domingo, 10 de noviembre de 2013

Cuento: Esencia cardiaca

MEFISTÓFELES
¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo.
No me da miedo la apuesta.
Permíteme, si logro mi objetivo, sentirme henchido por mi triunfo.
Para mi regocijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía,
la famosa serpiente.
FAUSTO, GOETHE 1808
I

Es 5 de agosto. Lima está fría. Una ligera garúa viene empapando todo desde la madrugada. Rocco está refugiado en casa, la de sus padres, donde también vive su hermana. Se encuentra en su habitación. Siendo casi mediodía, sigue tendido en la cama, reflexionando sobre las razones que lo mantienen ahí. Llamó al trabajo para explicarlo y le dieron un par de días de descanso, los autos no se venden solos, le explicó su jefe. Intenta concentrarse para olvidar ese dolor en el pecho que lo aqueja desde la madrugada; un dolor constante, inamovible, sin picos ni caídas, solo prolongado, eterno, extraño… es como si le abrieran el pecho, como si un dedo se hundiera abriéndose paso cual tornillo girando en busca del corazón. No le incomoda respirar, puede pararse sin complicaciones, hasta siente que podría correr… No se trata de un infarto; solo duele, no lo imposibilita y eso lo confunde.
Rocco empieza a caminar por su habitación, esquivando con facilidad las sillas, el cesto y la ropa que hay por aquí y allá. Continúa pensativo, empieza a respirar como si se le complicara, pero pronto vuelve a notar que es solo idea suya, que puede respirar con normalidad. Con una mano acaricia su mentón mientras la otra rasca sus genitales. Levanta la vista y se topa con su reflejo en el espejo de su habitación. Algo llama su atención, no sabe exactamente qué, pero lo hace acercarse a ese Rocco que lo mira desde esa ventana a otra dimensión, con unos ojos que se parecen a los suyos, el cabello, la barba y arrugas, ¿son las de siempre?; el reflejo es él, pero es como si no lo fuese, como si se tratase de un hermano gemelo.
Empieza a buscar el dolor con su mano, lo palpa por sobre su pijama. No duele más cuando lo toca, no es como esas cefaleas que envían una corriente de dolor a través del cerebro cuando su origen es escrutado con el tacto. Se trata simplemente un dolor perenne; pero no inmóvil, se extiende, va ganando territorio, como un hongo expandiéndose a lo largo de su pecho desde un punto. Rocco levanta sus ropas para observar su torso desnudo. Hay algo en donde le empezó el dolor, una especie de lunar que no había visto jamás y que empieza a escrutar detenidamente frente al espejo. Recuerda haber escuchado que los lunares pueden aparecer en cualquier momento de la vida y luego de comprobar que el dolor no se incrementa al tocarlo, se convence que no se trata de cáncer y regresa a su cama para abrigarse con las sábanas y la colcha, buscar el control remoto y encender el televisor. Busca algo interesante con qué distraerse, algo que lo haga pensar en cualquier cosa para así olvidarse que el pecho le duele. Es inútil, para su desgracia casi todo en la televisión es basura, y ya había terminado Reportaje al Perú, así que debe conformarse con los programas de mediodía para las amas de casa. El cable tampoco le da opciones. Está por tener un ataque de histeria, o ansiedad, no sabe, pero siente opresivas ganas de estallar en llanto… Y pese sus intentos el dolor persiste, se aterra al pensar que será permanente; incluso cuando encuentra un programa interesante por el cable, no lo es lo suficiente como para dejar de lado ese dolor que va abriendo su pecho, escarbando un socavón cada vez más y más enorme.
Cuando siente que ya no puede más, que de sus ojos está por fluir el amargo líquido del suplicio, su madre lo llama a almorzar. Siente que es un regalo de Dios el poder hacer algo más que estar tendido en su cama. Se levanta con facilidad y se dirige al comedor sin cambiarse la ropa de noche. Su madre lo mira extrañada. Él le pregunta qué pasa y ella responde que tiene un semblante extraño. Ambos empiezan a comer sin esperar a Vania, su hermana, que llega algo precipitada y empieza a comer la carapulcra con velocidad. Todos se mantienen en silencio, concentrados en sus platos, ensimismados con el guiso marrón. De pronto Vania, pasmada, queda mirando a Rocco.
-          ¿Te has pintado el cabello? – dice por fin.
-          ¿Qué hablas? – responde Rocco.
-          No sé, algo raro tienes.
-          Sí, es cierto – agrega la madre.
-          ¿Qué hablan…? ¿Puedo comer tranquilo? Solo me siento un poco mal.
-          Algo raro tienes – increpa la hermana.
Es Vania quien termina el almuerzo primero, agradece precipitada y deja el comedor tan acelerada como entró. Rocco termina y está por levantarse cuando su madre lo detiene.
-          ¿Qué pasa, hijo? Algo tienes – dice ella tomando su brazo.
-          Me duele el pecho.
-          ¿El pecho? – la madre se muestra preocupada. Piensa un momento y agrega – deberías ir al médico, no vaya a ser algo grave.
-          Sí, en un rato me alisto y voy.
-          Deberías ir…
-          ¡Ya! Ya te entendí – y se libera de la opresión materna –, iré a un hospital, no sigas con lo mismo.
-          …Algo tienes hijo, y no es solo dolor.
Rocco regresa a su habitación, se encuentra alterado y no entiende por qué. Tampoco comprende el por qué le habló así a su madre; no suele comportarse de esa forma… pero fue algo como un impulso, le nació desde lo más profundo de sí, no estuvo dispuesto a soportar la reiteración absurda que haría, menos aún permitirle que le recomendase un nosocomio… le incomodó que lo tocara… y no entiende por qué. Sabe que es algo mucho más serio que una simple intolerancia adquirida; es ansiedad, desesperación; necesita algo, no sabe qué, pero necesita algo. De pronto, lo nota: Un cigarrillo. Necesita un cigarrillo. Pero él nunca ha fumado. ¿Qué le pasa?  Carajo, qué me pasa, qué me pasa… ¿Cuánto estarán? Creo que acá tengo cinco soles. Sí, ojala alcance. Ojala alcance.
Sale a la bodega casi tan precipitado como su hermana cuando entró al comedor. Considera una suerte que la tienda esté a solo unos metros de su casa. Wilmer lo mira extrañado; como han hecho todos durante el día.
-          Wilmer, ¿cómo estás? ¿Cuál es el cigarro más barato que tienes?
-          Hola… Palmal… ¿azul o rojo?... ¿Estás fumando?... ¿Te sientes bien? – pregunta el tendero sin dejar de examinarlo.
-          No, no me siento muy bien. Y sí, parece que empezaré a fumar. Dame cualquiera, el menos fuerte.
-          El azul entonces. Tres cincuenta.
-          Excelente. Gracias. Y un encendedor de cincuenta también, por favor – Rocco le entrega la moneda de cinco soles.
-          Ya – saca el encendedor y el vuelto de su mostrador y se los entrega –. Cuídate. Te veo algo extraño, fácil y te agarra gripe – dice Wilmer despidiéndose de Rocco, que sale presuroso de la tienda.
Nuevamente en su habitación. El dolor ha seguido extendiéndose, puede sentir su tamaño como el de la chapa de una botella. Prende un cigarrillo y empieza a besarlo como si se tratase de la mujer más hermosa del mundo. Nunca antes había fumado, pero siente un placer inigualable, siente cómo por su cuerpo recorre algo parecido a la calma y por un instante casi se olvida del dolor. Pero es en vano, el dolor persiste, inmutable. Solo su angustia se evapora con el humo.
Vuelve a escrutar su reflejo. Cada segundo que pasa va perdiendo algo de sí, o por lo menos esa impresión tiene. Sus ojos ya no parecen los suyos, para nada, de eso se siente seguro, y también su cabello ha cambiado, crece distinto, tiene otro color, otra textura, y qué decir de su barba, está más espesa, como si en la mañana no se hubiera visto con una barba rala, como si siempre hubiese tenido los genes del hombre lobo… Ahora, frente al espejo, está viendo a un desconocido; que sí, se le parece mucho, pero que definitivamente no es él. Ahora entiende, entiende qué le decían su madre y su hermana. Entiende por qué el bodeguero lo miraba como lo miraba. Pero no logra comprender qué le pasa, por qué le duele el pecho, por qué tiene ganas de fumar, por qué su apariencia se torna en la de un desconocido y menos aún cómo se relaciona todo esto, porque sabe que está relacionado, no puede ser distinto, tiene que estarlo… Pero no entiende. No entiende qué mierda está pasando.
Vuelve a revisarse el pecho desnudo. El lunar se muestra agigantado, aumentado tanto como el dolor que produce esa sensación de sección, como si poco a poco su pecho fuese abriéndose para terminar partido por la mitad. Ahora le toma más atención, ha crecido considerablemente y ya está convencido que no se trata de un lunar; parece una mancha, o una marca, cualquier cosa menos un lunar; su color rojo coágulo es repugnante, parece una costra a simple vista, pero es la dermis la que adquiere el pigmento, no se trata de una capa superficial que pueda sentirse con el tacto, pues Rocco lo toca y toca buscando comprender, esperando que esta vez al presionarlo, al golpearlo, su dolor siquiera aumente… pero nada, continúa inmutable, constante, expandiéndose.
Se viste para salir y se dirige al hospital más cercano. El frío húmedo de Lima cala sus huesos, pero ni éste le hace olvidar el dolor, que sigue y sigue extendiéndose en su tórax, sin producirle nada más que la sensación de su expansión.
Hace una pequeña cola para que lo atiendan en recepción, donde le preguntan qué tiene. El intenta explicarles pero nadie comprende. Pasan cuando menos cuatro horas y Rocco ya visitó al cardiólogo, al oncólogo, al dermatólogo y terminó en psiquiatría, donde luego de una acalorada discusión con el psiquiatra, por haberle dicho que su problema era psicosomático, se convenció que la medicina moderna no podría hacer nada por él. No le hicieron caso cuando les mostró la mancha; le dijeron que no había ninguna, que se trataba solo de un lunar y nada indicaba cáncer, que no dejarían de hacer las pruebas correspondientes pero que creían que el problema estaba en su cabeza…  ¡Que rabia!… ¡Malditos imbéciles! ¿Por qué mierda no entienden? ¡Son médicos por Dios, médicos!
Camino a casa pasa frente a una tienda donde se venden hierbas, velas, libros y demás chucherías para magia tradicional. Guiado por un impulso, Rocco entra. No se detiene a pensarlo, no reflexiona, parece no recordar que estos temas le parecen de lo más absurdos. Avanza decidido y pregunta si tienen barajas de cartas rúnicas; le ofrecen una por diez soles y no duda en comprarlas. Al salir de la tienda, recién empieza a reflexionar sobre lo que sucedió. Fue extraño. Fue como si de pronto fuera otra persona, como si otra mente dominara sus pensamientos y sus acciones. Es más, él no sabía que existía algo llamado cartas rúnicas, ni siquiera sabía que conocía a la perfección el significado de cada una de los naipes. Por un momento piensa botarlas, pero se detiene, algo lo une a ellas, algo que tampoco comprende, pero que lo hace desear esas cartas tanto como el cigarrillo que empieza a fumar.
Llega a casa con su tercer cigarrillo en la boca. Entra a su habitación, que se encuentra apartada del resto de la casa, sin comentar su retorno, pero haciendo el suficiente ruido como para que se enteren. Saca los naipes y empieza a barajarlos. En ese momento, su madre llama a la puerta y pregunta: ¿Hijo? ¿Cómo te fue?
-          Bien, bien… todo está en mi cabeza.
-          ¿Puedes abrir?
-          Ahora no, mamá, mañana hablamos, necesito descansar.
-          ¿No cenaras, hijo?
-          No, madre, no tengo hambre. Buenas noches.
-          Ay… hijo.
Rocco deja la baraja a un lado y vuelve al espejo. Tiene en frente a un desconocido; poco a poco deja de ser él.
Guarda las cartas en su caja. Vuelve a ponerse el pijama y se acuesta. Prefiere hacer un nuevo intento por dormir antes que mantenerse aguantando ese dolor que ha crecido hasta el tamaño de un puño… dolor al que sabe nunca terminará de acostumbrarse, y que no lo dejó dormir la madrugada pasada, y que lo mantiene alterado y confundido, a causa de la mancha esa que no para de crecer y esos cambios de personalidad, gustos y fisionomía que la acompañan. Se siente como otro, ya ni enciende el televisor; tal vez la calma total lo ayude a descansar. Cierra los ojos y se apoltrona en sus almohadas. Intenta no pensar en cómo se le abre el pecho.
Está todo oscuro. Rocco abre los ojos. Penumbra, vacío, logra ver las siluetas de sus objetos con bastante dificultad. No escucha nada aparte de su propia respiración, su tragar saliva. No siente ni frío ni calor, escondido entre sus sábanas, lo único que siente es el dolor en el pecho que ahí continúa, y que sigue y sigue expandiéndose.
Un zumbido lo hace abrir nuevamente los ojos. La habitación se encuentra bañada por una luz azul muy tenue, una luz azul que sale desde abajo de su cama. Rocco intenta moverse pero no puede, hace un esfuerzo pero inútil. Intenta gritar pero su boca no abre. Solo puede mover los ojos, solo puede mirar de acá para allá como esos cuadros de espionaje: un cuerpo, un rostro inerte, con su par de glóbulos que vacilan a voluntad, que exploran el techo de la habitación.
El dolor no aumenta, pero se hace más vivo, como si su cerebro se concentrase en él después de tanto esfuerzo por olvidarlo. Casi puede sentir cómo su pecho se abre por la mitad, pero no es hasta que una masa amorfa sale de abajo de su cama que se convierte en un hecho para él; no es idea suya. La criatura produce la luz, una suerte de aura azulada la recubre, la hace oscura e indeterminadamente hermosa. Se ubica encima de Rocco, que puede verla con claridad. Tiene ojos, tiene ojos penetrantes, vacíos, como los de un sapo. No tiene rostro ni forma, sólo ese par de perlas brillantes en toda la oscuridad que la conforma, un par de perlas que reflejan su propio brillo azul, que miran directamente hacia el pecho de Rocco. La criatura estira una extremidad, de la  cual sobresale una especie de garra. Rocco sigue intentando gritar, pedir auxilio, pero es inútil, solo sonidos guturales, ni una palabra sale de su boca cerrada, ningún músculo de su cuerpo le responde. La criatura ubica la garra a la altura de la mancha, del dolor, y lo vuelve más punzante. Rocco ya no solo siente que el pecho se le abre, sino además el frio de esa garra que no lo toca, pero que perfora su tórax, haciendo una incisión perfecta, removiendo cautelosa, lentamente, su corazón, que empieza a salir, despacio, poco a poco, sin ser tocado por el monstruo, abandona su cavidad abriéndose paso por entre la carne seccionada. Rocco ya no solo siente, ahora consigue ver su corazón levitando delante de él, dominado como un títere de cuerdas por el la bestia, que empieza a acercárselo…
Una explosión lastima su oído, infinitas partículas de tierra le caen encima. Escucha ráfagas de balas golpeando por encima de su cabeza. El pecho ya no le duele. Abre los ojos. Está guarnecido tras un desnivel. Nota que lleva consigo un rifle, lo tiene bien agarrado, nota también que lleva uniforme militar y parece antiguo, color verde tierra. Más explosiones, la tierra vuelve a saltar a su alrededor. Escucha aviones, levanta la vista y los ve. A uno le dan y empieza a caer vertiginosamente y se estrella en el mar. Revisa sus bolsillos, tiene balas, pero además… una baraja de cartas rúnicas que queda mirando asombrado por unos segundos, vuelve a guardarla y se oculta de la tierra que salpica. Mira a su alrededor: cuerpos machacados por las balas, cuerpos de gente que no conoce, pero con los que por alguna extraña razón se siente profundamente vinculado. Jhonson, musita casi sin notarlo, y sin notarlo se llena de cólera, odio hacia esos malditos alemanes. Ahora sabe dónde está, lo comprende como si de pronto el conocimiento se activara en su mente: Se encuentra en alguna playa de Normandía, durante el famoso desembarco de las fuerzas aliadas. Empieza a recordar que los muertos a su alrededor son hombres de su escuadrón... Y entiende que no saldrá vivo de esta.

II

La música lo despierta. Es un ritmo caribeño el que suena con el rasgar de la guitarra. Winston está cansado, demasiado como para hacerle caso a la pequeña fiesta que intentan organizar sus compañeros. Todos están preocupados, y es por eso que actúan de esa manera, es por eso que se divierten de amanecida antes de ir a la batalla. Saben que será algo grande; la práctica de desembarco que hicieron fue enorme. Eso significa que la operación será gigantesca, será la batalla de las batallas y todos en ese barco participarían de ella.
Winston huele humo de cigarrillo. Se incorpora sobre su cama y se agacha a buscar su maletín: ahí tiene los suyos. Los saca con su encendedor, prende uno y empieza a escuchar qué dicen sus compañeros de escuadrón. Todos comentan estupideces, hablan de lo hermosas que son sus mujeres, de cuánto dinero ganaron apostando, de sus trabajos en restaurantes o sus vidas familiares alejadas de todo lo malo, algunos más avezados recuerdan con nostalgia su época de abusivos, de adolescentes con demasiada testosterona, o simplemente su capacidad para encantar a las mujeres. Todos ríen; todos saben que posiblemente no regresen. Serán parte de la primera oleada, la primera oleada siempre es la que más bajas recibe. Pero no importa, ya no importa. Ya están en esto y no hay marcha atrás. Desertar tampoco es una opción, la vergüenza caería sobre sus hombros y probablemente terminasen echando a los desertores a los peces. Era demasiado tarde para volver a pensarlo, era demasiado tarde para salir, para no desembarcar en Francia.
Termina su cigarrillo y vuelve a acostarse, no le interesa charlar, le parecen demasiado superficiales. Sin embargo, y pese a todo, les tiene cariño, lleva con ellos buen tiempo, y entre los escuadrones se terminan formando vínculos importantes, vínculos que siquiera rozan con la cortesía y la consideración. No es que Winston no los soporte, es solo que le parecen estúpidos; son sus colegas, pero son estúpidos, qué se puede hacer.
Al cabo de unos minutos comprende que no se le hará tan fácil volver a dormir. En ese momento, un soldado de otro escuadrón entra al dormitorio, saluda a todos como si los conociera de tiempo, y se dirige hacia la esquina, donde se encuentra Winston. Toma asiendo en el catre contiguo al de Winston y le alcanza una cajetilla de cigarrillos mientras pregunta:
-          ¿Quieres?
Winston toma un cigarrillo, el soldado se lo enciende.
-          ¿Qué haces acá? – le pregunta Winston.
-          Vine a verte un rato. Estás con puros cadáveres – habla bajo, intentando conservar la conversación solo entre los dos.
-          Espero que no. Les tengo cariño – responde Winston, también intentando que no lo escuchen.
-          Solo con verlos sé que están muertos – dice el soldado con una sonrisa –, mira al cubano, ese no sabe ni donde está. Tocando una guitarra…
-          Son buenos hombres. Pero es cierto, son estúpidos… Dime, qué quieres.
-          Solo saludarte, en serio, solo eso. ¿Acaso tiene algo de malo que un amigo se acuerde de otro?
-          Tú no tienes amigos. Y tampoco te considero mi amigo.
El soldado ríe. Lo hace de tal forma que llama la atención de los demás, deteniendo por un momento el blues que venía sonando. Voltea para disculparse y vuelve a conversar con Winston, que se encuentra dando una calada al cigarrillo.
-          Es grande esto a lo que vamos, lo sabes, ¿cierto? – le dice el soldado mirándolo fijamente a los ojos.
-          Sí, lo sé. Pude verlo en las cartas.
-          Vamos a Omaha, según los registros, ahí se llevará a cabo la batalla más salvaje de todo el desembarco. Nos espera una buena – comenta con una sonrisa de oreja a oreja el soldado –. Muchos muertos, heridos… mucho todo. Y la veremos en vivo. Mejor que cualquier película, ya verás.
-          Hubiese preferido no saber eso.
-          En algún momento lo sabrías. No en esta vida, claro está. Ya que tú morirás. Eso lo sabes. Pero en tu siguiente vida te aseguro que sabrás cómo terminó este suceso histórico... Debería ser así, a menos que tu reencarnación sea realmente estúpida. Pero no lo creo, lo he observado un par de veces, es un tipo normal. Físicamente son parecidos, no iguales, pero sí parecidos. ¿Te he mencionado que te follé en esa vida en la que fuiste mujer?... Tienes suerte de ser hombre en la próxima, pese a todas las reformas que se vienen, los hombres siguen en la palestra…
-          Dime qué mierda quieres o lárgate de una vez – dice Winston casi susurrando.
-          Agradece que no serás animal… eso es realmente triste.
-          ¿Sólo quieres joderme, cierto?
-          Winston, tú, tan, pero tan inteligente siempre. Te veo más tarde, ¿ok? Tengo una oferta para ti, pero creo que no es el momento, ya habrá un momento más indicado. Hay un juego, Winston, un juego que creo estarás dispuesto a jugar.
-          Solo lárgate y no me jodas – dice Winston volviendo a acostarse sobre su catre.
El soldado le da una palmada en el hombro y se despide, se da la mano con los demás habitantes de la barraca y sale por donde entró.
Winston espera un momento y se levanta. Las palabras del soldado lo perturbaron, lo hicieron pensar demasiado y sentir lástima por sus compañeros. Busca en su mochila su baraja de cartas rúnicas y se dirige hacia los catres donde se encuentran todos, que siguen jugando con la guitarra, probando ritmos distintos, desde country hasta mambo. Pide que alguien le invite un cigarrillo y es Johnson quien se lo convida. Empieza a contar su historia, les dice que viene de una familia gitana que terminó asentándose en Nueva York a mediados de 1900, comenta que es parte de la primera generación nacida en América y también que cantidad de conocimientos arcanos fueron aprendidos por él desde infante, haciéndolo un gran adivinador. En ese momento Winston saca las cartas de su bolsillo y empieza a barajarlas. Algo pasa entre los espectadores, una sensación extraña comienza a recorrerlos, y lo comentan, dicen que sienten sus cuerpos más pesados, como si la gravedad hubiese cambiado de pronto. Winston solo sonríe y empieza a repartir las cartas. Lo que ve lo sobresalta: Muerte, muerte, muerte. Por todos lados la muerte asoma; su escuadrón será uno de los tantos sacrificios necesarios para terminar con esa guerra que ya lleva años y millones de vidas. Pero no lo dice, todos están aturdidos por su poder; están vulnerables, darles semejante noticia sería matarlos antes que suban al landing craft. Les dice que algunos morirán, que no sabe quiénes exactamente, pero que sus bajas serán mínimas, que la playa será tomada con “cierta” facilidad, y que las tropas enemigas estarán diezmadas a causa de los aliados, posiblemente por bombardeos de la RAF o la resistencia francesa. Crea lo que le parece importante crear: esperanza entre sus compañeros, que se dirigen hacia sus últimas horas.
A las cinco de la madrugada los despiertan: Es hora de alistarse. Todos parecen tranquilos. Preparan sus cosas en silencio. Guardan los cigarrillos, la morfina, las balas, dan una última checada al rifle, revisan la cartuchera con la pistola, la mochila, el encendedor, el casco, la foto de Rita Hayworth dentro del casco. Todos callados, sin decir una palabra, como sabiendo que se aproximan a su fin y no tuviese el mínimo sentido desperdiciar su aliento con los amigos en lugar de gastarlo para destripar a los malditos nazis.
A las seis de la mañana los escuadrones empiezan a abordar los landing craft. Winston, como líder de escuadrón, forma a sus colegas para escuchar las palabras su teniente, quien los conmina a desahogar toda su ira, terror y odio contra los “enemigos de la libertad”; dice que a la mañana siguiente estarán desayunando sobre los cuerpos de los alemanes, y dentro de las hijas de los franceses fascistas. Un par de curas terminan de bendecir a los navíos que se preparan para salir. Los soldados se encuentran parados, esperando. Los landing craft aceleran y un tropel de estos empieza a surcar las olas.
Winston no puede ver nada más que el cielo desde donde se encuentra. Todos los hombres permanecen callados, algunos murmuran versos religiosos, se encomiendan a su Dios. Las olas golpean contra el casco de madera de la nave, que se bambolea bruscamente. Escuchan a sus aviones surcar los cielos.
Y el infierno comienza.
Balas y más balas golpean la rampa de metal del landing craft, otras golpean en los enchapados de metal de la lancha, pocas son las que perforan el casco de madera hiriendo a dos de los hombres. Las explosiones de los cañones se escuchan desde ambos flancos. El agua salpica mientras más se acercan, escuchan gritos aquí y allá; vienen desde las lanchas. Ve a sus aviones enfrascados en batallas con la Luftwaffe; un caza enemigo es abatido y empieza a desplomarse. El agua sigue saltando, el sonido de las explosiones es ensordecedor, los aviones dejan sus propias melodías en los cielos cubiertos del humo gris consecuencia de la pólvora, las balas siguen golpeando el landing craft y el conductor les dice que se preparen para salir.
La rampa baja de golpe mostrando un panorama desolador, un panorama que los invade como una ráfaga de metralla que chamusca el rostro de uno de los soldados. Todos empiezan a desembarcar, los hombres caen al mar ensangrentado, que los espera con alambres de púas y otras trampas que no les permiten salir del agua, que los obligan a ahogarse con los muslos y las piernas perforadas, con las balas que ya no pueden esquivar reventando sus cuerpos. Los que consiguen tocar tierra lo hacen caminando sobre los cadáveres de sus compañeros, intentando no entrar en pánico, esquivando los disparos enemigos casi de milagro, para luego arrastrarse por la arena que va saltando al compás de las explosiones, convirtiéndose en un blanco fácil para las torretas que disparan desde lo alto de las defensas enemigas, evitando las minas hasta encontrar refugio tras las gigantescas defensas de metal para detener tanques, pero es solo momentáneo pues siguen estando en la mira, así que continúan su camino, buscando un desnivel, un lugar donde cubrirse.
Winston se oculta en un agujero que dejó la artillería. Está alterado, no sabe a dónde disparar, parece que los nazis estuviesen por todos lados. No puede ver nada más que la tierra saltando a su alrededor, no puede escuchar nada más que disparos, gritos de dolor e improperios que no lo ayudan a tomar ninguna decisión más que mantenerse ahí hasta decidir qué hacer exactamente. Se asoma para rápidamente ocultarse de una ráfaga de balas que golpea a menos de un metro; pero vio suficiente, ya sabe hacia dónde dirigirse: parte de su escuadrón se encuentra en un desnivel un poco más adelante. Respira profundo y sale agachado, corriendo lo más rápido que puede. Sus piernas esquivan balas, cuerpos completos y partes de ellos, también algunas minas que reconoce con facilidad. Llega y se cubre junto a sus compañeros. Asoma y da un par de disparos, no sabe exactamente a dónde, pero espera que sirva de algo. Sus compañeros hacen lo mismo, se asoman para disparar y, rápidamente, se cubren de la ráfaga de balas que les vienen encima, de las explosiones que hacen saltar tierra hacia ellos, y vuelven a asomarse para disparar.
De pronto, Winston siente un golpe seco que impacta cada parte de su cuerpo, y sale despedido varios metros por la fuerza de una explosión; un mortero dio bastante cerca.
Todo le da vueltas, está desubicado, un potente silbido lastima sus oídos, pero con las fuerzas que le queda se arrastra para volver a su posición. En ese momento los sonidos de la batalla parecen haber desaparecido, sin embargo, mientras más avanza, el infierno vuelve a escucharse, lenta, progresivamente, poco a poco va acallando al silbido para terminar tornándose nuevamente en realidad, como una radio a la que se le sube el volumen de a pocos, la música deja de ser ambiental para convertirse en un todo capaz de imponerse, de absorberlo y volverlo parte de sí. Ya no es más Winston desembarcando en Omaha, es Omaha demostrándole a Wisnton que es más grande y fuerte que él, que es más real que cualquier cosa que haya conocido, y que Omaha puede ser sin Winston, pero nunca más, Winston será sin Omaha.
Ve los cuerpos de sus compañeros magullados, hechos pedazos por balas y las explosiones que no paran, que siguen haciendo saltar tierra por doquier, tierra que se le mete a los ojos y no le permite ver como su viejo amigo se acerca.
-          ¡Está de puta madre, no! – dice el soldado ya sentado a su lado.
Winston lo mira extrañado, no esperaba encontrarlo en tales circunstancias. Si se había aparecido era para cumplir su palabra; ese debía ser el momento indicado que mencionó: Lo considera un hecho, está por morir.
-          ¿Así es el infierno? – pregunta resignado.
-          No, el infierno no es tan violento – contesta el soldado enseñando sus amarillentos dientes de fumador –. ¿Quieres un cigarrillo?
Winston toma uno de la cajetilla que le acerca el soldado y saca su mechero para encenderlo él mismo, dejando su rifle a un lado, cubriendo del inclemente viento y la tierra que no deja de saltar, con ambas manos, la lumbre que busca extinguirse.
-          No debes soltar nunca tu M1. Ni para prender un cigarrillo.
-          No hay otra forma, mucho viento.
Se cubren de una explosión agachando la cabeza y tapándose con sus brazos.
-          ¿No te parece hermoso? – dice el soldado levantando la voz. – Qué obra de arte realmente. El ser humano expresándose como tal.
-          Esto es horrible. Es lo más horrible que he visto en mi vida – corrige Winston en tono bastante sereno, como si viniese pensándolo ya un rato.
-          Todo es según el color del cristal con que se mire… Pero no estoy aquí para hablar sobre estética; he venido para hacer un trato – el soldado lo mira de reojo mientras tantea su rifle con las manos, como esperando el momento indicado para salir a disparar.
-          Contigo no se hace tratos – contesta Winston dándole una calada al cigarrillo.
-          Pero esto te interesará. Estoy seguro. Te daré una oportunidad de seguir viviendo sin que me debas absolutamente nada.
-          Tú siempre cobras.
El soldado pone su mano sobre el casco de Winston y lo obliga a agacharse, haciéndolo junto con él. Una explosión a unos metros levanta cantidad de tierra. Esperan unos segundos y se reincorporan.
-          Pero tú me caes bien – retoma la conversación el soldado –, y quiero divertirme, creo que serías un buen contrincante. Ya te dije que lo que quiero, Winston. Quiero que juguemos un juego. Mi juego.
-          No me interesa. No tienes que insistir, es inútil.
-          Pero no me deberás nada si ganas, te podrás quedar con tu esencia de mierda que tanto te importa. Además, estás por morir, mejor escucha mi oferta, ¿no? ¿O quieres terminar como tus colegas?
Winston no necesita volver la mirada para toparse con los rostros magullados, con los restos de piernas, brazos, tórax y cabezas que hay por doquier, siendo rematadas por las balas enemigas, embarrándolos a él y al soldado no solo con la tierra que salpica; también sangre fresca y fangosa termina en sus rostros, en sus uniformes. No necesita volverse para saber que está viviendo un infierno, no necesita asomar la cabeza para sentir que está a punto de cagarse del miedo. No necesita nada para saber que no quiere seguir ahí, que no quiere morir así; sería un desperdicio. No ha aprendido tanto para terminar muerto como un animal, en mitad de una guerra idiota como todas las guerras. Hasta hace poco no tenía miedo, no le importaba entregar su vida por la “libertad”;  pero qué se iba a imaginar tamaño horror. Hubiese esperado cualquier cosa menos esto, hubiese podido aguantar días en alguna trinchera de mierda, o pasar hambre, incluso soportar los gases mostaza... Pero esto… esto es demasiado rápido, demasiado violento, demasiado acelerado como para encontrar calma, como para poder pensar y asumir la situación; como para no sentir miedo. Sí, sabe que morirá… A eso no le teme, es algo distinto; es la situación, es ver a sus amigos magullados, irreconocibles entre la tierra y la arena; es el ruido, incesante, inclemente que entra por sus oídos, son las balas que no paran de rebotar por sobre él, los aviones disparando y cayendo, los cañones de sus barcos y de las defensas enemigas, la tierra que se levanta con pedazos de gente, los gritos, desgarradores gritos de dolor que no consiguen ser calmados por morfina.
-          ¿Qué propones? – dice por fin Winston.
-          Ahhhhhh… – dice el soldado con una sonrisa de boca abierta – nunca me equivoco, ¿viste?
-          Habla, qué propones – dice Winston cubriéndose de las esquirlas que levanta una ráfaga de disparos por encima suyo.
-          Te dejo vivir y otro muere en tu lugar.
-          ¿Qué otro?
-          Tu yo futuro. Ese de quien te hablé. No me parece un ser interesante, así que prefiero que él muera a que lo hagas tú.
El soldado toma su rifle y se asoma.
-          He visto a uno – dice cerrando su ojo izquierdo para conseguir ver mejor. Dispara y vuelve a resguardarse –. Le di – musita riendo ligeramente.
-          ¿Y qué quieres de mí a cambio? – pregunta Winston mirando fijamente al soldado.
-          Que juegues conmigo, Winston. Yo te permito vivir y tú juegas conmigo.
-          ¿Qué juego?
-          Uno donde te persigo y tú huyes. Si sobrevives el tiempo suficiente, ganas, y con ello la posibilidad de conservar tú esencia.
-          ¿Cuánto tiempo?
-          Dos años. ¿Qué dices, te sientes lo suficientemente hábil como para vencerme en mi propio juego? ¿O prefieres morir como el resto acá? Vamos, juguemos, sabes que será interesante.
-          Dos años…
-          Sólo dos años. Podrías ganar, quién sabe, tienes buen cerebro. Verás que nos divertiremos. Convéncete, que no tienes demasiado tiempo, en unos minutos comienza un bombardeo a toda esta zona. Te aseguro que no sobrevivirás hagas lo que hagas. ¿Qué dices?
-          Dos años, y luego sigo vivo y ya no me jodes – Winston y el soldado estrechan sus manos sellando el contrato. Y Winston siente cómo un enorme vacío se apodera de él. Siente cómo si su pecho empezara a abrirse… Un dolor que no puede explicar.
-          Dolerá un poco. Hay que intercambiar de corazones – explica el soldado mientras la vista de Winston se nubla, mientras todo a su alrededor empieza a girar y una tonalidad azul es la que lo deja completamente ciego.
La niebla azulada es lo único que ve, que siente, lo único que escucha. Parece alejado, completamente alejado de Omaha, alejado de las balas y las explosiones, los pedazos de cuerpo y los gritos, esos malditos gritos que sabe nunca dejará de escuchar en lo más profundo de su mente, que lo despiertan sobre una cama, alterado, en medio de una habitación iluminada por la luz del día, una habitación que no conoce, y que no conocerá. Debe escapar ya, salir corriendo y no parar por dos años…




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