida que será algo sin precedentes... ¿Cómo nos encontraron? No tengo la más mínima idea. La federación consideró que movilizar pocas tropas era la mejor forma de no llamar la atensión. Pero… no sé… Tal vez pudieron interceptar alguna transmisión, nos hemos comunicado bastante desde que encontramos el mapa… Pese a estar encriptadas, nuestras transmisiones son descifrables, como todo; o tal vez uno de mis científicos, teniente; sus soldados… no, no creo: ustedes no sabían nada...
Tiene que entender que era necesario guardar la reserva, no podíamos confiar en nadie… y pese a todo nuestro recato… casi da risa como todo esto ha dejado de tener sentido tan rápidamente: No saldremos vivos… usted lo sabe.
Es cierto, la teniente lo sabe; pero saberlo no le impide actuar, no se deja ganar por el desaliento, tiene que hacer algo para que la moral de la tropa no decaiga y su espíritu de combate permanezca firme. Es necesario revelar a la tropa la existencia del mapa y, luego, rendir homenaje a los caídos. Rendir homenaje a los latinos que han ofrendado sus vidas por defender lo que es valioso para la federación.
-          Tienen que sentir que no entregarán sus vidas en vano, entiéndalo, y es usted quien debe convencerlos – dice al tiempo que da un amenazador paso hacia el científico, quien responde instintivamente retrocediendo lento mientras mueve afirmativamente la cabeza.
El rostro de los soldados permanece imperturbable mientras escuchan al doctor.  Cuando termina, nadie dice nada, nadie pregunta nada. Cuando la teniente ordena realizar los ritos fúnebres, la obedecen en silencio; despedirán a sus hermanos como quieren que los despidan a ellos. Normalmente los caídos en combate son recordados mediante una pequeña ceremonia castrense donde una bandera de la Federación Latina es doblada y redoblada hasta convertirla en un pequeño triángulo que pasa de mano en mano hasta el oficial de mayor rango, quien posa la bandera sobre el cuerpo del fallecido, que luego es incinerado o lanzado al espacio. En este caso, al no tener los cuerpos, pero sí banderas, ya que el azar los ha hecho estar refugiados en el nivel de las barracas (donde sobran las banderas), deciden mantener parte de la tradición funeraria mediante el ritual del doblamiento de éstas, pero en lugar de posarlas sobre los cuerpos inertes, las banderas dobladas como triángulos son colocadas al ras de la pared que colinda con el pasillo hacia el tercer nivel. Ponen una bandera por cada baja; al final un total de cuarenta y dos banderas decoran parte del patio; los científicos no participan activamente en el ritual pero muestran respeto acompañando a los ocho militares hasta que terminan de rememorar a todos sus compañeros caídos.
Terminada la ceremonia, el robot GI-L4, por orden de la teniente, acomoda las banderas para que formen un triángulo equilátero, emulando la figura principal del emblema latino. Cuando termina, la máquina ayuda a los humanos con su labor de llenar los pasillos con trampas y explosivos, colocar algunas armas tras barricadas y conectarlas mediante cordones y telas que encuentran en las barracas, a fin de dispararlas sin tener que mantenerse en la posición en que han sido emplazadas: a falta de tropas, aparentarán tenerlas. La teniente logra convencer a algunos científicos para que se sumen a la defensa, y estos a su vez convencen a los demás: todos terminan portando un arma; los soldados, rifles, los científicos que conocen de armas también rifles y todos los demás llevan pistolas láser reglamentarias.
Transcurre un día sin novedad en ninguno de los frentes: las entradas al tercer y al segundo nivel no han sido vulneradas; pese a lo sofisticado de los sistemas de seguridad implementados por la federación, saben que los sinotibetanos no tardarán en superar sus defensas y entonces los balearan como a animales… Y los refuerzos no llegarán, es imposible que lleguen a tiempo para rescatarlos. Ante lo inminente del ataque, el Dr. Bautista propone a la teniente destruir la información recolectada en tantos años de investigación, información que permitiría a los sinotibetanos encontrar y descifrar el mapa. Argumenta que si los datos caen en manos equivocadas, toda la federación latina y, no solo ella, sino todas las federaciones enemigas de quien tenga acceso al mapa, correrán peligro.
-          Si lo que asumo es correcto, teniente, ya no importarán las alianzas, ya no habrá necesidad de una Trinidad o una Alianza Universal. La federación que logre desentrañar lo que oculta el mapa podrá someter a todas las demás sin problema; no podemos permitir que caiga en otras manos; y eso es lo que ocurrirá si no destruimos la información ahora. Se lo propongo con el dolor de mi ser, le propongo destruir TODO mi trabajo… ¿Se imagina, teniente?, ¿se imagina lo hermoso que sería un universo con soberanía Latina?, ha sido mi sueño… – termina de comentar con una sonrisa.
Por un momento la teniente se deja llevar por el sueño del científico. Sí, dominar el universo, aplastar a los demás poderes políticos… soberanía latina, imperio latino… todo buen ciudadano sueña con eso; todo buen ciudadano, no importa la federación a la cual pertenezca, tiene clara la proyección geopolítica, natural, de las federaciones, esos gigantescos cuerpos políticos con tendencia a la expansión, esos grandes imperios que se basan en la política para imponer sus civilizaciones a lo largo del cosmos…
El peso de infinitas galaxias, concentrado en la mano del Dr. Bautista, se posa sobre el hombro de la teniente, sacándola de su ensueño para recordarle que tienen prisa. Le entrega la información, almacenada en una diminuta tarjeta celeste, que la teniente deja en el piso y desintegra con un disparo láser. El Dr. Bautista esconde los restos; la tropa no debe saber que ahora no queda nada que proteger; si lo supieran, es casi seguro que bajarían la guardia, lo que sería fatal, ya que una vez que el puesto sea tomado, nada detendrá el avance sinotibetano hacia las ruinas y al mapa, ocultos a solo unos kilómetros, bajo metros de sólido hielo. Tienen que resistir todo el tiempo que sea posible para permitir que lleguen los refuerzos, deben hacer pensar a los enemigos que son más de los que realmente son y que están mejor armados de lo que realmente están.
 Debido a que deben soportar todo el tiempo que puedan, la teniente consulta con los científicos la posibilidad de desarrollar un programa que cambie aleatoriamente el código de seguridad de las puertas blindadas, de lo cual se encargará el Dr. Ávila, especialista en informática.
Los sinotibetanos logran vulnerar el mecanismo de seguridad de la puerta blindada de acceso al tercer nivel. Una explosión anuncia el inicio del ataque poco antes que el científico termine con la tarjeta y se la entregue a la teniente. El peligro y su adrenalina reaniman a los latinos, desfallecientes por el hambre. Toman sus posiciones de defensa: los pocos soldados que quedan, respaldados por una veintena de científicos, el robot de seguridad GI-L4 y las torretas de defensa, se colocan tras la puerta que da al pasillo donde aún las trampas, explosivos y torretas deben estar generando bajas a los sinotibetanos. La teniente ordena que un par de científicos se encarguen de los cordones atados a los rifles láser ubicados en las barricadas en la entrada del pasillo. Ya llegan. Ya llegan.
-          ¡Fuego!
Y los soldados, los hombres y mujeres que conforman lo que queda del escuadrón de seguridad de la estación, apoyados por unos debiluchos y asustados científicos, responden al ataque enemigo generando una amalgama de explosiones y estruendosos colores, causando gran cantidad de bajas enemigas, tantas que los sinotibetanos detienen su ataque y retroceden. En ese momento, la teniente ordena al sargento Guerrero lanzar una granada de fragmentación y éste la arroja al interior del pasillo al que han regresado los sinotibetanos, donde, como los gritos lo confirman, generan más bajas.
Los soldados latinos, dirigidos por su teniente, quien avanza en una especie de trance, concentrada en la mira de su rifle, y animados por el éxito de su defensa, atraviesan la barricada que separa el patio del pasillo, llegando hasta el borde de la puerta. El soldado Argumé hace rodar una granada aturdidora dentro del pasillo. El silbido de la granada explotando, encegueciendo y confundiendo a los enemigos es la señal para dejar de cubrirse, ingresar y arremeter contra los sinotibetanos, quienes se encontraban en plena retirada; presas fáciles para los láser latinos que no dudan en freírlos a tiros.
La teniente ordena al cabo Cuzcano colocar la tarjeta con el programa en la consola de la puerta blindada. Le entrega la tarjeta al cabo, quien haciendo gala de sus habilidades, corre a toda prisa hacia la consola de la puerta, se abalanza hacia ella e introduce con violencia la tarjeta. La gruesa puerta de seguridad empieza a cerrarse con tanta parsimonia que el cabo Cuzcano es alcanzado por más de uno de los láser enemigos. Pese a que intenta escapar, pese a que intenta echar a correr nuevamente, uno tras otro los haces de luz que lo golpean van arrancando su piel, calcinando su carne, hasta dejarlo totalmente agujereado y tostado. El sonido seco del cuerpo al caer es atenuado por el ruidoso golpe de la puerta al cerrarse. Estarán seguros uno o dos días más, luego los sinotibetanos volverán a abrirla, pero esta vez serán mucho más cautos; esta vez no subestimarán a los latinos.
Al cabo Cuzcano se le realiza una ceremonia similar a la que se hizo a los demás soldados.
La moral se encuentra alta, pero luego de unos días, el hambre ya es insoportable. Ya van seis días sin comer y, los enemigos, contra los pronósticos latinos, no han vuelto a intentar nada; por momentos, albergan la esperanza que ya se hayan largado. Tanto los militares como los científicos, se sueñan auxiliados por el batallón de rescate que vendrá por ellos, <<ya no debe faltar mucho>>, dicen los hombres y mujeres, confundidos con respecto al paso del tiempo, somnolientos y aletargados, pero conscientes de la necesidad de sobrevivir: deben esperar a los refuerzos, así nunca lleguen… Solo el robot GI-L4 se mantiene activo y es él quien empieza a revisar que todo esté en su lugar; luego de cerrar la puerta, volvieron a llenar el pasillo de trampas y explosivos, que deben ser revisados constantemente a fin de evitar que un mal funcionamiento termine por activar una o tal vez todas las trampas inútilmente.
Al octavo día los enemigos consiguen inutilizar el programa aleatorio de códigos, nuevamente vuelven a entrar, esta vez por el tercer nivel, y ahora no caen en las trampas, se dan el trabajo de desactivar una por una mientras avanzan despacio por el pasillo. El robot GI-L4, que es lo único en actividad en el lado latino, detecta a los intrusos y su protocolo lo hace buscar a la teniente. Los militares y científicos, enterados de la nueva incursión enemiga, encuentran la forma de olvidar su hambre, de desperezarse y prepararse para una nueva batalla, pese a su debilidad. Antes que los enemigos consigan llegar hasta al borde del pasillo, los soldados latinos se encuentran en sus posiciones, cansados y confundidos, con algunos problemas de visión, pero listos, preparados para morir en nombre de su federación con tal de ganar ese tan importante, tan vital tiempo que se necesita para que lleguen los refuerzos.
Cuando los sinotibetanos se asoman, los latinos descargan todo lo que tienen, lanzan granadas y disparan contra los enemigos, quienes responden de la misma manera, obligándolos a emprender la retirada. Los científicos contribuyen, protegidos tras las barricadas formadas a lo largo del pasillo del tercer nivel, empiezan a cubrir la retirada de los militares a su último bastión: el segundo nivel. En la retirada, el soldado Espinoza lanza una granada de fragmentación que por cosas de error y del azar, cae junto al sargento Guerrero y al soldado Díaz… La explosión arranca las extremidades de sus cuerpos y distintos pedazos de ellos salen despedidos por el patio, estampándose contra las paredes y el suelo, generando una gran impresión en el soldado Espinoza, impresión que lo inmoviliza y lo convierte en un blanco fácil. Los soldados latinos, cubriéndose tras las barricadas y apoyados por los científicos, logran retroceder hasta el pasillo que conecta el tercer nivel con el segundo, para luego resguardarse cerrando la puerta de seguridad que les dará unos días más de vida.


No saben cuántos días han pasado. Ya no importa. Ya no deben tardar. El robot GI-L4 se hace cargo de los ritos funerarios; nadie tiene la fuerza ni las ganas para hacerlo. También es GI-L4 quien llena de trampas y explosivos el pasillo hacia el tercer nivel. Las horas y los días siguen pasando. La teniente, herida por una esquirla en el último encuentro y a falta de verdadera atención médica, deja de respirar, con los ojos cerrados, con la expresión de calma de quien ha hecho un buen trabajo, de quien ha dado todo de sí y no se ha dejado derrotar. Sus soldados, al notarlo, con gran esfuerzo, le rinden homenaje con un doblamiento de bandera más. Es el robot quien nuevamente termina de colocar y ordenar la bandera entre las banderas, formando el triángulo que distingue a la Federación Latina.
Los enemigos no han vuelto a entrar. Mientras los días pasan, uno a uno los latinos comienzan a morir, delirantes, debilitados y deformados por la falta de calorías, con los músculos consumidos por el hambre, esa hambre que puede mucho, pero no es razón para dejarse derrotar por unos <<malditos>>; y menos aún razón para canibalizar a los caídos, nadie siquiera lo piensa, y si lo piensan nadie lo menciona. Los cuerpos son cremados por el robot GI-L4, quien recibe esa orden del soldado Chávez antes de morir.
Nadie sobrevive a la hambruna.
Después de cremar al último latino, doblar la última bandera y colocarla junto a las otras formando el gigantesco triángulo que evoca al emblema latino, el robot GI-L4 camina y camina, va y viene a lo largo del segundo nivel del puesto, el único que no ha sido tomado por el enemigo. Revisa que todo esté en orden, que cada cosa esté en su lugar, que todo funcione perfectamente: los cientos de equipos mecánicos del segundo nivel y el sistema de defensa del puesto siguen activos, las trampas y explosivos continúan en su lugar.

De pronto una puerta vuelve a abrirse, las trampas y explosiones alertan a los sistemas de seguridad del puesto: las torretas de defensa se activan y el robot GI-L4 intenta seguir el protocolo que lo obliga a informar de la situación a un humano de su federación, pero al encontrarse todos muertos, la máquina simplemente se paraliza en mitad del patio del segundo nivel: el último bastión latino. Es la puerta que da al primer nivel la que se abrió. Quienes entraron, superan rápidamente las defensas del pasillo, destruyen sin problemas las torretas; con mucha cautela, se despliegan con velocidad por el patio y toman posiciones alrededor del robot, apuntándole con sus rifles láser. El robot observa a los desconocidos, procesa la información, analiza las imágenes, y saluda al escuadrón de rescate que por fin llegó a salvarlos.




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